Subí a mi habitación con el corazón acelerado por una mezcla de rabia y pura adrenalina. La gala en el puerto del norte no era una simple recepción de la alta sociedad; era un campo de minas donde la aristocracia y la mafia británica iban a cruzarse copas de champán mientras medían cada uno de nuestros movimientos.
Me tomé una ducha rápida para quitarme el olor a pólvora y sudor. Al salir, sobre la cama king size, encontré un estuche de terciopelo negro junto a una caja alargada. Abrí el estuche primero: una Beretta Nano de calibre 9mm, perfectamente limpia y pulida, reposaba sobre el forro de seda junto a una muslera táctica de cuero negro. Aldricht no había mentido.
Sonreí de lado. Ajusté la muslera a mi muslo derecho, comprobé el peso del arma y la encajé en su sitio antes de vestirme.
El vestido era una pieza de alta costura en tono esmeralda oscuro, de seda pesada que caía en pliegues fluidos hasta el suelo, cubriendo por completo el arma. El corte del escote dejaba al descubierto mis hombros pálidos y la espalda, mientras que la falda tenía una abertura lateral estratega que solo revelaba el muslo al dar pasos largos. Me dejé el pelo pelirrojo suelto, peinado en ondas marcadas que caían sobre un lado de mi cuello, y me pinté los labios de un rojo intenso.
Cuando bajé la gran escalera de roble, la luz de la araña de cristal iluminó el vestíbulo.
Aldricht me esperaba al pie de la escalera. Lucía un esmoquin negro a medida que encajaba a la perfección con la amplitud de sus hombros y su figura atlética. Llevaba la camisa de cuello pálido cerrada y una pajarita de seda, borrando a primera vista cualquier rastro de la piel tatuada que guardaba debajo. Sin embargo, en cuanto me vio bajar, esos ojos de un azul eléctrico me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que hizo que la piel se me erizara.
Se detuvo al primer escalón, ofreciéndome la mano.
—El esmeralda resalta el fuego de tu pelo, Juliette —murmuró con una voz grave que retumbó en el vestíbulo vacío—. Y el rojo de tus labios promete que alguien va a sangrar esta noche.
—Espero que sea "El Diablo" —respondi, ignorando deliberadamente su mano y bajando el último escalón por mi cuenta—. ¿Está cargada la Beretta?
Aldricht sonrió con esa mueca fría y fascinante que ponía cuando jugaba a ser el rey de las sombras. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento fresco me rozó la frente.
—Siempre —dijo en un susurro—. Recuerda el papel, señora Krenchtym. Ante las cámaras somos el matrimonio del año. Ante las sombras... somos los que van a aplastar a la mafia ucraniana.
Enganché mi brazo al suyo, sintiendo la solidez del músculo bajo la tela fina del esmoquin. Le sostuve la mirada gris a la suya azul sin parpadear.
—Que empiece el espectáculo, Fog.
. . .
La limusina nos dejó frente al Gran Club Náutico del puerto del norte. El contraste era brutal: a un lado, el mar embravecido y las grúas de carga recortándose contra la noche; al otro, una alfombra roja iluminada por docenas de focos, donde diplomáticos, lores británicos y magnates posaban para la prensa.
En cuanto se abrió la puerta blindada, el destello de los flashes me cegó por un segundo. Aldricht bajó primero. Su presencia física imponía de inmediato; erguido, con el pelo negro perfectamente peinado y esa elegancia natural que camuflaba al monstruo tatuado que llevaba dentro. Se giró y me ofreció la mano.
Esta vez, ante las cámaras, no pude rechazarla.
Coloqué mis dedos sobre su palma. Su agarre fue firme y protector. La falda de seda esmeralda se abrió ligeramente al bajar del vehículo, pero la muslera con la Beretta permaneció oculta bajo las capas de tela. Los murmullos de la multitud estallaron al instante.
—¡Señor Krenchtym! ¡Juliette! ¡Una mirada aquí! —gritaban los fotógrafos tras las catenarias de terciopelo.
Aldricht me atrajo por la cintura con una soltura impecable, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí el calor de su mano atravesar la seda en mi espalda al descubierto. Me incliné levemente hacia él, regalando a la prensa la Sonrisa Perfecta de la heredera Vüllet, mientras le susurraba entre dientes sin mover los labios:
—Si me aprietas un milímetro más, te clavo el tacón en el empeine.
—Disimula, mi amor —respondió él al oído en un tono tan sedoso que los periodistas jurarían que me estaba diciendo una poesía—. Nos están mirando tres senadores y el jefe de la policía metropolitana. Y a la izquierda, junto a la columna... los hombres de "El Diablo".
Desvié la mirada gris hacia donde me indicaba sin perder la sonrisa diplomática.
Tres hombres con trajes oscuros y cortes de pelo militares nos observaban desde la sombra del pórtico. Uno de ellos llevaba una cicatriz profunda que le cruzaba la pómulo hasta la mandíbula: la marca distintiva de los sicarios de la mafia ucraniana.
—Nos tienen en el punto de mira —murmuré, sintiendo la fría presión del arma en mi muslo.
—Que miren —sentenció Aldricht, ajustándose el botón del esmoquin mientras nos adentrábamos en el majestuoso salón de gala—. Esta noche van a descubrir que entrar en mi territorio tiene un precio... y tú y yo vamos a cobrárselo.