A las diez menos veinte, Iván asomó la cabeza por la puerta de su despacho y dijo que la luz se veía desde el pasillo.
Informe atrasado respondió Elena, sin levantar los ojos del papel. Me he puesto a ello después de cenar.
¿Cenar? Iván entró del todo, con la bolsa de plástico en la mano. Tú no has cenado. Yo te he visto pasar por el comedor con una manzana.
Me he comido la manzana.
Eso no es cenar, eso es un incidente. Dejó la bolsa sobre la mesa. Toma. Bocadillo de tortilla. Me lo ha dado Dolores para mí, pero yo hoy tengo hambre de sopa y me lo quedo frío. Lo prefiero contigo.
No hace falta.
No es un favor. Es un trueque. Tú lo comes y yo no tengo que cargar con él.
Elena lo miró. Tenía las ojeras violáceas de siempre y los hombros un poco caídos, y una sonrisa cansada que le tiraba de una comisura. Sintió una punzada de algo que se parecía a la culpa. Aceptó el bocadillo.
Gracias, Iván.
De nada. Se quedó un momento en la puerta. ¿Te falta mucho?
Una hora. Quizá dos.
Yo estoy por aquí hasta las siete. Si necesitas algo, silbas.
No sé silbar.
Pues gritas.
Se fue. Elena escuchó cómo se alejaban sus pasos, las suelas de goma contra el linóleo, y cuando estuvo segura de que había doblado la esquina, dejó caer los hombros. Miró el reloj. Las diez menos dieciocho. Faltaban una hora y cuarenta minutos para la hora que Nieto le había marcado, y cada uno de esos minutos parecía tener un peso propio, distinto del de los minutos normales, como si el tiempo hubiera empezado a moverse por otra vía.
Desenvolvió el bocadillo. Comió tres bocados. La tortilla estaba fría y sabía a patata y aceite. Se le hizo una bola en la garganta. Lo envolvió otra vez y lo guardó en el bolso.
A las once menos diez salió de su despacho.
Se había cambiado los zapatos. Llevaba unas zapatillas de lona, finas, de suela de goma, que había comprado esa mañana en una tienda de la ciudad, por catorce euros, sin explicar a la dependienta para qué las quería. Se había recogido el pelo en una coleta baja. Había dejado la libreta en el cajón, con llave. En el bolsillo de la chaqueta solo llevaba una linterna pequeña, de las que se cuelgan en un llavero, y el móvil, en silencio, con la pantalla apagada.
Bajó por la escalera de servicio. El edificio, a esa hora, era otro. Las luces de los pasillos habían bajado a un ámbar de noche, y cada puerta cerrada parecía contener su propia respiración. Se oía el zumbido de las cámaras, el goteo de una tubería lejana, el murmullo de una radio en alguna garita. En el segundo piso cruzó sin ruido un corredor que conocía de memoria. En el primero se detuvo al oír pasos: dos guardias, charlando en voz baja, cruzaron por el extremo opuesto sin verla.
Siete minutos.
Llegó al sótano por la escalera de servicio. El aire se enfrió de golpe. Olía a humedad, a papel viejo, a caldera. Los archivos se extendían en penumbra, con sus estanterías de metal y sus cajas de cartón alineadas como ataúdes pequeños. Al fondo, junto al armario de mantenimiento, la puerta metálica que conducía a la escalera oeste estaba entornada. Entre la hoja y el marco, calzada con una tarjeta de cartulina doblada, había una rendija de tres centímetros.
Nieto había cumplido.
Elena se acercó. Puso la mano sobre el metal. Estaba helado. Dentro, en algún lugar, oyó un ruido: pasos. Lentos, de suela de cuero. Subían.
Se le heló la sangre.
No eran las once y veinte. Eran las once y cuatro. Se ha adelantado.
Miró a su alrededor, con el corazón golpeándole el pecho. Una estantería, a tres metros. Las cajas, hasta el techo. Un hueco estrecho entre dos bloques de archivo, de medio metro de ancho, oscuro como una boca. Corrió hacia él sin hacer ruido, se deslizó de lado, apretó la espalda contra el metal frío y contuvo la respiración.
Los pasos se acercaron. La puerta se abrió del todo con un chirrido largo, contenido. Un haz de luz amarilla, de linterna, recorrió el techo y las cajas. Se oyó el tintineo de unas llaves. Un roce de tela. Una respiración pausada.
Cervera salió del hueco de la escalera con una bolsa de tela vacía en la mano izquierda.
Elena lo vio por una rendija entre dos cajas. Llevaba la chaqueta oscura, el pelo canoso impecable, las gafas colgando del cordón. Se detuvo junto a la puerta y cerró con las dos vueltas de llave que ella conocía. Después, muy despacio, levantó la vista hacia los archivos.
Se quedó quieto.
Los segundos se hicieron elásticos. A un metro de donde estaba ella, el haz de la linterna barrió una estantería, y otra, y otra. Elena vio cómo la luz amarilla iluminaba el polvo suspendido, los lomos de los legajos, las etiquetas amarillentas. Vio cómo el círculo de luz avanzaba hacia su escondite, se detenía a medio palmo de sus zapatillas, y se quedaba allí.
Dejó de respirar.
Cervera inclinó la cabeza. Olisqueó el aire, apenas, con un gesto casi animal.
Qué curioso murmuró.
Elena cerró los ojos.
Perfume de mujer. Su voz sonó muy baja, muy tranquila. Lavanda. Hace tiempo que no olía a esto por aquí.
Los pasos volvieron a moverse. Se acercaron un poco. Elena notó cómo se le humedecían las palmas, cómo el corazón le latía con tanta fuerza que le dolían los oídos. Ha sido la crema de manos. La que me puso Pilar el domingo. El pensamiento le cruzó la cabeza como una chispa. Nunca le perdonaría a Pilar aquella lavanda.
Un silencio largo.
Luego, muy suavemente, Cervera se rio.
Marisa dijo siempre deja la ventana abierta.
Se dio la vuelta. Los pasos se alejaron hacia la escalera de servicio. El haz de la linterna retrocedió, empequeñeció, se apagó tras una esquina. La puerta de arriba se cerró con un golpe sordo.
Elena se quedó inmóvil durante un minuto entero. Después, despacio, se dejó resbalar contra el metal hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho. Le temblaban las piernas. Se llevó las manos a la boca para no hacer ruido al respirar.