Elías camino gran parte de la noche.
Salío de su habitación huyendo de lo que sentía.
No lo decidió, sus pies parecieron elegir el rumbo, evitando la habitación donde seguramente se encontraría a Dante en algún momento. Camino por el angosto camino de piedra que se abría pasado entre los jardines, las escaleras del auditorio, el sendero de grava junto a la cancha desierta. Rodeo la universidad tres veces, o eso creía pues había perdido la cuenta. Contó los faroles. Contó sus propios pasos. Hizo todo lo que hacía cuando un problema no tenía solución aparente, y nada funcionó, porque aquel problema no obedecía a ninguna lógica y tenía el pelo castaño y revuelto, y una tirita de dinosaurios en la ceja.
Una hora y media. Había cumplido su palabra. Se había marchado de la fiesta justo a tiempo, con la espalda recta y el corazón roto, y no se había permitido pensar en la mirada de Dante, ni en la frase que se quedó a medias. Elias, espera. Siempre esperaba, y luego fingía que no había esperado.
Cuando por fin subió a su habitación, el cielo ya se había iluminado y la puerta estaba entornada.
Dantees estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama y las piernas estiradas, todavía con la ropa de la fiesta. El pelo hecho un desastre. Las llaves del carro dando vueltas entre sus dedos, una y otra vez. En la habitación había una quietud espesa, de esas que preceden a una tormenta o un milagro.
Elías miró su escritorio. La computadora estaba cerrada, alineada al borde de la mesa. Él la había dejado abierta. Él, que cerraba la computadora hasta para ir al baño, la había dejado abierta aquella noche sin planearlo, como quien deja una puerta sin llave para ver quien entra.
Algo frío le recorrió la nuca. Lo apartó antes de que tuviera nombre.
–Has llegado tarde –dijo Dante, sin levantar la vista.
–He dado un paseo.
–¿Toda la noche?
–Tengo mucho en que pensar.
–Yo también. –Dante alzo los ojos por fin. Los tenía enrojecidos pero serenos, con la tranquilidad extraña de quien ha tomado una decisión y aun no sabe cuanto le va a costar–. Por eso hoy vamos a hacer algo que no tiene nungún sentido.
–Dante, tengo un proyecto que entregar...
–Sin computadoras. Sin balones. Sin sobres. –Se puso de pie, y de pronto la habitación se hizo más pequeña–. Un día, Elías. Solo uno. Te prometo que mañana el mundo seguirá en su sitio, esperándonos con todas sus obligaciones.
Elías abrió la boca para negarse. Vio las ojeras, la tira medio despegada, las llaves aferradas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Y cerró la boca.
––¿Adónde?
Dante sonrió. Era la sonrisa de siempre, pero con algo detrás, un fondo oscuro y hermoso, como un lago bajo la luna.
–Al mar.
Dante llamaba a su auto La Abuela, y se había ganado el nombre a pulso. Era de un azul desteñido por muchos años de sol, con un golpe en la puerta del copiloto y un motor que tosía antes de arrancar, como una anciana que se aclara la garganta antes de contar una historia. Dante lo trataba con una reverencia que no mostraba por nada más. Nunca dejaba que nadie lo condujera. Nunca lo lavaba con productos que no hubiera probado antes.
Elías se sentó en el asiento del copiloto con la prudencia de quien entra en un templo. Dentro olía a cuero viejo, a menta y algo más antiguo, un perfume tenue de flores secas que se había quedado impregnado en la tapicería y que ninguna limpieza había conseguido borrar.
–Cinturón –dijo Dante.
–Ya lo tengo.
–La Abuela es sensible.
–La Abuela es un peligro público.
–Cuidado con lo que dices, que te oye. –Giró la llave. El motor tosió, carraspeó y, por fin, despertó con un ronroneo satisfecho–. Creo que te ha perdonado.
Salieron de la universidad con el sol de la mañana. La carretera serpenteaba entre colinas cubiertas de niebla, y el mundo se desplegaba a ambos lados en todos plateados y dorados, como un grabado antiguo. Dante bajó las ventanillas hasta la mitad, a pesar de las protestas de Elías, y el aire frío entró a borbotones, trayendo consigo el aroma de la tierra húmeda, los árboles y la lluvia lejana.
Tenía un montón de cintas de casete amontonadas en la guantera, la mayoría con las etiquetas descoloridas y la letra de alguien con un pulso elegante. Dante no tocó ninguna de esas. Puso la radio, busco una emisora que hacía más ruido que música y se puso a cantar con una absoluta falta de vergüenza y afinación.
–Esto es un crimen –gritó Elías, sonriendo.
–Es arte.
–Es un crimen contra el arte.
–Cántala conmigo.
–No.
–Cántala, Elías.
–No me sé la letra.
–Nadie se sabe la letra. Es lo bueno. –Dante lo miro de reojo, con la mirada brillando de pura travesura–. Venga, solo el estribillo.
Elías aguantó dos kilómetros. Después, para su propio horror, descubrió que sus labios se movían sin permiso, y que Dante, al volante, había dejado de cantar para escucharlo, con una expresión tan tranquila y luminosa que casi dolía mirarla.
Al cabo de una hora o quizá un poco más, pararon en un restaurante de la carretera, un local de mesas de fórmica y cortinas de cuadros donde el café humeaba en las tasas y los panecillos llegaban cubiertos de mermelada. La camarera era una mujer de pelo plateado y manos enormes, con un delantal lleno de bolsillos y una mirada amable que lo veía todo.
Dante pidió para seis personas. Elías solo pidió un chocolate caliente.
–Tienes que comer.
Elías levantó su taza de chocolate caliente para que Dante la viera mejor.
–Comes o te meteré los panecillos con cariño por la garganta.
La camarera dejo más platos sobre la mesa y los miro alternativamente, con la cabeza ladeada, como si estuviera viendo un par de calcetines desparejados que resisten a separarse.
–Qué bonita pareja hacen –comentó, con toda naturalidad.