El crujido de la madera bajo mis zapatos era el único sonido que competía con el murmullo de los extractores del club. Mantener el agarre sobre la mano de Geffer fue un ejercicio de control puro. Podía sentir el pulso del colombiano: rápido, alerta, midiendo cada milímetro de mi postura para detectar un temblor que le confirmara que la mafia británica flaqueaba.
No encontró nada.
Solté su mano con la lentitud de quien descarta un papel usado y me erguí cuan largo era, dejando que los hombros me pesaran con la autoridad que The Fog había construido a base de sangre en los muelles de Londres.
—La cabeza de "El Diablo" llegará a su debido tiempo, Geffer —dije, ajustándome los gemelos con una calma estudiada—. Preocúpate de tener el pago limpio y listo para cuando los camiones crucen la frontera al mediodía. No me gusta hacer esperar a mis hombres.
Geffer asentó con la cabeza, una concesión silenciosa de respeto. Pero mis ojos ya no estaban fijos en él.
Desvié la mirada hacia Juliette. Estaba a mi lado, impecable en ese traje blanco que parecía un desafío viviente a la podredumbre del SoHo. Tenía la barbilla alzada y la mano derecha descansando apenas a un pulgar de la apertura de su chaqueta, exactamente en el ángulo perfecto para desenfundar la Beretta si uno de los matones de la entrada intentaba una estupidez.
Esta mujer no solo había sobrevivido a la prueba de la noche anterior; se movía en la guarida de un cártel como si fuera la dueña de la propiedad. La mezcla de elegancia aristocrática y la violencia helada de los Vüllet que corría por sus venas me provocaba una chispa de tensión que nada tenía que ver con los negocios.
—Nos vamos —ordené, rompiendo el aire denso del club.
Le ofrecí el brazo. Juliette me miró de reojo con esos ojos grises ardiendo de cálculo, y apoyó sus dedos sobre mi manga. Sentí la presión firme de su agarre, recordándome que ante los colombianos éramos un bloque impenetrable.
Cruzamos la puerta de roble hacia la luz grisácea de la mañana londinense. En cuanto la puerta del vehículo blindado se cerró tras nosotros, aislándonos del exterior, la tensión contenida en el habitáculo se volvió casi palpadera.
Me quité la chaqueta del traje gris y me aflojé el nudo de la corbata, dejando al descubierto el tatuaje de la serpiente que me trepaba por el cuello. Me giré hacia ella en el asiento de cuero.
—Estuviste a punto de dar un paso en falso ahí dentro, Juliette —solté con voz grave, mirándola fijamente.
Ella se giró de golpe, alzando una ceja pelirroja con pura indignación.
—¿Paso en falso? —replicó con ironía—. Te acabo de salvar la negociación mientras tú te dedicas a jugar al rey del crimen en silencio. Geffer estaba a punto de pedirte garantías que no podías darle sin revelar cuántos hombres perdiste en el muelle.
Una sonrisa oscura se me dibujó en el rostro. Me incliné hacia su lado del asiento hasta que el espacio entre los dos se redujo a nada.
—Le dijiste que eras mi garantía —murmuré, dejando que mi voz bajara una octava—. Ahora Geffer sabe que para llegar a mí tiene que pasar por ti... o que para destruirte a ti tendrá que enfrentarse a todo el peso de la mafia británica. Has cambiado las reglas del juego, señora Krenchtym.
Juliette no retrocedió ni un milímetro. Apoyó la palma de su mano sobre mi pecho, justo encima del latido pesado de mi corazón, sintiendo la tela fina de mi camisa.
—Entonces asegúrate de que tu imperio sea lo bastante fuerte para sostener la promesa, Fog —susurró con una audacia que me encendió la sangre—. Porque si tú caes, me llevo tu territorio antes de que los ucranianos pisen tu tumba.