Sección cero

Capítulo 23

El formulario tenía diecisiete casillas, y ninguna decía lo que había pasado. Fecha. Hora. Lugar. Personal presente. Naturaleza del incidente (marque con una X): agresión física, agresión verbal, autolesión, intento de fuga, alteración de la conducta, otros. Elena leyó la lista dos veces sentada en su despacho, bajo la lámpara que parpadeaba, con el bolígrafo de plástico entre los dedos y una taza de café a la que no había dado ni un sorbo. Era viernes por la mañana. Llevaba en Ashford veinte minutos y ya le dolía la cabeza.

Marisa se lo había entregado en la puerta, con una sonrisa triste y un gesto de disculpa.

Es para el parte. De ayer. Tienes que hacer una declaración de lo que viste. Cervera lo pide para hoy antes de la reunión.

¿Qué reunión?

La de las once. En la sala tres. Bajó la voz. Ha convocado a todo el mundo. Encarna dice que va a poner cara de juez.

Elena había dado las gracias, había cerrado la puerta y se había sentado a mirar el papel. Leyó las casillas. Marcó alteración de la conducta. Dudó. Marcó también otros. Escribió al lado, con letra pequeña: reacción de angustia ante anuncio de traslado de terceros. Lo tachó. Volvió a escribir: reacción de angustia. Lo dejó.

Pasó a la parte narrativa. Describa los hechos de forma objetiva, cronológica y sin valoraciones.

Escribió: A las 16:00 comenzó la sesión de seguimiento en la sala de entrevistas del Pabellón C, con la presencia del Dr. Cervera como segundo profesional. Se retomó el formato de conversación recíproca autorizado en la sesión anterior. Sonaba bien. Sonaba a informe. Sonaba a algo que nadie leería nunca.

Hacia las 16:40, el paciente formuló varias preguntas al equipo. El Dr. Cervera dio por concluida la sesión.

Se detuvo. La punta del bolígrafo dibujó un puntito sobre el papel.

Al abandonar la sala, el paciente se dirigió a la doctora Marín por su nombre de pila y le pidió que no participara en una visita programada. Elevó el tono de voz. Fue reducido por el personal de seguridad y trasladado a la sala azul.

Lo leyó. Le pareció verdadero. Le pareció, también, una descripción exacta de una fotografía en la que faltaba lo esencial.

No escribió que él la había mirado sin defensa. No escribió que la voz no era la suya. No escribió que ella se había girado y que en aquel instante, en mitad de una sala con cuatro guardias, un médico y un jefe de seguridad, había sentido algo tan claro como una pregunta: *¿quién de los dos está siendo protegido?*

No escribió que se había llevado un lápiz.

Firmó. Puso la fecha. Dobló la hoja en tres y la metió en el sobre interno. Se quedó un momento con la mano apoyada sobre él, sintiendo cómo el papel cedía bajo los dedos.

Una omisión más. Una fila más larga, ahora, de las que se contaban con los dedos de una sola mano.

Gregorio la esperaba en la puerta del comedor a las diez y media, con una cuchara en vertical.

Hoy es viernes dijo.

Hoy es viernes, Gregorio.

Los viernes no baja nadie.

Lo sé.

Ayer bajó usted.

Elena se detuvo. Lo miró. El anciano tenía la cabeza inclinada, las manos entrelazadas sobre las rodillas, los ojos claros fijos en algún punto del suelo. No había nada en su postura que sugiriera otra cosa que la tranquila cortesía de siempre.

¿Cómo lo sabe?

Se le nota en los zapatos.

¿Cómo?

Hay humedad. Alzó la cuchara, la miró, la puso otra vez a la izquierda de las demás. Solo se pone así el que baja.

Elena miró sus zapatos. Unos zapatos negros, sencillos, de suela plana. En el borde de la izquierda, casi invisible, había una mancha oscura, un cerco de agua seca que no había notado.

No sé qué significa.

Cuántos escalones dijo Gregorio, con dulzura. ¿Ya los contó?

Un silencio corto.

Veintitrés.

Gregorio sonrió. Fue una sonrisa ancha, inesperada, la de un niño al que le acaban de dar la respuesta correcta.

Bien. Ya sabe contar.

¿Usted cuántos cuenta?

Los mismos. Volvió a alinear la cuchara. Once años. Cada día. Los cuento cuando pasan por encima.

¿Por encima?

Sí. Aquí. Señaló el techo del comedor con un gesto vago. Los que bajan pasan por encima de mi mesa. Por la escalera. Se oye. Cada paso es un número. Yo los guardo.

Elena sintió un escalofrío en la nuca. Miró el techo. El comedor estaba en la planta baja, en el ala oeste. La escalera que llevaba al sótano pasaba, en efecto, justo por debajo de aquella pared.

¿Y quién baja?

Casi siempre el de las manos limpias.

¿Cervera?

No sé cómo se llaman. Encogió los hombros. Sé cómo suenan. El de las manos limpias baja despacio. Cuenta en voz baja. Tiene miedo a resbalar. El otro baja rápido, sin luz. Ese no lo he oído mucho. Y ayer bajaron tres.

Yo, el doctor y Nieto.

Sí. Tres. Y uno más.

Elena se quedó inmóvil.

¿Uno más?

Bajó detrás. Cuando ustedes ya estaban dentro. Despacio, con cuidado. Sin luz. Gregorio la miró, muy serio. No dijo ningún número. Pero yo lo oí igual.

¿Cuántos peldaños contó?

Veintidós. Y luego se paró. Y no bajó el último.

La reunión de las once se celebró en la sala tres, con las persianas bajadas y un proyector encendido sin imagen. Cervera presidía desde la cabecera, con las manos cruzadas y una carpeta cerrada delante. A su derecha se sentaba Encarna, con los brazos cruzados y la barbilla alta. A su izquierda, Nieto, con el rostro gris. Pablo ocupaba una silla junto a la puerta, con las rodillas muy juntas, evitando la mirada de todos. Elena se sentó al fondo, lejos del pasillo, donde la corriente helada le rozaba la nuca.

Aguirre no estaba. Había en la mesa una silla vacía con un cartel plegado: Dirección.

Gracias por venir dijo Cervera. Dado que el doctor Aguirre se encuentra ausente por motivos familiares, asumo transitoriamente la coordinación. Vamos a ser breves.

Abrió la carpeta. Repasó el parte del incidente con una voz uniforme, casi didáctica: hora, lugar, personal implicado, medidas adoptadas. Pronunció la palabra contención dos veces, dosis una, sala azul tres. Cuando terminó, cerró la carpeta y sonrió con esa sonrisa suya, tan bien construida.




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