Secreto

Capítulo V

HÉROES ©
 


 

VOLUMEN I: ORÍGENES
 


 

Ciudad Capital 
 


Amelia despertó después de haber quedado inconsciente. Estaba tendida en el suelo y a su alrededor se escuchaban las llamas de los pocos incendios que le rodeaban. Se encontraba en la calle principal, tendida en un espacio libre y todo lo demás era escombros y humo. Se puso de pie y caminó hasta una pequeña colina de bloques y arena, llegó a la cúspide y aprecio cómo la gran parte de la ciudad se había desmoronado.

—¡No, Adrián!— desesperada cayó de rodillas y se quedó apreciando el edificio en llamas donde era la Corporación.

De pronto, un dolor apareció en su cabeza. Ella comenzaba a sentirse mareada y destello inundaban su mente, algo estaba pasando dentro de su cerebro. Imágenes vagaban tratando de materializarse pero solo eran como manchas, todo hasta que se aclaró. Era como si hubiera viajado a un recuerdo vívido.

Sergio gritaba dentro del centro de investigación aplastado por una viga. El enorme y pesado larguero de metal se encontraba sobre su pierna derecha y tenía una varilla atravesado su hombro izquierdo. La onda expansiva de una de tantas explosiones había llegado hasta la instalación, la cual se derrumbó casi por completo.

—Ayuda—decía en voz baja mientras gemía de dolor.

De un rincón apareció Alicia dando tumbos, su frente tenía una enorme cortada que corría hasta su mejilla derecha y parecía sumamente confundida. Se sostenía de la pared con una de sus manos y caminaba despacio con la mirada perdida.

—¡Alicia, ayudame!— le pidió Sergio y ella lo miró.

Victima de la contusión, ella lo apreció un instante hasta que pudo procesar lo que realmente ocurría. De un segundo a otro, cerró los ojos fuertemente y corrió en su auxilio. Se hincó a su lado contemplando la varilla en su hombro y la enorme viga.

—¡Oh, Dios! Sergio, tu hombro— dijo llevándose las manos a la boca.

—No puedo moverme— dijo con un quejido—, voy a morir— añadió asustado.

—No, no. Pensaremos en algo— dijo mirando las llamas alrededor de ellos, las maquinas se incendiaban y había mucho humo—, ¡Jorge, Rubén! ¡Ayúdenme!— gritaba aterrada.

—Tengo frío— Sergio apenas hablaba.

—¡No, no te vas a morir aquí!— le dijo Alicia sosteniendo su cabeza mientras buscaba alrededor con la mirada—, ¡Ayuda!—.

—¡Jefe!— gritó Rubén a lo lejos—, ¿Están bien?— preguntó saliendo del humo.

—¡Rubén!—ella corrió y lo recibió con un abrazo—, anda. Ayudemos a Sergio, busca a Jorge y vamos a levantar esa viga— indicó ella caminando hacia el apresado. Rubén se quedó en silencio detrás de ella y bajó la cabeza.

Ella volteó a verlo y abrió los ojos al límite con preocupación.

—¿Rubén?—.

—Acabo de ver a Jorge— comentó desanimado—, él está muerto—.

Alicia bajó la mirada y dejó salir un sollozo. Con la manga de su bata sucia se secó las lágrimas y suspiró.

—Hoy no va a morir nadie más— añadió y se puso de pie caminando a un extremo de la viga—, ¡Toma el otro lado!— gritó.

Rubén hizo lo pedido, ambos hicieron su máximo esfuerzo pero no paso gran cosa. Alicia tomó aire, pero Rubén ciertamente parecía estar seguro de que no podrian sacarlo de ahí y que las llamas lentamente se acercaban a ellos.

—Es muy pesada— insinuó Rubén.

—No me importa— dijo ella fulminando a su empleado con la mirada—, vamos a sacarlo de aquí a como de lugar—.

Ambos hicieron otro intento pero no hubo resultado. Rubén miró las llamas nuevamente y puso una expresión de temor.

—Jefe—dijo en voz baja.

Ella comenzó a llorar y se hincó en el suelo. Sergio se quedó en silencio y dejó caer su cabeza más que resignado.

—No—dijo ella.

Pronto, un ruido apareció. Uno muy violento, Rubén pudo jurar que se trataba de las puertas de la instalación cayéndose al suelo de golpe.

—¿Escucharon?—preguntó él caminando hacia la entrada.

Alicia no respondió, se quedó mirando al suelo desconsolada. Sollozaba hasta que escuchó a Rubén.

—¿Hola?—cuestionó—, ¿Son militares? ¡Qué bueno que llegaron! Mi amigo.....—dos disparos.

Alicia se levantó enseguida alarmada y vio a tres hombres con chaleco antibalas, traje de camuflaje negro y gris con pasamontañas presentarse apuntando con sus rifles. Ella se quedó paralizada.

—¡Nombre!—gritaron.

—Yo... Yo—.

—¡Nombre, ahora!— dijo uno y disparó cerca de su pie. Ella saltó.

—¡Alicia, Alicia Fuentes!—gritó cerrando los ojos.

—Es ella— dijo uno de ellos y sus compañeros le dispararon a Sergio.

Alicia gritó aterrada hasta que ellos llegaron hacia ella y le dispararon en la frente.

Tras un destello, Amelia volvió en sí después de tener esa visión tan real, tan lívida.

—¿Qué diablos?—se preguntaba si había tenido una premonición o un sueño de lo más extraño y real.

No iba a dejarlo a la suerte, así que salió a toda prisa en busca de un vehículo para ir al centro de investigación. Real o no ayudaría a su prima. Corriendo entre escombros se encontró con un vehículo, abrió la puerta y no encontró ninguna llave a la mano. Molesta golpeó el tablero y el motor arrancó, ella abrió los ojos a la par.

—¿Qué me está pasando?—cuestionó intrigada, pero como fuera lo dejó de lado, cerró la puerta y arrancó a toda velocidad.

En otra zona de Ciudad Capital
 


Dante abrió los ojos. Se encontraba colgando del cinturón de seguridad con la cabeza a pocos centímetros del techo de la patrulla. Frente a él, Pedro estaba en la misma posición, a diferencia de que éste sangraba.

—Pedro—, su amigo no respondía—, ¡Pedro!—grito nuevamente.




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