El domingo comió en casa de Pilar, y Pilar la miró colocar el tenedor.
No dijo nada. Esperó a que Elena terminara la sopa, a que dejara la cuchara paralela al borde del plato, a que moviera el vaso dos centímetros hacia la derecha y lo volviera a dejar donde estaba. Esperó incluso a que Yeray, sentado al otro extremo de la mesa con un plato de macarrones, se quedara con el tenedor a medio camino de la boca, observando.
Tía dijo Elena.
Yo no he dicho nada.
Estás pensando algo.
Pienso muchas cosas. No todas las digo. Sirvió agua en los vasos. Es una ventaja de la edad.
Elena dijo Yeray, con la boca llena, ¿sabes que tienes una manía?
No tengo ninguna manía.
Te colocas las cosas. Los cubiertos, el vaso, el móvil. Lo haces sin darte cuenta.
Me gusta el orden.
Antes no.
Antes estaba de paso. Ahora tengo una rutina.
Claro dijo Pilar. Una rutina.
Elena cogió su vaso y bebió, con el meñique levantado. Lo bajó. Pilar sonrió con una mezcla de ternura y resignación y cambió de tema, preguntándole a Yeray por el examen de matemáticas. La comida prosiguió. Había flan de postre, un flan casero, temblón, con el caramelo tostado en el borde. Elena comió dos porciones. Hablaron del gato, de la vecina del tercero, de una obra en la calle que levantaba polvo desde las ocho de la mañana.
Cuando se despidieron, en el portal, Pilar la abrazó con más fuerza de la habitual.
Llámame el miércoles.
Te llamo el martes.
El miércoles.
¿Por qué el miércoles?
Porque si me llamas el martes, es que has tenido un buen día. Y si me llamas el miércoles, es que has sobrevivido a uno malo.
Elena se rio, pero se le quebró la risa. La abrazó otra vez, más fuerte.
Aguirre la esperaba el lunes en la puerta de su despacho, con la carpeta azul bajo el brazo y un papel doblado entre los dedos.
Buenos días, Marín.
Doctor.
Tengo una noticia. No sé si es buena. Le tendió el papel. Las sesiones con Vane se reanudan esta tarde, a las cuatro. Con condiciones.
Elena leyó. Una sola hoja, membrete de la Dirección, firma de Aguirre y una contrafirma de Cervera en el margen inferior, con una letra más pequeña de lo habitual. *Duración máxima: 30 minutos. Personal de seguridad: tres efectivos en sala. Segundo profesional: Dr. Aguirre. Se prohíben los formatos de conversación reglada, las preguntas de carácter personal y el uso del nombre de pila por ambas partes. Las sesiones serán grabadas.*
¿Grabadas?
En vídeo y audio. Con copia a Dirección. Aguirre se ajustó las gafas. Es el precio. Cervera no quería reabrir. Me costó tres días. Y una conversación que prefiero no repetir.
Gracias.
No me las dé. Hizo una pausa. Pero antes de que entre, una advertencia.
Dígame.
Él no está bien. Lo vi el sábado. Ha perdido peso. Tiene los ojos hundidos. Y habla poco. Muy poco. Se quitó las gafas, las dejó colgando del cordón. Es el tipo de persona que no muestra nada y se rompe por dentro. No quiero que lo trate como un paciente roto. Pero tampoco como uno estable. ¿Me entiende?
Creo que sí.
Bien. Entonces vaya.
La sala de entrevistas del Pabellón C seguía siendo la misma. La mesa atornillada al suelo. Las cuatro sillas de madera clara. El espejo oscuro, que ya no era un espejo sino una cámara detrás de un cristal. Y en el techo, en la esquina norte, el ojo rojo, que ahora parpadeaba. Elena lo notó nada más entrar. Un pequeño destello cada tres segundos, regular, calculado. Antes era fijo.
Grabando.
Colocó las sillas sin pensar. Esquina, un metro, la tercera junto a la pared. Cuando terminó, se quedó un momento mirándolas. Recordó la cocina blanca del sótano y las dos sillas idénticas y la voz de Cervera diciendo *Marta colocaba las sillas así*. Sintió un escalofrío. Pensó en moverlas. En desplazar una de ellas, por pura rebeldía, veinte centímetros hacia la izquierda.
No lo hizo. Habría sido darle a Cervera otro dato.
Aguirre llegó primero, con su cuaderno de tapas duras. Se sentó en la silla de Lucía, cruzó las piernas, las descruzó. Nieto se colocó en la puerta con Ismael y Carrasco. Nadie habló.
A las cuatro en punto, el cerrojo bajó por fuera y entró un hombre al que Elena no reconoció en el primer segundo.
Llevaba la camisa gris de lino, planchada, con las mangas dobladas hasta el codo. El pantalón oscuro. El pelo, algo más largo, apartado de la frente. Pero había adelgazado. Se notaba en la clavícula, en el hueco de las mejillas, en la forma en que la camisa caía recta desde los hombros. La piel tenía un tono gris, como de quien lleva días sin ver la luz. Y las ojeras, debajo de los ojos oscuros, eran dos sombras moradas.
Se detuvo en el umbral. Miró la sala. Miró las sillas. Y en el instante en que sus ojos se posaron en las de ella, pasó algo que Elena no supo nombrar: una especie de asentimiento muy lento, casi dolorido, como el de quien reconoce un lugar al que ha regresado después de mucho tiempo.
Doctor Aguirre dijo.
Señor Vane.
Doctora Marín.
Señor Vane.
Se sentó. Colocó el cuaderno negro paralelo al borde. El vaso a la derecha. Sobre la mesa, el lápiz, alineado con el canto. Esperó a que ella también se sentara. Cuando lo hizo, él apoyó las dos manos sobre la superficie y entrelazó los dedos.
Nadie habló durante cuarenta segundos.
Elena lo dejó pasar. No era un silencio vacío. Era un silencio de los que hay antes de que alguien decida qué hacer con lo que lleva dentro. Observó la postura, los hombros tensos, la mandíbula, el pulso en el cuello. Esperó. Contó los destellos de la cámara. Trece.
Quisiera pedir disculpas dijo Nick.
La voz era más baja que de costumbre, sin inflexiones, con una cadencia de lectura.
No es necesario.
Sí lo es. Por mi conducta del jueves. Levanté la voz. Interrumpí una actividad programada. Puse en riesgo la seguridad del personal. Hizo una pausa. Y pronuncié un nombre que no debía.