Respira dijo la voz de Marta, desde alguna parte de la oscuridad. No grites. No corras. Respira.
Elena no sabía si estaba respirando. Se había quedado de pie junto a la escalera de hierro, con una mano agarrada a un peldaño y la otra extendida en el vacío, y le zumbaban los oídos. La negrura no tenía bordes. Era una sustancia espesa, húmeda, que le presionaba los párpados abiertos y que olía a cera y a cobre. Había perdido la linterna: no sabía dónde. Se le había caído al empezar a correr, o la había soltado al ver cerrarse la losa, o quizá la sostenía todavía y había olvidado cómo se encendía.
Elena.
Estoy aquí.
Lo sé. Te oigo. Respira por la nariz. Cuenta hasta cuatro. Aguanta. Suelta.
Obedeció. Uno, dos, tres, cuatro. El aire entró frío en el pecho. Uno, dos, tres, cuatro. Lo soltó despacio, con un temblor.
Otra vez.
Repitió. A la tercera, el zumbido de los oídos bajó, y entre él emergió, minúsculo y exacto, el tic-tac del reloj de la habitación.
Muy bien. La voz de Marta sonó más cerca, a la altura de la rejilla. Ahora dime qué hay.
¿Qué?
Lo que hay. Dilo en voz alta. Es una técnica de anclaje, estándar. La usarás con tus pacientes. Hoy la usas contigo.
Elena casi se rio. Una risa corta, nerviosa, que le salió como un hipo. La usarás con tus pacientes. Pensó en Nick, en la sala de entrevistas, en la oscuridad de los setenta y cuatro segundos, en una voz que describía los objetos uno a uno hasta que el mundo volvía a estar donde debía.
—Estoy en un pasillo —dijo—. De un metro de ancho. Tengo los pies sobre baldosas. A mi derecha hay una pared encalada. A mi izquierda, otra. Detrás de mí, una escalera de hierro, de tres metros. Delante, una puerta de acero. Al otro lado, una mujer sentada en el suelo.
Muy bien.
Hace frío. Huele a cera. Se oye un reloj.
Bien. ¿Qué más?
La losa está cerrada.
Eso ya lo sabías. ¿Qué más?
Elena se quedó callada. Respiró. Notó el peldaño frío bajo la palma de la mano. Recordó la muesca en el borde de la losa, el anillo de hierro, el clic del muelle.
Se abre desde arriba con un anillo dijo. No sé si desde abajo hay otro.
Yo tampoco. Marta guardó silencio un instante. Pero hay un mecanismo. Lo oí funcionar la primera vez que me trajeron. El que abrió dijo algo a otro: «Dale al tercero». Yo no lo entendí. Pensé que hablaban de un escalón.
¿El tercero?
Del hueco. Contando desde abajo. Su voz sonó muy tranquila. Es lo único que sé, y llevo diez años sabiéndolo sin poder comprobarlo.
Elena giró sobre sí misma. Extendió las manos. Tocó la escalera de hierro, fría, húmeda. Buscó el primer peldaño y lo palpó. Sólido. El segundo, igual. El tercero.
El tercero tenía un hueco.
Era un pequeño desgaste en la parte inferior, del tamaño de dos dedos, como si el hierro hubiera sido taladrado por dentro. Metió el índice. Notó una palanca diminuta, plana, de apenas un centímetro, que cedió con un chasquido.
Arriba, muy lejos, un mecanismo de resortes se desencajó con un gemido seco.
¡Ha sonado! susurró Marta.
Lo sé.
¡Sube!
Elena subió. Los peldaños, resbaladizos, se le escurrían bajo las manos. Contó hasta ocho. Al llegar arriba, apoyó las dos palmas contra la losa y empujó con todo el peso de los hombros. Cedió. Se desplazó de lado con un rumor de piedra y la penumbra del descansillo entró por el hueco como un agua clara.
Salió a rastras. Se quedó tumbada sobre las baldosas cuadradas, con la mejilla pegada a la piedra fría, jadeando. Sobre ella, el techo verde desconchado. A su lado, la puerta de hierro con su placa troquelada. El número cero.
Once y cuarenta y nueve.
No había nadie.
Lo comprobó con la linterna de repuesto del móvil, un rayo débil que recorrió la escalera, los peldaños, el pasamanos. Veintidós escalones vacíos. Ni un rastro, ni una huella, ni una mancha de humedad. Subió despacio, con los músculos temblándole, y en la mitad del trayecto se detuvo, porque creyó oír algo arriba.
Un roce. Un tintineo de llaves.
Soy yo susurró una voz ronca.
Nieto estaba en la puerta metálica del archivo, de pie, con una linterna apagada en la mano y la cara gris. Había dejado la hoja abierta de par en par. Se hizo a un lado para que ella pasara y cerró detrás.
Veintiséis minutos dijo.
Lo sé.
Le dije veinte.
Lo sé. Lo siento.
Debería haber... Se detuvo. La miró. Algo en la cara de Elena debió de alarmarle, porque sus ojos pequeños se abrieron un poco más. ¿Qué le ha pasado?
Nada.
Está blanca.
Alguien cerró la losa.
Nieto se quedó inmóvil.
¿Cómo?
Había alguien en el descansillo. Bajó detrás. Cuando yo ya estaba dentro. Cerró el hueco desde arriba. Elena respiró. Conseguí abrirla desde abajo. Pero vi una mano.
¿Qué mano?
Dedos largos. Un anillo de plata.
Nieto cerró los ojos. Elena vio cómo la nuez se le movía una vez, despacio.
Yo no abrí esa losa dijo. No sabía que se podía.
Lo sé.
No la he tocado nunca. Cervera siempre usa la puerta.
Lo sé, Braulio.
Entonces... Abrió los ojos. Alguien más conoce el mecanismo.
Alguien que lleva dos meses bajando sin luz.
Se quedaron quietos. En la penumbra del sótano, entre las estanterías de metal y las cajas alineadas, la respiración de los dos sonaba como la de dos animales ocultos. Nieto fue el primero en moverse. Se sentó en una caja de cartón, pesadamente, y se quedó mirando el suelo con las manos colgando entre las rodillas.
Dígamelo dijo.
¿Qué?
Lo que ha visto. Sé que ha visto algo. Se le nota en los zapatos.
Elena se sentó frente a él, en el borde de otra caja. Se frotó las manos para calentarlas. Pensó en la promesa que había hecho una hora antes a través de una rejilla. *No le digas nunca a Nick que estoy viva.* Pensó en que Nieto no era Nick. Pensó en una noche de mayo, en un guardia que se había dormido un minuto y llevaba diez años pagándolo.