Secretos entre reinos

Aldricht

La mirada de Juliette no tembló al exigirme su propia arma. Había una llama constante en esos ojos grises, una furia contenida que se negaba a apagarse sin importar cuántas veces intentara acorralarla.

—Llevarás una Beretta Nano en la muslera —le respondí en voz baja, sin retirarle la mano del hombro—. Es compacta, no se marcará bajo la seda del vestido y te dará seis oportunidades si las cosas se tuercen en el salón de baile.

Lucas nos observaba en silencio desde el otro lado del escritorio. Sabía perfectamente que llevar a Juliette a la gala del puerto era un riesgo calculado, pero dejarla encerrada en la finca mientras los ucranianos intentaban dinamitar mis rutas comerciales solo la convertía en un blanco más fácil a largo plazo. Necesitaba que el submundo viera que la alianza Krenchtym-Vüllet no era un adorno, sino un bloque blindado.

—Axe, prepara los coches blindados para las ocho —ordené, apartando la mano del hombro de Juliette y volviéndome hacia mi jefe de seguridad—. Quiero a seis hombres vestidos de etiqueta dentro del salón y al resto cubriendo las salidas de emergencia y los muelles. Si "El Diablo" mueve una sola pieza antes del brindis, quiero saberlo al instante

—Entendido, Fog —asintió Lucas antes de dar media vuelta y salir del despacho con paso firme.

Me quedé a solas con Juliette. La luz del mediodía se filtraba por las cristaleras, acentuando el contraste entre la pulcritud del salón y la tensión que flotaba entre los dos. Sus ondas pelirrojas caían sueltas sobre sus hombros, y la postura firme de su figura delgada me demostraba que no pensaba dar un solo paso atrás.

—¿Alguna objeción sobre el plan, señora Krenchtym? —pregunté, apoyando la cadera contra el borde de la mesa de caoba y cruzándome de brazos. La camisa negra que llevaba puesta se tensó sobre mis hombros y los tatuajes de mis brazos.

Juliette dio un paso hacia mí, mirándome desde abajo pero con la cabeza bien alta.

—Ninguna —respondió, dejando que una sonrisa afilada se dibujara en sus labios—. Solo asegúrate de que tus hombres no se metan en mi camino si me toca apretar el gatillo.

Una carcajada corta se me escapó del pecho. La determinación de esta mujer era fascinante.

—Descuida —murmuré, inclinándome ligeramente hacia ella para que mis ojos azules quedaran a su misma altura—. Nadie va a quitarte el placer de defender tu propio terreno. Ahora sube a prepararte. La alta sociedad nos espera para vernos fingir que nos amamos... y la mafia para ver si nos destruimos.




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