Secretos entre reinos

Aldricht

El disparo seco de la Beretta de Juliette resonó justo al lado de mi oído. La bala le atravesó el hombro al sicario, haciendo que soltara el subfusil con un alarido y cayera de rodillas sobre el barro.

Me giré a mirarla por encima del hombro. Juliette seguía con los brazos extendidos, el arma humeante entre las manos, los labios rojos apretados en una línea recta y esos ojos grises ardiendo de pura resolución. Ni un temblor. Ni una duda.

—Lección aprendida —me dijo con una sonrisa helada, bajando el cañón despacio—. Te dije que sabía cuidarme sola.

Me quedé mirándola un segundo extra, sintiendo la adrenalina rugir en mis oídos mientras el humo de la pólvora se disipaba en el aire salobre del puerto. La seda esmeralda de su vestido contrastaba de forma brutal con la suciedad del muelle y la sangre que empezaba a manchar la grava a los pies del sicario.

—No estuvo mal, señora Krenchtym —murmuré, avanzando con paso firme hacia el tipo de la cicatriz que se retorcía en el suelo, sujetándose el hombro ensangrentado.

Le propiné una patada seca en el costado para alejar su arma de un golpe. Me agaché despacio, agarrándolo del cuello de la chaqueta hasta obligarlo a mirarme a los ojos. El ucraniano me escupió sangre en la solapa del esmoquin, intentando balbucear una amenaza en su idioma.

—Dile a "El Diablo" que la próxima vez no mande a muchachos a hacer el trabajo de un hombre —le susurré al oído antes de estrellar su cabeza contra el contenedor de acero, dejándolo inconsciente de golpe.

Lucas surgió de la penumbra del muelle 4 con la pistola en la mano y cuatro de mis hombres cubriéndole la espalda. Al ver los tres cuerpos en el suelo y a Juliette de pie con la Beretta en la mano, mi jefe de seguridad se detuvo en seco, dejando escapar un silbido bajo.

—Veo que la tregua en el salón de baile ha terminado antes de tiempo —comentó Lucas, bajando el arma—. La zona norte del puerto está limpia, Fog. Los camiones de carga ya están en marcha hacia la frontera.

—Limpien este desastre antes de que la prensa o la policía se den cuenta —ordené, poniéndome de pie y limpiándome la solapa con desdén—. Y que nadie salga de este muelle sin mi autorización.

Me giré hacia Juliette. Se mantenía erguida, pero al acercarme vi cómo el leve temblor de la adrenalina empezaba a apoderarse de sus dedos. Guardó la Beretta en la muslera con cierta dificultad, tapándola de nuevo con las capas de seda verde.

—Es hora de volver a la fiesta —le dije, ofreciéndole mi brazo una vez más.

Juliette me miró, respirando con cierta agitación, pero ajustó su postura en medio segundo. Alzó la barbilla, volvió a colocarse el pelo pelirrojo sobre el hombro y enganchó su mano en la manga de mi chaqueta como si nada hubiera pasado.

—Tienes sangre en el cuello de la camisa, Fog —dijo en un hilo de voz, aunque sus ojos grises brillaban con una intensidad desbordante.

—Considera que es el toque final para el traje —respondí, guiándola de vuelta hacia la puerta de servicio—. Vamos a tomarnos ese champán, esposa. Tenemos una alianza que celebrar.




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