CAPÍTULO 3: LA PRIMERA TRAMPA Lucas Morales tenía un plan. No era un plan cualquiera. No era de esos que se le ocurren a los niños cuando quieren vengarse de alguien que les cayó mal. No. El plan de Lucas era meticuloso, estratégico, casi científico. Lo había estado diseñando desde la noche anterior, cuando vio a su madre reírse con Alex Duarte en la cocina. Esa risa. Esa risa que no le había visto en años. Y eso era precisamente lo que le daba miedo. —¿Ya está listo? —preguntó Mateo, asomándose por la puerta de la habitación con una sonrisa demasiado grande para ser inocente. —Casi. —Lucas estaba sentado en el suelo, con una libreta abierta y un lápiz en la mano—. Necesito que revises los detalles. Mateo se sentó a su lado y miró el papel. Había un dibujo de la casa de Alex, con flechas que indicaban puntos de entrada, horarios de salida y posibles rutas de escape. —¿Esto lo dibujaste tú? —Sí. —¿Y por qué el señor príncipe tiene cuernos? —Porque es el enemigo. —Ah. —Mateo asintió, convencido—. ¿Y qué vamos a hacer? —Una trampa. —¿De qué tipo? —De las buenas. De las que no dejan moretones pero sí humillación. Mateo se rió. Una risa malvada, de niño de ocho años que no sabía medir consecuencias. —Me gusta cómo piensas, hermano. —No es un juego, Mateo. Es una misión. —Lucas cerró la libreta—. Si ese hombre le hace daño a mamá, tiene que saber que no está solo. Tiene que saber que nosotros estamos aquí. Y que somos seis. —Siete si contamos a Emma. —Emma es un bebé. —Emma muerde. —Cierto. —Lucas sonrió—. Emma muerde. --- Esa tarde, Valentina salió a hacer la compra con Emma, Diego y Valeria. Sofía se quedó en casa "estudiando" (léase: espiando por la ventana). Y Lucas, Mateo y el pequeño Diego, que se había quedado porque dijo que quería "observar", se pusieron manos a la obra. La trampa era simple pero efectiva: un cubo de agua sobre la puerta de entrada de Alex, equilibrado con un hilo casi invisible. Cuando Alex abriera la puerta, el cubo caería y lo empaparía de pies a cabeza. —¿Y si se enoja? —preguntó Diego, sentado en el suelo con su libreta de dibujo. —Que se enoje —dijo Lucas, subiéndose a una silla para alcanzar la parte superior de la puerta—. Así sabrá que no puede venir a nuestra casa a molestar a mamá. —Pero mamá dijo que no hiciéramos daño. —No le vamos a hacer daño. Solo lo vamos a mojar. Es agua. No es veneno. Diego frunció el ceño, pero no dijo nada más. Volvió a su dibujo: un pulpo con casco de bombero. Mateo vigilaba desde la ventana. —¡Lucas! ¡El señor príncipe está saliendo! —¿Está saliendo o entrando? —¡Saliendo! ¡Se va a correr! —Maldición. —Lucas ajustó el hilo—. Entonces tendremos que esperar a que vuelva. Esperaron. Y esperaron. Y esperaron tanto que Mateo se quedó dormido en el sofá, Diego terminó su dibujo y empezó otro, y Lucas empezó a dudar de si su plan era una buena idea después de todo. —Lucas —dijo Diego, sin levantar la vista del papel—. ¿Por qué odias al señor Duarte? —No lo odio. Solo no confío en él. —¿Por qué? —Porque todos los hombres que se acercan a mamá terminan haciéndole daño. Diego levantó la vista. —¿Como papá? Lucas sintió un nudo en la garganta. —Sí. Como papá. —Pero el señor Duarte no es papá. —No. Pero es un hombre. Y los hombres... —Mamá dice que no todos los hombres son malos. —Mamá dice muchas cosas. Diego lo miró con esos ojos oscuros y serios que tenía, ojos que parecían ver más allá de las palabras. —Yo creo que el señor Duarte no es malo. —¿Por qué? —Porque cuando te bajó del árbol, no te gritó. Te habló. Y los malos no hablan. Gritan. Lucas no respondió. Porque, por primera vez, su hermanito de cinco años acababa de decir algo que no tenía respuesta. --- Alex volvió de correr a las siete y media. Estaba cansado, sudado y con ganas de una ducha. Metió la llave en la