El lápiz estaba junto a la pata de la silla, a veinte centímetros de su zapato, y Elena lo recogió sin pensarlo.
Fue un gesto de tres segundos. Nadie miraba. Cervera daba instrucciones en voz baja a un enfermero que había aparecido en la puerta con una bandeja metálica; Nieto seguía con la vista clavada en el pasillo por donde se habían llevado a Vane; Ismael, con la cara descompuesta, recogía del suelo el cuaderno negro y lo sostenía entre las dos manos como quien sujeta un pájaro herido. Elena se agachó, cogió el lápiz con dos dedos, lo cerró dentro del puño y se incorporó despacio, con la libreta pegada al pecho.
Lo guardó en el bolsillo de la falda. Notó la madera tibia contra el muslo. Un lápiz afilado, de los de mina blanda, con las marcas de los dientes de una goma pequeña en el extremo.
Alineado. Lo pensó sin querer. Siempre alineado.
Era un objeto de un paciente. Estaba fuera de la mesa, sin registro, sin autorización. Ella lo sabía. Sabía también que, si Nieto se daba la vuelta en ese momento, tendría una segunda amonestación y un expediente abierto. Pero no se lo devolvió. Y mientras cruzaba el umbral detrás de Cervera, con el corazón golpeándole el costado, se dio cuenta de que aquella era la primera vez que hacía algo prohibido sin buscarle una justificación.
La escalera oeste empezaba detrás de una puerta metálica, en el sótano de los archivos, entre una estantería de cajas de cartón y un armario de mantenimiento con la llave puesta. Elena la había visto una vez, de pasada, el día que Marisa la llevó a consultar el expediente. Entonces le había parecido una salida de emergencia.
Cervera la abrió con una llave pequeña, de latón, que sacó del bolsillo interior de la chaqueta. Detrás había un rellano estrecho y unos escalones de hormigón que se perdían en una oscuridad más densa que la del sótano. Olía a humedad, a metal frío, a algo dulzón, casi orgánico, como a madera mojada.
Yo voy delante dijo Cervera. Nieto cierra. Doctora, haga el favor de mantener la mano sobre la barandilla.
Por supuesto.
Encendió una linterna. El haz amarillento iluminó las paredes, cubiertas de una pintura verde desconchada, y un cable grueso que corría a lo largo del techo con una hilera de grapas oxidadas. A su lado, en paralelo, había una tubería de cobre ennegrecida por los años. Elena la siguió con la vista. Subía hacia el ala este.
Empezaron a bajar.
Contó. No en voz alta, no con los labios. Con los pies, con las suelas, con la palma húmeda deslizándose por el pasamanos. Uno. Dos. Tres. Los peldaños eran anchos, de hormigón sin pulir, con los cantos redondeados por el uso. En el aire flotaba una humedad fría que le calaba la blusa. Cervera bajaba con paso seguro, sin mirar los escalones, como quien ha hecho el mismo trayecto muchas veces.
Diez. Once. Doce.
Detrás de ella, Nieto cerró la puerta metálica. Sonó un golpe seco, hondo, que hizo vibrar el aire. El haz de la linterna tembló sobre las paredes.
Diecisiete. Dieciocho.
Está muy callada dijo Cervera, sin volverse.
Estoy escuchando.
¿Qué oye?
Las tuberías.
Ah. Se rio, apenas. Sí. Este edificio tiene una acústica peculiar. Las viejas instalaciones. El agua conduce el sonido como una cuerda.
Veinte. Veintiuno.
Veintidós.
Cervera se detuvo. Elena, detrás, llegó a su altura y se encontró en un pequeño descansillo, con un suelo de baldosas cuadradas y una puerta de hierro con un cerrojo doble. La linterna iluminó la placa que tenía encima: una simple plancha de metal, con un número troquelado. *0.*
Veintidós dijo Cervera. Como ve.
Sí.
Elena tenía las piernas ligeramente temblorosas. Se apoyó en la pared, y al hacerlo, al mover el peso del cuerpo, sintió algo bajo el pie derecho. La última baldosa, justo delante de la puerta, sonó distinto. No fue un crujido. Fue un sonido más profundo, más amplio, una vibración hueca que subió por la suela y le recorrió la pantorrilla.
Dio un paso atrás. Volvió a apoyar el peso. El mismo sonido. Como un tambor tapado con un paño.
Levantó la vista. Cervera la miraba con una expresión neutra, casi cortés. Pero había cogido la linterna con la otra mano, y la luz, sin querer, había descendido hacia el suelo.
El umbral dijo. Es una losa más antigua que el resto. Suena así porque debajo hay una cámara de aire. Humedad. Sonrió. Le llamaría escalón, si se empeña.
Entonces son veintitrés.
Veintidós más un umbral.
Sí dijo Elena, con la voz muy tranquila. Eso es lo que he dicho.
Nieto, a su espalda, no se movió. Pero ella, sin girarse, notó cómo contenía el aire.
La puerta se abrió con dos vueltas de llave y un chasquido de goznes secos. Cervera empujó con el hombro. Un soplo de aire más frío, más denso, más quieto, salió a recibirlos.
Cuidado con la cabeza dijo. El dintel es bajo.
Elena entró.
Lo primero que notó fue el silencio. No era el silencio de Ashford, hecho de puertas lejanas y zumbidos de cámaras. Era un silencio absoluto, sin poros, como el que hay en el fondo de una piscina vacía. Sus propios pasos sonaron amortiguados, ajenos. La linterna de Cervera dibujó un pasillo corto, enlucido de blanco, con un zócalo de azulejos verdes y una hilera de apliques de pared apagados.
La electricidad funciona dijo él, y accionó un interruptor.
Los fluorescentes parpadearon, cuatro, cinco veces, y se encendieron con un zumbido grave. La luz era amarillenta, cansada, sin sombras. Reveló un espacio más amplio de lo que Elena esperaba: un pasillo que desembocaba en una sala cuadrada, con tres puertas y una cristalera en el fondo, tapada por una persiana metálica.
Esto era el área común dijo Cervera. Cocina, comedor, estancia. Los dormitorios están a la derecha. Al fondo, la sala de control, con los monitores.
Caminó despacio. Elena lo siguió. Nieto cerraba la marcha, con las manos en el cinturón y los ojos moviéndose de una pared a otra.