Secreto

Capítulo IV

HÉROES ©
 


 

VOLUMEN I: ORÍGENES
 


 

Villa Chica 
Antes de la Explosión 
 


Laura era una joven que como todas las chicas de su edad tenía muchos problemas tanto existenciales como terrenales. Provenía de una familia sumamente disfuncional. Su Padre las había abandonado cuando chicas sin aviso previo. Su tía había fallecido no mucho después dejando a una bebe de cuna desamparada. Como resultado ahora eran solo su madre sobre protectora y su hermanastra que la odiaba a muerte, literal.

Laura era una artista. Sus manos se deslizan frente a un lienzo, sus dedos sostenían un pincel que con pinturas de acuarela creaban a un hermoso ángel caído gótico. Sus muñecas estaban cubiertas con pulseras anchas de estoperoles, escondiendo heridas de ya algunos meses atrás.

Ella tenía problemas, miles de ellos. Pero su mente escapaba de todos sus demonios una vez que se ponía a ilustrar sus ideas en los lienzos.

—¿Laura?— una señora mayor asomó su rostro por las escaleras que llevaban a su cuarto de arte en el granero —. El desayuno está listo— le informó amablemente la mujer.

—Ahora voy, Mamá— se puso de pie y dejó su pincel, no sin antes ver de nuevo su imagen. Por alguna razón, lo sabía. Ese día no iba a ser igual que los demás, algo en su interior se lo decía.

Salió de la habitación bajando las escaleras para atravesar el establo. Ese horrible olor a estiércol que tanto detestaba. Lo único que la alentaba a seguir todas las mañanas era el sueño de ilustrar su arte en Metrópolis. Al igual que todos los jóvenes de Villa Chica quería marcharse apenas se presentara la primera oportunidad.

Tras esos pensamientos llegó al comedor, en el ya se encontraban tanto su Mamá cómo su hermanastra, Andrea. Laura se sentó solo para ver la sonrisa de su Mamá y la mirada de odio de Andrea.

—Que hermosa pintura la que tienes en el granero, Laura— comentó la madre —. Deberías llevarlas a la feria que habrá este fin de semana — añadió. Andrea fulminó a Laura con la mirada.

—No lo sé, Mamá— probó bocado—, Voy a pensarlo—.

—Pues, tómalo en serio. De verdad tienes potencial y además eso ayuda con tu recuperación —

—¡Madre! — pidió apenada —, no quiero tocar ese tema, por favor —.

—Lo siento— la señora le pasó la sal a Andrea y prosiguió —. Miré una caja de tinte en tu salón de pintura ¿Cambiarás de look otra vez?—.

—Si, Mamá— afirmó Laura, quien usbaa el cabello rojizo, en ocasiones azul y cuanto color le parecia—. El cabello rojizo resalta mi tez blanca pero estoy pensando en pasar de nuevo al negro— Andrea golpeó la mesa con su puño.

—Por una sola vez ¿Podemos dejar de hablar de mi hermana?— gruñó y la miró fijamente.

Laura solo le regresó el gesto, era como si ambas miradas se hubieran fusionado en un odio intenso.

—¿Cual es tu problema?— cuestiono Laura molesta.

—¡Toda Tú! — afirmó —. Tu eres mi problema— el rostro de Andrea se volvía rojizo — ¡Estoy harta de vivir a la sombra de mi hermana cuando todos sabemos lo que eres! — grito.

—¡No le hables así!— atajó la madre sorprendida y asustada a la vez.

—¿Porque no? Todo gira en torno a ella por la estupidez que cometió solo para llamar la atención. Cuando sabemos porque lo hizo, la culpa te carcome y me alegro por ello! —Laura enseguida se puso nerviosa. Andrea se puso de pie.

—¡Andrea, te lo advierto!— Laura estaba aterrada. Se levantó de la mesa con rabia en las venas.

—¡Me das tanta lástima! Drogadicta asesina ¡Ojalá ardas en el infierno! — Andrea terminó la frase e instantáneamente recibió una bofetada que la llevó al suelo.

Indignada, la hermana se tomó la mejilla y la miró fijamente con los ojos como platos.

—Ojala hubiéramos llegado más tarde el día que te cortaste las venas— añadió y al levantarse salió de la casa a toda prisa azotando la puerta.

Laura se quedó en silencio parada en la mesa, ni siquiera podía dirigir sus ojos hacia su madre. La señora lloraba desconsolada. Sabía que Andrea realmente lo deseaba, que aquella vez, Laura hubiera muerto. Y que desgraciadamente, Andrea tenía sus razones.

Ciudad Oscura 
 


Un automóvil lujoso se estacionó frente a la instalación de Corporación De La Vega en Ciudad Oscura. La limusina se detuvo y al instante dos hombre de traje aparecieron en la puerta del pasajero para dejar descender a una mujer glamurosa. Ella era rubia, llevaba un vestido negro entallado con cara de pocos amigos.

—Adelante, Señorita Valdivia— dijo uno de ellos señalandole el camino. El otro miraba a los costados fijamente.

—¿Qué hace ese sujeto ahí? — preguntó ella con desagrado mirando a un indigente cerca de las escaleras. Uno de los guardias se abalanzó sobre él y lo empujó.

—¡Vete de aquí, vago! — gritó. El sujeto levantó las manos en señal de rendición. Pero el escolta le propinó un derechazo para dejarlo en el suelo — ¡No vuelvas! — el sujeto se fue corriendo.

—¡Que asco de gente! —.

Asegurado el perímetro, los hombres acompañaron a la mujer que resonaba sus tacones subiendo los escalones. Las instalaciones De la Vega se caracterizaban por tener lujosos ventanales en sus edificios y sus puertas. Daniela entró en el edificio escoltada por sus guardias para encontrarse con Olivia, la directiva de la instalación.

Olivia estaba a unos metros de distancia con una sonrisa de suficiencia. Daniel llegó ante ella y con las manos en la cintura la encaró.

—Olivia— atajó.

—Daniela— le respondió — ¿A que debo tan cordial visita de la hija consentida de Alan Valdivia? —.

—Escuche de buena fuente que hubo robos a nuestras unidades la semana pasada— atacó con gesto de disgusto —. La mesa directiva no está nada contenta con eso—.

—Lo entiendo — dijo Olivia sin el más mínimo remordimiento —. Estamos trabajando en ello—.




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