El trayecto de vuelta a la finca fue silencioso. El interior de la limusina blindada estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces de la ciudad que desfilaban al otro lado de los cristales tintados. Aldricht se había quitado la pajarita y desabrochado los primeros botones de la camisa, revelando el inicio de los tatuajes negros que trepaban por su cuello. Se mantenía con la vista fija en la ventana, con la mandíbula apretada, en ese estado de alerta contenida que era su estado natural.
Yo me concentré en el peso de la Beretta contra mi muslo. El dolor sordo de los tacones empezaba a pasarme factura, pero la adrenalina seguía corriendo por mis venas, impidiéndome relajarme. Habíamos sobrevivido a la primera batalla, pero la guerra con "El Diablo" acababa de estallar oficialmente.
Cuando el coche cruzó la pesada verja de hierro de la propiedad y se detuvo frente a la mansión, Lucas ya nos esperaba en la escalinata. Su rostro, habitualmente inexpresivo, mostraba una tensión inusual.
—Fog, señora Krenchtym —saludó, abriendo la puerta—. Tenemos un problema en el despacho.
Aldricht salió del coche de un salto, recuperando instantáneamente su postura de mando. Yo lo seguí de cerca, recogiendo la falda de seda esmeralda para no tropezar.
—¿Qué pasa? —preguntó Aldricht mientras subíamos los escalones a paso ligero.
-Es sobre Atlas,padre de la señorita Juliette.-Dijo Lucas firme.
. . .
—...¡me da igual el cargamento, Krenchtym! —gritaba la voz de Atlas Vüllet a través del teléfono encriptado—. ¡Te entregué a mi hija para sellar una alianza limpia, no para que la metas en medio de un nido de víboras! Si los periódicos o la alta sociedad empiezan a sospechar de algo raro, te juro que...
Aldricht se acercó a la mesa, apoyó las manos sobre la caoba y se inclinó hacia el altavoz. Su calma era milimétrica; al fin y al cabo, ante el mundo —y ante mi propio padre— Aldricht solo era un aristócrata multimillonario. Ninguno de los Vüllet sospechaba que el hombre con el que me habían casado era en realidad The Fog, el despiadado rey del crimen subterráneo. Un secreto que solo compartíamos él, Lucas y yo.
—Atlas —interrumpió Aldricht con voz firme, usando su mejor tono diplomático para camuflar al monstruo que llevaba dentro—. Juliette está perfectamente. Hubo un altercado menor con unos vándalos cerca de los muelles, pero la seguridad privada se encargó de todo antes de que la prensa lo notara. Tu hija no corre ningún peligro.
Del otro lado de la línea, la respiración de mi padre seguía siendo pesada.
—Más te vale, Krenchtym. Los colombianos de Geffer están presionando con el nuevo acuerdo de distribución. Si Geffer ve una sola grieta en nuestra seguridad, se retirará del trato y los ucranianos aprovecharán para aplastarnos a todos.
—Geffer recibirá su mercancía a tiempo —sentenció Aldricht, clavando sus ojos azules en los míos—. Juliette y yo nos estamos encargando personalmente de que el pacto se cumpla.
—Quiero hablar con mi hija —exigió Atlas.
Aldricht me hizo una señal con la cabeza y me acerqué al escritorio. La falda de seda esmeralda me pesaba al caminar, pero me obligué a sonar impecable.
—Estoy aquí, papá —dije con voz serena, borrando cualquier rastro de la pólvora que todavía me escocía en las manos—. Aldricht dice la verdad. Estoy bien. Y la alianza con Geffer sigue en pie.
Tras unos segundos de duda, mi padre suspiró.
—Está bien. No cometas ningún error, Juliette. Recuerda lo que está en juego.
La llamada se cortó. El despacho quedó en un silencio denso.
Me giré hacia Aldricht. Sabía que la presión de Geffer y los colombianos era lo único que mantenía a raya a "El Diablo", y que el hecho de que mi padre ignorara la verdadera naturaleza criminal de mi marido era nuestra única ventaja táctica.
—Si Geffer se entera de que los ucranianos casi nos revientan el cargamento esta noche, la alianza colombiana se cae en picado —murmuré, cruzándome de brazos.
Aldricht se enderezó, desabrochándose por completo la camisa para dejar ver los tatuajes que el resto del mundo jamás debía descubrir.
Aldricht dio dos pasos lentos hacia mí. Se terminó de desabrochar la camisa negra, dejándola caer sobre la silla, revelando el torso ancho y definido por completo, cubierto de tinta negra, serpientes y espinas que contaban la historia de cada batalla que había librado. No había rastro del aristócrata ahora; solo quedaba el criminal más temido de Londres.
—Exactamente por eso vamos a ir, Juliette —respondió, y su voz grave vibró en el despacho silencioso, con esa intensidad de depredador—. Geffer me respeta porque soy el más fuerte. Si huele debilidad, romperá el pacto. Mañana tenemos que demostrarle que, a pesar del ataque de los ucranianos, el puerto sigue siendo mío.
Se detuvo a centímetros de mí. Pude oler el sutil aroma a tabaco caro, salitre y su propio perfume amaderado. La luz de la lámpara de escritorio hacía brillar sus ojos de un azul eléctrico con una frialdad táctica.
—Geffer sabe que soy el mafioso, pero no sabe... —continuó, inclinándose lo justo para que su aliento me rozara la mejilla— ...lo rápido que estás aprendiendo tú a jugar a este juego. Mañana tú serás el factor sorpresa, señora Krenchtym.
Le sostuve la mirada sin pestañear, sintiendo el calor de su cuerpo tan cerca del mío y el peso de la Beretta todavía oculta bajo la seda esmeralda de mi vestido de gala.
—Si Geffer intenta una sola jugada sucia para probar tu fuerza —le advertí en un susurro afilado, sintiendo cómo la adrenalina volvía a encenderse—, no voy a esperar a que tus hombres actúen, Fog. Ya viste de lo que soy capaz en el muelle.
Una sonrisa lenta, oscura y peligrosamente atractiva se dibujó en sus labios al recordar el disparo que había salvado su mercancía.
—Geffer no sabrá qué le golpeó —respondió, dando un paso atrás—. Ahora ve a descansar. Mañana los colombianos van a intentar buscar una grieta en mi imperio, y quiero que tu pulso esté igual de firme que esta noche.