Sección cero

Capítulo 28

No te quedes de pie dijo Marta. Si te quedas de pie, me pongo nerviosa. Hace diez años que no veo a nadie que no sea Cervera, y Cervera nunca se queda de pie. Se sienta en esa silla y habla de la humedad.

Elena no se movió. Tenía la espalda pegada a la pared del pasillo, la linterna apagada en la mano y la ventanilla de cristal armado a la altura de los ojos. Al otro lado, a metro y medio, una mujer de trenza oscura veteada de canas la miraba con una paciencia extraordinaria, apoyada en el respaldo de una silla de madera clara.

No puedo abrir consiguió decir.

Lo sé. Nadie puede. Marta señaló con la barbilla la parte baja de la puerta. Pero hay un pasaplatos. Agáchate. Si te arrodillas, nos oiremos mejor y no tendremos que gritar.

Elena bajó la vista. A la altura de las rodillas, bajo la ventanilla, había una trampilla metálica de veinte por quince centímetros, con un pestillo por fuera y un hueco rectangular tapado con una rejilla. Se agachó. Notó el frío de las baldosas a través del pantalón. Cuando acercó la cara a la rejilla, sintió el olor de la habitación: cera, lana, jabón de lavanda. Un olor doméstico, casi cálido.

Marta se había sentado en el suelo, al otro lado, con las piernas cruzadas. Ahora sus caras estaban a la misma altura, separadas por veinte centímetros de aire y una rejilla metálica.

Así mejor dijo. ¿Cómo te llamas?

Elena.

Elena. Lo pronunció despacio, como quien prueba un fruto. Me gusta. Es un nombre que no necesita explicaciones.

Usted estaba muerta.

Eso dicen.

Hay un certificado. Un informe forense. Una causa judicial.

Sí. Yo también los he leído. Cervera me los trajo un año, con una botella de vino, para que viera que habían hecho las cosas bien. Sonrió con un gesto torcido, casi divertido. Fue muy amable. Me explicó que mi madre había asistido al funeral. Que había llorado mucho. Que había flores.

Elena sintió un vuelco en el estómago.

¿Su madre sabe...?

Mi madre murió hace cuatro años. De verdad. Alzó una mano, como disculpándose. Perdona. Es la costumbre. Llevo tanto tiempo hablando de mí misma en tercera persona que se me ha olvidado cómo se dice sin que suene a chiste.

Se quedaron en silencio. Se oía el reloj de pared, tic, tac, tic, tac, y debajo, muy lejos, el goteo de una tubería.

No tenemos mucho tiempo dijo Marta, de pronto, con otra voz, más baja, más rápida. Lo sé por el reloj. Cervera sube a las once y veinte. Son las once y treinta y cinco. Eso significa que ya se ha ido y que alguien te ha dejado una puerta abierta. Y quien te la ha dejado abierta tiene un margen. ¿Cuánto?

Hasta las doce menos diez.

Veinte minutos. Es suficiente si hablo yo y tú escuchas. Se pasó una mano por la trenza. Y si no me interrumpes para preguntarme si estoy loca.

No iba a...

Sí ibas. Es lo primero que pensamos todos. Sonrió. Soy psicóloga, Elena. Sé lo que parece esto. Una mujer encerrada diez años en un sótano, con una trenza y un reloj amarillo. Si yo estuviera al otro lado de la puerta, también dudaría. Así que dudemos juntas. Pero hagámoslo deprisa.

El catorce de mayo de dos mil dieciséis empezó Marta yo tomé cuarenta pastillas de fenobarbital.

Lo dijo sin dramatismo, como quien lee una cifra en un informe. Elena no se movió.

Las había acumulado durante tres meses. Una a una, cada noche, en la boca, debajo de la lengua, hasta que Cervera se daba la vuelta. Me las guardaba en un calcetín. Se encogió de hombros. No fue una decisión impulsiva. Fue la más meditada de mi vida.

¿Por qué?

Porque no podía más. Miró el reloj. No te voy a contar la historia entera. Es larga y es mía. Te diré solo lo esencial: llevaba catorce meses viviendo con un hombre al que se había encargado que yo observara. Catorce meses de cámaras, de micrófonos, de sesiones grabadas. Y descubrí, hacia el mes nueve, que lo que se me pedía no era entender a Nick. Era dejar que Nick me entendiera a mí.

¿Cómo?

Alderman no financiaba un estudio sobre psicópatas. Hizo una pausa. Financiaba un estudio sobre lo que le pasa a una persona normal cuando convive durante meses con alguien que no tiene miedo. El sujeto de observación no era él. Era yo.

Elena sintió cómo se le erizaba la nuca.

Sujeto B.

Sujeto B. Asintió. Me lo dijeron cuando firmé, con una letra pequeña que no leí. Lo leí después, a los nueve meses, una noche que no podía dormir. Y entonces comprendí que cada pregunta que Nick me hacía, cada silencio, cada gesto de atención que yo interpretaba como una conexión real, estaba siendo catalogado por seis personas detrás de un cristal.

¿Él lo sabía?

No.

¿Está segura?

Tan segura como se puede estar de otra persona. Su voz se quebró un instante. Nick no sabía que yo era el experimento. Él creía que el experimento era él. Y yo, por cobardía, por orgullo, por no sé qué, no se lo dije.

¿Qué ocurrió?

Que me enamoré.

La palabra cayó entre las dos con un sonido seco. Elena no apartó la mirada.

No como te imaginas continuó Marta. No fue una pasión. Fue algo más lento y más feo. Una especie de necesidad. Me di cuenta de que estaba dejando de ser una persona con vida propia para convertirme en una función. Alguien que existía mientras él la miraba. Y supe, con una claridad horrible, que si no salía de allí antes de los doce meses ya no saldría nunca.

¿Y por qué no se fue?

Porque no podía. Miró la puerta. El contrato decía que podía marcharme en cualquier momento mediante notificación por escrito. Se lo escribí tres veces. Las tres veces Cervera vino a hablar conmigo. Me dijo que era un buen momento para ser fuerte. Que el programa estaba en una fase crítica. Que mis datos eran valiosos. Que si me iba, el experimento se invalidaba y Nick volvería a una celda de máxima seguridad en un centro sin ventanas.

Le chantajeó.

Me convenció. Es más sutil. Sonrió con amargura. Fue amable y razonable y cuidadoso, y me dejó sin salida. Y a los trece meses tomé una decisión.




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