Segunda Fila (titulo Provicional)

CAPÍTULO 2

Dante despertó con el sol clavado en los párpados y la sensación de haber dormido mil años.

Tardó un momento en entender dónde estaba. El techo, la grieta con forma de rio que llevaba dos años estudiando desde la cama, el olor a papel y a café. Su habitación. Sus mantas, que no recordaba haberse puesto. Sus zapatos, alineados con pulcritud casi ofensiva junto a la puerta, sin una sola mancha de lodo.

Sonrió contra la almohada antes de abrir los ojos del todo.

El lado e Elías estaba vacío. La cama tendida con una precisión militar, el escritorio ordenado, y sin su computadora. Sobre el escritorio de Dante, en cambio, había un termo y un papel doblado por la mitad. Lo desplegó con dedos torpes de sueño.

Té. Todavía caliente, si te das prisa. Come algo antes de entrenar o te desmayas –E.

Ni una palabra más. Elías jamás desperdiciaba una palabra, y por eso Dante había aprendido a leer lo que había alrededor de cada una. Aquella nota, por ejemplo, decía me preocupo por ti, no quiero decírtelo y no quiero que lo notes, todo a la vez, en tinta azul y letra apretada.

El teléfono vibro sobre la cama. Catorce mensajes. Rodrigo tres veces, con cada vez más signos de exclamación. El grupo del equipo que era un incendio de emojis. El entrenador: Despacho. 15:00. Trae la cabeza fría. Y su padre con único mensaje, seco como una sentencia: llámame.

Dante dejó el teléfono boca abajo, bebió el té de un trago y deseó, con una claridad que lo sorprendió, quedarse en esa habitación para siempre.

El despacho del entrenador olía a cuero y a una década de victorias enmarcadas. El entrenador estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, y a su lado, sentado con una calma que no encajaba con aquel lugar, estaba el hombre de traje gris.

–Dante, te presento al señor Hernández –dijo el entrenador–. Ya se habían visto de lejos.

–Tres a dos, minuto noventa –el señor Hernández se levantó y le tendió la mano. Tenía los ojos pálidos y atentos de quien lleva toda la vida mirando a la gente en movimiento–. No fue solo un gol, fue lo que hiciste antes. Cuando dejaste que su lateral se adelantara.

Dante mantuvo el rostro quieto, como le habían enseñado.

–Teníamos un plan.

–Lo vi –el señor Hernández sonrió apenas–. Quien lo diseñó, entiende el futbol mejor que muchos que han pisado un campo. Me gustaría conocerlo.

Hubo un silencio. Dante sintió que algo se le tensaba debajo de las costillas, un instinto de proteger lo que era suyo antes de saber por qué. No quería que esa gente manipuladora se acercara a Elías.

–Es un amigo. No juega.

–No he dicho que juegue –sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó sobre el escritorio–. Una prueba en la capital. Tres días con el primer equipo, a finales de mes. Si se da bien, hablaremos de un contrato. Si no, habrás pasado tres días con los mejores. Tu estratega secreto te puede ayudar. En ambos casos, no pierdes nada.

No pierdes nada, pensó Dante, y sin saber por qué le pareció la frase más falsa que habia oido en su vida.

Tomó el sobre.

Le pesó en la mano como una piedra.

Lo encontró donde sabía que lo encontraría. El laboratorio estaba casi vacío a esa hora, bañado por la luz oblicua de la tarde, y Elías ocupaba el mismo rincón de siempre, de espaldas a la puerta, con los hombros encorvados sobre el teclado como un hombre que carga un cielo invisible.

Dante se quedó un momento en el umbral, solo mirándolo. Había algo en la línea de su cuello, en la forma de inclinarse hacia la pantalla, que le apretaba el pecho de un modo que no entendía. Prometió por enésima vez que no pensaría en ello. Por enésima vez, falló.

cruzó la sala sin hacer ruido. Y justo cuando estaba a un paso, Elías cerro la computadora de golpe.

No fue un gesto brusco. Fue rápido, limpio, casi elegante. Pero Dante lo había visto, igual que se ve el movimiento de un defensa medio segundo antes de que ocurra: una ventana abierta, un logotipo que no conoció, un texto en un idioma que no era el suyo.

–Estás aquí –dijo Elías. La voz perfectamente neutra. Las manos demasiado quietas sobre la tapa–. ¿Has comido?

–Sí. Gracias por el té.

–No he hecho nada.

–Me quitaste los zapatos y los limpiaste.

–Estaban sucios –Elías por fin se giró completamente y su rostro era una puerta cerrada con llave–. ¿Cómo te ha ido con el entrenador?

Dante pudo haberle preguntado. ¿Qué era eso? ¿Por qué lo escondes? ¿Desde cuándo me escondes las cosas? Las palabras subieron hasta su garganta y se quedaron allí, porque entendió, con una lucidez incomoda, que él también llevaba un sobre en el bolsillo que todavía no sabía cómo mostrar.

Así que sonrió y eligió la mentira más amable que tenía.

–Bien. Muy bien. Esta noche hay fiesta con los chicos del equipo para celebrar la victoria. Vas a venir.

–No.

–No era una pregunta.



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En el texto hay: lgbt, amor, gaylove

Editado: 18.10.2026

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