Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 2

CAPÍTULO 2: REGLAS Y CAO

Alex Duarte tenía un problema.

No era un problema financiero, porque su despacho de arquitectura iba viento en popa. No era un problema de salud, porque corría cinco kilómetros cada mañana y comía verduras verdes como un condenado. No era un problema de amor, porque hacía años que había decidido que el amor era una pérdida de tiempo.

El problema era que, a las seis y media de la mañana, alguien estaba cantando.

No un canto angelical de pájaros madrugadores. No. Era un canto desafinado, con palmas mal sincronizadas y una letra que hablaba de un pulpo que quería ser bombero.

Alex abrió un ojo. Luego el otro. Miró el techo de su habitación, impecable y blanco, y se preguntó si estaba soñando.

—¡SOY UN PULPO BOMBERO, APAGO FUEGOS CON MIS OCHO BRAZOS!

No, no estaba soñando.

Se levantó de la cama, se puso una bata gris (porque Alex Duarte no usaba pijamas, usaba batas de seda como un villano de película), y se asomó por la ventana.

Al otro lado de la cerca, en el jardín de los Morales, había seis niños en pijama formando una fila. La madre, Valentina, estaba frente a ellos con una cuchara de madera a modo de batuta, dirigiendo aquel concierto del averno.

—¡Muy bien, Emma! ¡Ahora el coro final!

—¡PULPO, PULPO, PULPO BOMBERO!

Alex se frotó los ojos. Miró el reloj. Las 6:32 de la mañana.

Un domingo.

—¿Esto es una broma? —murmuró para sí mismo.

Y entonces, la pequeña de cuatro años lo vio. Le sonrió con sus dientes de leche y le gritó:

—¡Buenos días, señor príncipe!

Los otros cinco niños se giraron al unísono.

—¡Buenos días, señor príncipe! —corearon, y Alex sintió que perdía diez años de vida.

Valentina se giró, con la cara roja como un tomate, y le hizo un gesto que pretendía ser una disculpa pero que parecía más bien un espasmo.

—¡Buenos días! —gritó, con una sonrisa tensa—. ¡Perdón por el ruido! ¡Es nuestra canción de la mañana!

—¿Su canción de la mañana? —Alex abrió la ventana de par en par—. ¿Todos los días?

—¡Solo los días que terminan en "a"!

Alex parpadeó. Todos los días terminaban en "a".

—Señor príncipe —dijo Mateo, el de ocho años, con una sonrisa pícara—, ¿le gustaría unirse? Tenemos un papel para usted. Puede ser el tiburón que se come al pulpo.

—No. Gracias.

—¿Es que no le gustan los tiburones?

—Me gustan los tiburones. Lo que no me gusta es el ruido a las seis y media de la mañana.

—¡Son las seis y treinta y dos! —corrigió Sofía, la de diez, mirando su reloj—. Técnicamente, ya es de día.

Alex respiró hondo. Contó hasta diez. Luego hasta veinte.

—Valentina —dijo, con voz controlada—, ¿podemos hablar?

---

La cocina de Valentina olía a café y a pan tostado. Los niños estaban sentados a la mesa, desayunando y lanzándose miradas cómplices. Alex estaba de pie, con los brazos cruzados, en una esquina que parecía demasiado pequeña para él.

—Mire, señor Duarte...

—Alex.

—Alex. —Valentina le sirvió una taza de café sin preguntar—. Sé que el ruido fue excesivo. Pero los niños necesitan rutinas. Y la canción del pulpo es parte de nuestra rutina.

—¿Por qué un pulpo?

—Porque a Emma le gustan los pulpos. Y los bomberos. Así que unimos sus dos pasiones.

Alex miró a Emma, que estaba untando mermelada en la cara de Diego en lugar de en su pan.

—Entiendo. Pero hay vecinos que trabajan. Que necesitan descansar.

—Es domingo.

—Los arquitectos también trabajamos los domingos.

—¿Y no tiene un día libre?

Alex abrió la boca. Luego la cerró.

—Ese no es el punto.

—¿Cuál es el punto? —Valentina se sentó frente a él con su propia taza de café—. ¿Que mis hijos son ruidosos? ¿Que no encajamos en su vecindario perfecto con sus jardines perfectos y sus reglas perfectas?

—No he dicho eso.

—Lo ha pensado.

Alex la miró. Tenía los ojos color miel, con pequeñas chispas doradas, y en ese momento estaban llenos de fuego. Un fuego que no hacía nada por ocultar.

—Señora Morales...

—Valentina.

—Valentina. —Alex se inclinó hacia adelante—. No tengo un problema con sus hijos. Tengo un problema con el caos. Con el desorden. Con las cosas que no puedo controlar.

—Bienvenido al mundo de la paternidad. —Valentina sonrió, pero no con alegría, sino con amargura—. Aquí nada se controla. Todo se improvisa. Y si tienes suerte, sobrevives al día sin que nadie termine en el hospital.

—¿Frecuentemente terminan en el hospital?

—Mateo se rompió el brazo dos veces. Lucas se cayó de un árbol y se hizo cinco puntos en la frente. Sofía se tragó una canica. Diego... bueno, Diego es tranquilo. Y Emma... —Valentina miró a la pequeña, que ahora estaba pintando con mermelada un mural abstracto en la pared—. Emma es Emma.

Alex siguió su mirada. Vio la pared. Vio el desastre.

—¿Eso es mermelada?

—Fresa. Es su favorita.

—¿Y no va a hacer nada?

—¿Como qué? ¿Limpiarlo? ¿Para qué? Va a volver a hacerlo. Es un ciclo.

Alex se pasó una mano por el pelo. Necesitaba salir de ahí. Necesitaba volver a su casa, a su silencio, a su orden. Pero algo lo mantenía clavado en esa silla.

—¿Por qué me mira así? —preguntó Valentina.

—No lo miro de ninguna manera.

—Me mira como si fuera un problema que no sabe cómo resolver.

—Es que... —Alex se detuvo. No quería ser cruel. Pero tampoco quería mentir—. Es que no estoy acostumbrado a esto. A los niños. Al ruido. Al desorden.

—¿Tiene hijos?

—No.

—¿Esposa? ¿Novia? ¿Alguien que le haya desordenado la vida?

—No.

—Entonces, ¿cómo espera entender algo que nunca ha vivido?

Alex no respondió. Porque no tenía respuesta.

—Mire —dijo Valentina, suavizando el tono—. No quiero problemas con usted. De verdad. Solo quiero que mis hijos sean felices. Y si para eso tengo que cantar la canción del pulpo a las seis y media de la mañana, lo voy a hacer. Aunque eso signifique que usted me odie.



#605 en Novela romántica
#148 en Otros
#74 en Humor

En el texto hay: amor romance humor

Editado: 23.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.