Secretos entre reinos

Aldricht

La luz de los candelabros de cristal sobre el mármol del salón de gala no lograba disipar la podredumbre que corría por debajo. En este entorno de seda y copas de cristal de bohemia, la mitad de los presentes llevaba las manos limpias solo porque pagaban a hombres como yo para que se las ensuciáramos.

Llevaba a Juliette bien pegada a mi costado. Sentir el tacto de su espalda pálida y al descubierto bajo la seda esmeralda me recordaba la amenaza constante que representaba. No solo para nuestros enemigos, sino para mi propio control. Esa mujer era un fósforo encendido en un almacén de pólvora.

—Mantén el paso lento —le dije al oído, rozándole apenas la piel con los labios mientras cruzábamos la pista de baile—. Lucas ya está en posición en los muelles inferiores. Los ucranianos van a intentar interceptar el cargamento de contenedores en diez minutos, en cuanto empiece el discurso de apertura.

Juliette me devolvió una sonrisa impecable para las cámaras, aunque el destello de sus ojos grises era puro veneno.

—¿Y tú vas a quedarte aquí sonriéndole al ministro de Asuntos Exteriores mientras destruyen tu mercancía, Aldricht? —susurró con dulzura ensayada, apretando ligeramente los dedos sobre mi brazo.

—No —respondí, girándola con soltura en un movimiento de baile improvisado para quedar de espaldas a la multitud y de frente a las salidas de servicio—. Tú y yo vamos a hacer una pausa para 'tomar el aire' en la terraza privada.

Le sostuve la mirada azul contra la suya gris. Pude ver cómo entendía la jugada al instante. Su mano bajó un milímetro, buscando por puro instinto la abertura lateral del vestido donde la Beretta descansaba contra su muslo.

—Espero que tengas un buen plan, Fog —murmuró, dejando que una chispa de adrenalina pura iluminara su rostro pálido—. Porque si me arruinas este vestido de mil libras en una balacera, te voy a cobrar cada centavo.

Una sonrisa oscura se me dibujó en los labios.

—Si sobrevivimos a los hombres de "El Diablo" esta noche, te compraré la boutique entera, señora Krenchtym. Ahora camina hacia la puerta oeste. El espectáculo está a punto de salir del guion.

La conduje hacia la puerta de servicio con una parsimonia estudiada, saludando con un leve asentimiento de cabeza a un par de lores que intentaron frenarme para hablar de política fiscal. Juliette caminaba a mi lado con la barbilla en alto, marcando el paso sobre los taconazos negros con una compostura que habría engañado a cualquiera. Pero yo sentía la tensión en su brazo. Sentía cómo retenía la respiración, lista para saltar en cuanto cruzáramos el umbral.

En cuanto la pesada puerta de madera calada se cerró a nuestras espaldas, la música de la orquesta quedó reducida a un zumbido sordo.

El pasillo de servicio era de hormigón visto y tuberías expuestas, ilumino solo por la luz anaranjada de las salidas de emergencia. El olor a perfume caro y champán se disipó al instante, sustituido por la brisa salobre y húmeda que se filtraba desde los muelles.

Juliette no perdió un solo segundo.

Se desenganchó de mi brazo, desnudó el muslo derecho con un movimiento rápido de la falda de seda y desenfundó la Beretta Nano con una destreza que me sacó una mueca de satisfacción. Escuché el chasquido metálico al cortar cartucho. La luz fría del pasillo le iluminaba el perfil, resaltando las ondas pelirrojas que le caían sobre la espalda expuesta.

—Tres hombres en el cruce de almacenes —dijo en un susurro afilado, clavando sus ojos grises en los míos—. ¿Los rodeamos o entramos rompiendo la puerta?

Me desabroché el botón del esmoquin y saqué la Glock con silenciador que llevaba oculta en la soboba. Ajusté los hombros, sintiendo cómo la tela de la chaqueta se tensaba sobre los músculos de mi espalda tatuada.

—Entramos rompiendo la puerta —le respondí, acercándome a ella hasta que mi sombra volvió a cubrirla por completo—. Pero tú te quedas a mi espalda, Juliette. No voy a discutir esto aquí abajo.

—Ni lo sueñes, Fog —replicó entre dientes, sosteniéndome la mirada de un azul contra su gris con una audacia helada—. Dijiste que era tu socia en esto. Si intentas ponerme detrás de ti, la primera bala te la llevas tú en el gemelo.

Solté un bufido bajo, aunque la adrenalina me ardía en las venas. Esta mujer no sabía lo que era el miedo, o si lo sentía, lo utilizaba como combustible para disparar más rápido.

—Si me disparas a mí, los ucranianos nos matan a los dos —murmuré, pegándome a la pared junto al portón que daba a la zona de carga—. A la de tres. Uno... dos...

De un puntapié seco reventé el pestillo de la puerta de hierro.

El aire frío del puerto nos golpeó de golpe junto al estruendo del mar contra los pilotes. Frente a nosotros, tres matones de "El Diablo" ajustaban silenciadores a sus subfusiles junto a una torre de contenedores de carga.

Antes de que el primer ucraniano pudiera alzar la vista, el eco amortiguado de mi Glock retumbó dos veces en la noche. El tipo de la izquierda cayó a la grava antes de entender qué estaba pasando.

Pero el tercero, el de la cicatriz en el pómulo, reaccionó con una rapidez felina, encañonándome directamente al pecho.

No me dio tiempo a girar el arma.

¡PUM!




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