Secretos entre reinos

Juliette

El olor a pólvora y salitre todavía me escocía en la garganta mientras cruzábamos de vuelta la puerta de servicio. Me obligué a ralentizar el paso, a acompasar mi respiración agitada y a erguirme con la elegancia que mi padre me había exigido desde niña.

En la oscuridad del pasillo, me detuve un segundo para mirarme en el reflejo de una ventana blindada. Tenía una mancha de hollín en la comisura de la boca y un mechón de pelo pelirrojo fuera de sitio. Me limpié el rostro con el dorso de la mano y me reajusté el peinado con dedos firmes, a pesar del temblor residual que la adrenalina me dejaba en las articulaciones. La Beretta seguía pesando contra mi muslo derecho, oculta bajo la seda esmeralda, caliente por el disparo.

Aldricht se detuvo a mi lado. Se quitó el pañuelo del bolsillo del esmoquin y, sin pedir permiso, me limpió con delicadeza una gotita de sangre ajena que me había saltado a la clavícula. El contraste entre la brusquedad con la que acababa de noquear a aquel sicario y la suavidad de su tacto en mi piel me hizo tragar saliva.

Sus ojos azules me escudriñaban con una mezcla de orgullo oscuro y algo indescifrable que me revolvió el estómago.

—¿Lista para la segunda parte, Juliette? —preguntó en un susurro grave, guardándose el pañuelo manchado.

—Llevo toda la noche lista —le respondí, clavándole la mirada sin pestañear—. Asegúrate de que no se te note en la cara que acabas de mandar a tres hombres al hospital.

Empujó la doble puerta de caoba y el estruendo de la orquesta de cuerda nos envolvió de golpe. La luz cálida de las arañas de cristal, el murmullo de las risas aristocráticas y el tintineo de las copas de champán nos recibieron como si el horror del muelle nunca hubiera ocurrido.

Enganché mi brazo al suyo con firmeza. Sentí la solidez de sus músculos bajo la tela fina del traje, ese cuerpo lleno de tinta y cicatrices que se escondía perfectamente tras la fachada del heredero Krenchtym.

Caminamos hacia el centro de la pista de baile. Sentía los ojos de los senadores, de la nobleza y, sobre todo, de los topos de la mafia ucraniana clavados en nosotros. Querían vernos dudar, querían ver grietas en este matrimonio forzado.

Aldricht me tomó de la cintura con una posesividad ensayada y me atrajo hacia él para seguir el ritmo de un vals lento. Miré sus labios antes de subir la vista a esos ojos azules que parecían leer cada uno de mis pensamientos.

—Nos están mirando, Fog —murmuré, dejando que mi mano izquierda descansara sobre su hombro rígido, rozando la tela que cubría sus tatuajes.

—Que miren, señora Krenchtym —sonrió él, con una frialdad encantadora que le robó el aliento a más de una condesa a nuestro alrededor—. A partir de esta noche, todos saben que si intentan tocarte a ti... o a lo mío, la respuesta es una bala en el pecho.

Apreté mis dedos contra su hombro, acepSostener la mirada de Aldricht en medio de la pista de baile era como jugar con fuego en un almacén de pólvora. Sus manos, duras y marcadas por la vida criminal que apenas lograba ocultar bajo la tela del esmoquin, me sujetaban la cintura con una firmeza que pretendía parecer afecto a los ojos de la élite británica. Pero yo sentía la tensión en sus músculos, el pulso acelerado tras la ejecución en el muelle y esa aura oscura de The Fog que jamás lo abandonaba.tando el pulso. Sabía que esta alianza era una prisión de oro, pero mientras bailábamos sobre el mármol pulido con las manos manchadas de pólvora, entendí que los dos éramos el mismo tipo de monstruo.

—Bailas demasiado bien para ser un monstruo —le susurré al oído, dejando que mi aliento le rozara el cuello mientras la orquesta atacaba el último compás del vals

—Y tú disparas demasiado bien para ser una princesa, señora Krenchtym —respondió él con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Antes de que pudiera replicar, la música cesó y un aplauso educado resonó por todo el salón de gala. Los focos principales del Gran Club Náutico se encendieron, iluminando las copas de cristal y las sonrisas falsas de los diplomáticos. Aldricht no me soltó de inmediato; se tomó su tiempo, deslizando su mano por mi espalda al descubierto antes de entrelazar sus dedos con los míos.

—Señor Krenchtym, Juliette... qué despliegue de elegancia —interrumpió una voz rasposa a nuestras espaldas.

Nos giramos al unísono. Frente a nosotros se encontraba Lord Danforth, uno de los senadores más influyentes del parlamento y, como bien sabíamos ambos, uno de los hombres que financiaba en secreto las rutas de la mafia ucraniana. A su lado, dos escoltas de traje oscuro nos observaban con las manos cruzadas al frente.

—Lord Danforth —saludó Aldricht, adoptando al instante la postura impecable del heredero de los Krenchtym. Sus ojos azules se volvieron gélidos—. Un placer verle fuera del parlamento.

—El placer es mío —dijo el viejo, clavando sus ojos de serpiente en mi vestido esmeralda—. Escuché un ruido extraño cerca de los muelles hace unos minutos... como detonaciones. ¿Está todo en orden en las instalaciones de su familia?

Sentí cómo la Beretta rozaba la piel de mi muslo bajo las capas de seda. Aldricht esbozó una sonrisa lenta, implacable, e inclinó levemente la cabeza hacia el senador.

—Solo eran algunos problemas con la marea y la carga del puerto, Lord Danforth —respondió Aldricht con una calma aterradora—. Pero mi esposa y yo nos hemos encargado personalmente de que la mercancía quede bien asegurada. Nada de qué preocuparse.

Danforth palideció un milímetro al captar la amenaza velada. Sabía perfectamente que sus hombres en el muelle 4 ya no responderían al teléfono.

—Me alegra oírlo —balbuceó el senador, dando un paso atrás—. Disfruten de la velada.

Cuando el viejo se perdió entre la multitud, Aldricht se inclinó hacia mi oreja, y por primera vez en toda la noche, vi una chispa de genuina diversión en sus ojos.

—Es hora de volver a la finca —murmuró—. La noche apenas empieza, y tenemos que preparar el siguiente golpe antes de que "El Diablo" se entere de que sus tres matones están fuera de juego.




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