Sección cero

Capítulo 25

Se te ha torcido el bolígrafo dijo Pablo.

Elena levantó la vista. Estaban en la sala de personal, una habitación con dos sofás gastados, una mesa baja cubierta de revistas atrasadas y una cafetera que gorgoteaba en un rincón con el ruido de un animal en apuros. Era lunes, a media mañana. Ella tenía un informe abierto sobre las rodillas y un bolígrafo de plástico en la mano, y Pablo, sentado enfrente, había dejado de hablar de su fin de semana para mirar algo que estaba sobre la mesa.

¿Cuál?

El tuyo. Señaló con la barbilla. Lo has puesto en paralelo con el borde, y luego lo has movido un pelín, y luego has vuelto a colocarlo. Lo has hecho cuatro veces desde que me he sentado.

Elena miró la mesa. Su bolígrafo descansaba sobre un montón de formularios, perfectamente alineado con el canto, a un centímetro del margen. No recordaba haberlo colocado así.

Es una costumbre.

¿Desde cuándo?

Desde siempre.

Mentira. Pablo sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Yo te conozco desde hace cinco semanas y nunca te lo había visto.

Se me habrá pegado algo.

Claro.

Se quedaron en silencio. La cafetera terminó su ciclo con un borboteo final. Pablo se levantó, sirvió dos tazas, le pasó una y volvió a sentarse con la suya entre las manos.

No lo digo para fastidiarte dijo. Lo digo porque es el tipo de cosa que uno no nota en uno mismo y que los demás notan enseguida.

Gracias por avisar.

De nada. Para eso están los compañeros.

Elena bebió. El café estaba amargo y tibio. Se miró la mano que sostenía la taza y comprobó que tenía el meñique levantado, separado de los otros cuatro dedos, en un ángulo que no le pertenecía. Lo bajó. Se preguntó cuántas veces al día hacía gestos que había copiado sin querer, de un hombre al que llevaba cuatro días sin ver.

Nadie le había prohibido verlo. Esa era la parte absurda.

La comunicación oficial llegó el lunes por la mañana, en un sobre interno, con el membrete de la Dirección y la firma de Cervera. Tres líneas. Las sesiones de seguimiento con el interno 0731 quedan temporalmente suspendidas a la espera de revisión clínica. Se informará de su reanudación cuando proceda. Elena lo leyó de pie en el pasillo y lo guardó en la carpeta correspondiente, y durante el resto del día se comportó como se había comportado siempre: atendió a Hugo, visitó a Matilde, preparó con Nuria la segunda videollamada de Sonia.

Pero había cambiado algo. Lo notaba en los márgenes.

El martes por la tarde, en la sala de entrevistas de la segunda planta, mientras Matilde le hablaba de un dolor en la rodilla que venía de una caída de hacía veinte años, Elena se sorprendió contando los chasquidos de un radiador. El miércoles, al pasar por el pasillo de la máquina de café, levantó la cabeza hacia el reloj de pared y vio que eran las cuatro menos diez, y sintió, durante un segundo breve y estúpido, que tenía que darse prisa. El jueves a las nueve de la mañana, al doblar una esquina, se detuvo, sin razón, ante una puerta gris que daba al ala norte, y se quedó mirándola con la mano en el bolsillo de la falda, sobre el sitio donde había llevado un lápiz.

Es curiosidad clínica.

Se lo repitió como se repite una oración que ya ha perdido el sentido. Un paciente de alto riesgo. Un caso complejo. Una relación terapéutica interrumpida de forma abrupta. Cualquier psicóloga, en su lugar, estaría pensando en él. Era lo esperable. Era incluso lo profesional.

Sin embargo, una tarde, sentada en la cama de la pensión con la lata de té abierta sobre las rodillas y el cuaderno de Lucía a medio leer, se encontró escribiendo su nombre en el margen de una página. No Nicholas Vane. No el paciente. Solo la mitad: N. Una inicial pequeña, sobria, con un trazo final que subía un poco hacia la derecha.

La tachó con rabia. Después arrancó la hoja, la rompió en cuatro y la tiró a la papelera. Pensó que debería decírselo a alguien. A Lucía, quizá. A una supervisora. A cualquier colega con la cabeza en su sitio. Nadie, en ningún manual, recomienda seguir trabajando con un paciente cuando se empieza a escribir su inicial en los márgenes.

No se lo dijo a nadie.

Aguirre volvió el jueves por la mañana, con la corbata bien anudada y la mirada de quien ha dormido menos de lo que aparenta. Elena lo vio cruzar el vestíbulo a las ocho y diez, con la carpeta azul bajo el brazo y un saludo mecánico para Beltrán. Se detuvo a mitad de camino, pareció dudar, y luego se dirigió a ella.

Doctora Marín.

Doctor. ¿Cómo está su hija?

Aguirre la miró. Durante un segundo, su cara perdió toda compostura, y Elena vio algo que no había visto antes: a un hombre mayor, cansado, que se agarraba a las rutinas como a una barandilla.

Ha tenido una crisis dijo. Estable, dentro de lo que cabe. Gracias por preguntar.

Lo siento.

No es necesario. Ajustó la carpeta bajo el brazo. Me han dicho que hubo incidencias en mi ausencia.

Sí.

Y que Cervera ha suspendido las sesiones con Vane.

Temporalmente.

Claro. Temporalmente. Un silencio. Yo lo reabriré. En cuanto pueda.

Gracias.

No me las dé. Sus ojos se posaron un momento en los de ella, con una intensidad que no cuadraba con su tono. Doctora, hay cosas que no puedo decirle. No porque no quiera. Porque no sé cuánto de lo que sé es verdad.

Se alejó por el pasillo con su paso medido, casi de prisa. Elena lo vio entrar en su despacho y cerrar la puerta con un golpe suave, y pensó que nunca en su vida había oído a nadie formular tan bien una confesión sin confesar nada.

A las siete y cuarto de la tarde, subió a la azotea.

No lo había planeado. Había salido de su última sesión, había recogido la libreta, había cruzado el pasillo con la intención de ir a la taquilla, y de pronto sus pies habían tomado la escalera de servicio. Tres pisos. La puerta metálica sin cartel. El empujón con el hombro.




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