Sección cero

Capítulo 24

El techo de la sala azul no tenía nada. Ni una grieta, ni una mancha, ni una junta. Una superficie blanca, lisa, iluminada desde arriba por una lámpara empotrada que no parpadeaba. Nick llevaba mirándolo mucho tiempo sin saber cuánto.

La lengua le pesaba. Se la notaba dentro de la boca como un objeto ajeno, grueso, de una textura de algodón húmedo. Los dedos de la mano derecha, atados con una correa de tela a la barandilla de la cama, hormigueaban. No le dolía nada. Esa era la parte más desagradable: la ausencia de dolor, la sensación de flotar un palmo por encima de su propio cuerpo, contemplándolo con una curiosidad desapasionada.

Intentó contar. Uno. El número se le deshizo antes de llegar al dos.

Lo intentó otra vez. Y otra. Al cuarto intento logró llegar a siete, y en el siete se detuvo, porque había oído un ruido que no correspondía a ninguna cuenta: una puerta que se abría con el gemido de un resorte reciente, unos pasos de suela de goma, una respiración que conocía.

Buenos días dijo Ismael, y su voz sonó como si viniera del fondo de una piscina.

¿Qué hora es?

Las siete y diez.

¿De qué día?

Del sábado.

Del sábado. Lo procesó despacio. Le habían dado una dosis, le habían dejado dormir, el viernes se había perdido en algún lugar entre un sueño sin imágenes y un despertar sin referencias. Doce horas. Dieciséis. No lo sabía. Nunca lo sabría con exactitud, y eso, más que cualquier otra cosa, le produjo una irritación sorda, de las que se quedan alojadas en el esternón.

Desátame.

El doctor Cervera dijo que a las ocho.

Son las siete y diez.

Lo sé.

Tres cuartos de hora, Ismael.

Lo sé. El guardia se movió; Nick lo oyó cambiar el peso de una pierna a otra. No puedo. Pero le traigo agua.

Un vaso. Una pajita de plástico. Nick bebió sin ganas. El agua le supo a metal.

A las ocho en punto, dos enfermeros le soltaron la correa y le ayudaron a incorporarse. Le temblaban las piernas. Caminó hasta su habitación entre Ismael y Carrasco, con las manos a la espalda, arrastrando un poco el pie izquierdo. El pasillo de goma oscura amortiguaba los pasos. Las cámaras, con sus lucecitas rojas, lo seguían una a una.

La puerta se abrió. El cerrojo bajó a su espalda.

Nick se quedó quieto en el centro de la estancia. Miró. La cama, con las sábanas lisas. La mesa de madera. La estantería con los cinco libros ordenados por altura. La alfombra gris. La ventana, con los postigos ya abiertos, por donde entraba una luz oblicua y pálida. Y en la pared, sobre la puerta, el reloj de esfera blanca, con su segundero avanzando, chasquido a chasquido.

Sintió cómo algo dentro de él se aflojaba. Un nudo que ni siquiera sabía que tenía atado.

Siguen aquí.

Se sentó en la silla. Sobre la mesa, el cuaderno negro estaba exactamente donde lo había dejado el miércoles. Y junto a él, alineado con el borde, había un lápiz.

Su lápiz.

Lo reconoció por la forma de la mina, por la muesca mínima en el extremo, por las marcas de dientes de la goma. Lo había perdido a las cuatro y veinte del jueves, junto a la pata de una silla, en el instante en que dejó de ser dueño de sus brazos. Había asumido que no volvería. Que alguien lo habría recogido, lo habría registrado, lo habría metido en una bolsa de plástico con una etiqueta. Había empezado a contar mentalmente los días que tardaría en conseguir otro.

Y estaba ahí. Alineado.

Alargó la mano. Al cogerlo, notó algo. Un pequeño bulto en el centro, justo donde la madera se estrechaba, sujeto con un trozo de cinta adhesiva transparente. Lo giró a la luz. Era un papel doblado en ocho, del tamaño de una uña.

Miró al techo. Buscó el ojo de la cámara, en la esquina norte. La lucecita roja estaba encendida. Fija. Sin parpadear.

Se llevó el lápiz hasta la altura del pecho, con el gesto más natural que pudo, y apoyó la otra mano sobre la mesa, cubriendo el movimiento de los dedos. Con la uña del pulgar despegó la cinta. Desdobló el papel por partes, sin mirarlo, sintiendo cómo crujía entre las yemas. Esperó. Contó hasta tres. Y lo abrió.

Dos cifras. Una inicial. Con una letra pequeña, apretada, que conocía de las notas que ella tomaba en la libreta.

23. — E.

Se quedó inmóvil.

No sintió triunfo. Ni alivio. Ni la satisfacción del jugador al que el rival responde en el tablero. Sintió algo distinto, más físico, más confuso, que empezó en el estómago y le subió hasta la garganta como una marea pequeña. Era una sensación que había conocido una sola vez, hacía diez años, en una cocina blanca: la de que alguien, en algún lugar, se había acordado de él sin que nadie se lo pidiera.

Bajó. Contó. Volvió.

Tres verbos. Tres hechos. Bastaban para saber que estaba viva.

Bastaron también, y eso fue lo que le irritó, para que durante unos segundos no pudiera pensar en ninguna otra cosa.

Y firmó.

La inicial. E. Una letra sola, al final, después de un guion. Una imprudencia monumental. Si alguien leía aquello, si la cámara del techo hubiera captado el movimiento, si Ismael hubiera mirado, si cualquier guardia registraba la habitación... no hacía falta más. Una inicial bastaba para hundirla.

Y aun así la había escrito.

Nick leyó el papel cuatro veces. Cada vez con más lentitud. Memorizó la forma de las cifras: el dos, con un pequeño bucle en la base; el tres, abierto; la E, con los tres trazos de la mano derecha unidos por una línea inferior. Cuando estuvo seguro de que podría reproducirlo con los ojos cerrados, plegó el papel por los mismos dobleces, se lo llevó a la boca, fingiendo toser contra el dorso de la mano, y lo dejó caer sobre la lengua.

Masticó. Despacio, veinte veces, como siempre. El papel se deshizo en una pasta insípida que tragó sin esfuerzo. Sintió cómo bajaba por la garganta, pequeña, seca, absurda. Y pensó, con una claridad fría, que aquella era la primera vez en diez años que se comía algo que no se podía medir.




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