Secretos entre reinos

Juliette

El aire en el nivel subterráneo de la finca olía a pólvora, aceite de motor y humedad. La galería de tiro era un búnker de hormigón blindado, iluminado por luces LED blancas que volvían el ambiente casi clínico.

Bajé las escaleras luciendo unos pantalones tácticos oscuros, una camiseta ajustada y botas. Mi pelo pelirrojo iba trenzado con firmeza para que no me molestara en la cara.

Aldricht ya estaba allí. Se había cambiado la ropa mojada por una camiseta negra de manga corta que se adhería a su torso definido, dejando al descubierto sus brazos anchos cargados de tinta. La seriedad en sus ojos azules me indicó que las burlas de la mañana habían terminado.

—Las pistolas no entienden de apellidos ni de títulos nobiliarios, Juliette —dijo sin rodeos en cuanto puse un pie en el recinto—. Solo entienden de pulso, distancia y frialdad.

Sobre la mesa metálica central descansaban tres armas distintas: una SIG Sauer compacta, una Glock 19 y una imponente CZ Shadow 2.

—Escoge una —ordenó, cruzándose de brazos mientras sus músculos se tensaban bajo la tela de la camiseta.

Me acerqué a la mesa y sopesé la Glock. Era ligera, pero la CZ me ofrecía un agarre más firme. La tomé, comprobé el cargador por instinto y me coloqué en la línea de tiro. Encendí el panel digital y envié la diana de papel a quince metros.

—Sorpréndeme —murmuró Aldricht, situándose justo detrás de mí. Su sombra volvía a cubrirme por completo.

Ajusté mi postura, levanté el arma con las dos manos y fijé la vista en el centro rojo de la diana. Apreté el gatillo tres veces seguidas. Los disparos retumbaron en la galería búnker a pesar de la insonorización. Dos impactos dieron en el anillo superior del centro y uno se desvió tres centímetros a la derecha.

—Un agarre pésimo —sentenció la voz de Aldricht a milímetros de mi oreja.

Antes de que pudiera protestar, sentí su cuerpo pegarse por completo al mío. Su pecho tatuado presionó mi espalda, y sus manos grandes, duras y llenas de cicatrices invisibles cubrieron las mías sobre la culata del arma. El calor que emanaba de él era abrasador.

—Estás tensionando demasiado los hombros —dijo con esa voz grave que vibraba directamente contra mi nuca, reajustando la posición de mis brazos con una firmeza milimétrica—. Si disparas así contra un objetivo en movimiento, el retroceso te romperá la muñeca. Relaja la espalda y deja que la fuerza salga de tu centro.

—Puedo hacerlo sola —murmuré entre dientes, tratando de mantener la respiración serena aunque tener sus ojos azules fijos en mi perfil me revolvía el estómago.

—No, no puedes —repuso él, apretando ligeramente su agarre sobre mis dedos—. En tres días, la mafia ucraniana o los colombianos van a intentar dar un golpe. No estoy enseñándote a practicar un deporte, señora Krenchtym. Te estoy enseñando a ejecutar a cualquiera que intente ponerte una mano encima. Ahora... dispara.

Con sus manos guiando las mías y su pecho marcando el ritmo de mi respiración, apreté el gatillo.

Tres detonaciones secas volvieron a atronar la sala. Esta vez, las tres balas destrozaron exactamente el centro del círculo rojo.

Me quedé inmóvil, sintiendo el humo de la pólvora flotando en el aire y la respiración pausada de Aldricht rozándome la piel de la mejilla.

—Ves que sí aprendes rápido cuando me dejas tener el control —susurró con una sonrisa fría contra mi oído antes de soltarme despacio.

Me giré sobre mis talones para encararlo, sosteniendo el arma hacia el suelo y clavando mis ojos grises en los suyos.

—Disparé bien porque soy buena —le espeté con firmeza—. Y la próxima vez que necesite ponerle una bala en la cabeza a alguien, no voy a necesitar que me sostengas las manos, Fog.

Aldricht sostuvo mi mirada durante dos segundos eternos. En lugar de molestarse por mi réplica, la comisura de sus labios se elevó en esa sonrisa socarrona y peligrosa que empezaba a odiar y a reconocer a partes iguales.

—Anotado —dijo, dando un paso atrás para dejarme espacio—. Pero hasta que no demuestres ese mismo pulso cuando el objetivo te esté devolviendo el fuego, vas a seguir practicando aquí abajo.

Recogió las otras dos pistolas de la mesa metálica con una soltura propia de quien ha crecido sosteniendo plomo. Las guardó en sus fundas y me indicó la salida del subterráneo con una inclinación de cabeza.

—Arriba. Lucas acaba de recibir novedades de la red de inteligencia de Krenchtym.

Subimos las escaleras en un silencio tenso. Al llegar al salón principal, la luz natural del mediodía atravesaba los ventanales blindados. Lucas nos esperaba junto al escritorio de caoba, sosteniendo un cuaderno de notas encriptadas y con la mandíbula apretada.

—Dime que son buenas noticias, Axe —ordenó Aldricht, apoyando las manos en el borde de la mesa. Los músculos de sus brazos tatuados se marcaron al instante bajo la tela fina de su camiseta.

—Depende de cómo lo mires, Fog —respondió Lucas, lanzándome una mirada rápida antes de centrarse en su jefe—. "El Diablo" no se ha quedado de brazos cruzados tras el pacto con los colombianos. La mafia ucraniana sabe que cerraste el trato con Geffer a cambio de Juliette. Sienten que perdieron territorio en Las Cuevas y van a cobrarlo.

Sentí un nudo amargo en el estómago, pero me mantengo mis ojos grises fijos en los papeles sobre la mesa.

—¿Qué traman? —intervine, dando un paso al frente y situándome al lado de Aldricht.

Lucas volvió a mirarme, esta vez con cierta aprobación velada.

—Tienen planeado un sabotaje a los envíos del puerto del norte durante la gala benéfica de esta noche —explicó Lucas—. Saben que es la primera aparición pública de los recién casados. Quieren forzar a Aldricht a dar un paso en falso delante de las cámaras y la nobleza para romper el pacto de tregua con Geffer.

Aldricht soltó una risa fría, sin un ápice de diversión. Sus ojos azules brillaron con una luz calculadora.




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