Ryan
Observo fijamente a Camille comer mi pasta y tengo que reprimir una sonrisa cuando sus ojos se abren de forma exagerada y me miran sorprendidos. El azul en ellos brilla tanto esta noche que tengo la tentación de no apartar la mirada de ellos. Aunque es normal, todo en Camille es hermoso, desde su pelo cobrizo suelto hasta el vestido de tiras finas que es algo suelto y le llega a los tobillos. Esta mujer siempre exuda elegancia y hermosura y yo soy incapaz de quitarle los ojos de encima.
—¿Te gusta? —cuestiono con interés, ella se queda en silencio, pero noto cómo toma el tenedor, tomando un bocado más de la pasta penne con camarones que hice.
—Está delicioso —me sorprende gratamente lo sincera que es porque esperé que lo negara—. Nunca pensé que tú pudieras tener talento para la cocina, quizás deberías soltar por completo lo de ser entrenador y dedicarte a esto —la sonrisa que me regala me hace apretar mis manos en mi rodilla, recordándome que no puedo saltar sobre ella como un lunático y besarla hasta que se quede sin aliento, así que solamente le sonrío despacio y suspiro.
—No vengo de una familia adinerada —le cuento y no sé por qué comienzo a hablar de esto—. Mi papá era mecánico y mi madre era modista —sonrío un poco—. Ellos se pasaban el día afuera de casa porque tenían que buscar la manera de poner un techo sobre nuestras cabezas, así que me tocó aprender a cocinar para que Raily no muriera de hambre, además, mis padres llegaban agotados y cuando les guardaba algo de comer, se alegraban —cuando vuelvo a mirarla, ella ha dejado de comer para prestarme su absoluta atención—. Come —le ordeno y la veo poner los ojos en blanco.
—Te dije que dejes de darme órdenes —me recuerda, pero hace lo que le pido—. Pensé que ustedes venían de una familia adinerada —es sincera, y yo sonrío.
—No, siempre fuimos muy humildes —me encojo de hombros y tomo el tenedor para yo también cenar.
A pesar de que Camille propuso ir al comedor, me gusta más el taburete de la cocina, estoy sentado a su lado y con el cuerpo en su dirección para no perderme para nada el espectáculo que es esta mujer.
—¿Cuándo descubriste que te gustaba el hockey? —inquiere con curiosidad, observo cómo un poco de la salsa se le queda en la comisura de los labios y estiro mi mano hacia ese lugar, ella se paraliza y yo limpio la salsa y luego suspiro viendo lo llenos que son sus bonitos labios.
—Fue cuando tenía diez años, para ese entonces me enamoré del deporte, al inicio jugaba y quizás podría haberme dado bueno, pero me lesioné y todo se arruinó, hasta que mi entrenador descubrió que tengo talento para dar órdenes y gritar —ella se ríe con esa parte—. Así que me comentó que podría especializarme en ser entrenador, soy bueno viendo el potencial de los demás y cómo hacer que su talento crezca —me encojo de hombros.
—A ver, ¿qué potencial tengo yo? —la miro fijamente y sonrío.
—Tienes el potencial de hacer que un hombre olvide cuál es su maldito nombre por querer besarte —soy tan sincero que noto cómo el rostro de Camille adquiere un tono rosa en sus mejillas que me hacen sentir de pronto un hombre de las cavernas, porque quiero lanzarme por ella y besarla hasta que olvide cuál es mi maldito sentido en este mundo.
Camille reacciona y toma un bocado de su comida y tengo que contener la sonrisa que se me quiere escapar. Por lo general no soy un hombre que se ríe tanto, no sé qué poder tiene esta mujer para hacer que esa mueca que todos quieren se me forme en los labios.
—Entonces tengo un potencial inútil —es lo que responde recuperando la compostura, suena tan altiva que me encanta de verdad.
—Supongo que difiero, pero respeto tu mala opinión —Camille toma de su vino y sonríe, aunque lo intenta disimular, lo veo. —Cuéntame de tu familia —le pido y ella se tensa, noto cómo se queda mirando la copa de vino como si no supiera qué decir o hacer.
—Uhm, mi madre me abandonó cuando era niña, crecí con una tía a la que no le agradaba mucho, pero como fingía ser la persona más buena del mundo, me cuidó. Debo agradecerle que al menos no me echó de su casa, hasta los quince viví con ella, luego conseguí un trabajo y me mudé al sótano de la casa de una amiga, ahorré y conseguí una beca en la universidad —sonríe un poco—. Luego entré a los diecisiete, pocos meses después conocí a Ga…
Ella se detiene en seco y hace una mueca.
—¿Cuánto tiempo tuvieron siendo pareja? —inquiero aunque de ese hombre no quiera saber nada.
—Dos años de noviazgo, seis de casados —noto que ya no parece tener el mismo apetito, aunque hay poca pasta en su plato porque comienza a juguetear con la comida—. Ocho años al lado de una persona que me cambió por la fama, las mujeres y el dinero. Ya no estaba al nivel de su nuevo estatus social —susurra antes de soltar el tenedor y beber de golpe toda su copa.
La verdad es que estoy muy sorprendido por la conversación que estamos teniendo, pensé que por la casa en la que vive ahora mismo, Camille venía de una familia adinerada.
—Es un idiota —es lo que le digo y ella se ríe.
—Estaba muy dolida, ¿sabes? Yo nunca pude ejercer mi carrera porque quería ser la esposa perfecta para él. Es lo que siempre me decía. Que yo no trabajara, que él se encargaría de todo. Me encerró en su mundo, me volví tan pequeña que todo lo que conseguí al terminar nuestro matrimonio fue poco dinero para sobrevivir algunos meses y este penthouse, nada más —se encoge de hombros—. Aunque al final todo era de él, yo solo fui la mujer que mantenía en casa —me estremezco porque de verdad quiero ir y matar a ese imbécil.
¿Cómo pudiendo tener a una mujer como ella se fijó en alguien más? Yo si tuviera de esposa a esta terca mujer no podría concebir la idea de engañarla. Llegaría a casa más temprano de lo normal solo para verla, la llamaría durante el día porque querría escuchar su voz, jamás la haría sentir sola o abandonada o darle la idea de que alguien más pudiera ocupar su lugar.
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Editado: 30.09.2026