cerradura, abrió la puerta... Y el cubo de agua cayó sobre su cabeza. El agua estaba helada. Congelada, casi. Alex soltó un grito que resonó en todo el vecindario, y el cubo rebotó en el suelo con un estruendo metálico. —¡¿QUÉ DEMONIOS?! Desde la casa de al lado, se escucharon risas. Risas infantiles. Risas de niños que se estaban divirtiendo demasiado. Alex se quedó ahí, empapado, con el pelo pegado a la cara y la camisa transparentándose. Miró hacia la casa de los Morales y vio tres caritas asomadas por la ventana: Lucas, con una sonrisa de satisfacción; Mateo, riéndose a carcajadas; y Diego, que no se reía pero levantó una mano y lo saludó tímidamente. Alex respiró hondo. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Luego hasta cincuenta. Y cuando llegó a cien, ya tenía un plan. --- Valentina llegó a casa con las bolsas de la compra y encontró a Alex Duarte sentado en su porche, empapado, con una toalla al hombro y una expresión que no supo interpretar. —¿Qué... qué te pasó? —Tus hijos —dijo él, con una calma que daba miedo—. Tus hijos me tiraron un cubo de agua. Valentina abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. —¿Lucas? —Lucas, Mateo y Diego. Los tres. —Dios mío. —Valentina dejó las bolsas en el suelo—. Lo siento muchísimo. Voy a hablar con ellos ahora mismo. —No. —Alex se levantó—. Ya hablé yo. —¿Qué? —Les dije que me parecía justo. Que yo también habría hecho lo mismo si alguien se acercara a mi madre. Valentina lo miró, incrédula. —¿No estás enojado? —Estoy empapado. Eso es diferente. —Alex esbozó una sonrisa leve—. Además, el agua estaba fría. Eso fue un toque profesional. Hay que reconocerlo. Valentina soltó una risa nerviosa. —No sé si reír o llorar. —Yo optaría por reír. Llorar moja más que el cubo. —Eso fue un chiste. —Valentina lo señaló—. Alex Duarte acaba de hacer un chiste. —No lo repetiré. —Más te vale. Me gusta este lado tuyo. Alex la miró. El sol estaba bajando, y la luz dorada le daba a Valentina un aspecto casi irreal. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado, una mancha de harina en la mejilla y los ojos brillantes. —¿Puedo pasar? —preguntó él—. Necesito cambiarme. Y creo que deberíamos hablar. —¿De qué? —De tus hijos. Y de... esto. —¿Esto? Alex no respondió. Pero la miró de una manera que Valentina entendió perfectamente. —Pasa —dijo ella, y su voz salió más suave de lo que pretendía—. Te presto una camiseta de mi ex. —¿De tu ex? —Es lo más grande que tengo. A menos que quieras quedarte con la camisa mojada. —Prefiero la camiseta. --- Dentro de la casa, los niños estaban en el salón, sentados en fila, con caras de culpables. Lucas tenía los brazos cruzados. Mateo miraba al techo. Diego dibujaba. Sofía fingía leer un libro. Valeria sonreía como si nada. Y Emma, ajena a todo, jugaba con un cubo de plástico. —Niños —dijo Valentina, con voz firme—. Tenemos visita. —¿El señor príncipe? —preguntó Emma, levantando la cabeza. —Sí, el señor príncipe. Y quiere hablar con ustedes. Alex apareció en el marco de la puerta, con una camiseta gris que le quedaba ligeramente ajustada y el pelo todavía húmedo. —Hola. —Hola —dijeron los niños al unísono. —Me tiraron un cubo de agua. —Fue idea de Lucas —dijo Mateo, sin dudar. —¡MATEO! —gritó Lucas. —¿Qué? Es verdad. —No importa de quién fue la idea —dijo Alex, sentándose en una silla frente a ellos—. Lo que importa es que me mojaron. Y aunque fue gracioso, no está bien. —Lo hicimos para proteger a mamá —dijo Lucas, con la barbilla levantada. Alex lo miró. Luego miró a Valentina, que estaba en la puerta con los brazos cruzados. —¿Protegerla de qué? —De ti. El silencio en la habitación se volvió espeso. —¿De mí? —Alex se inclinó hacia adelante—. ¿Por qué? —Porque eres un hombre. Y los hombres le hacen daño a mamá. Alex no respondió de inmediato. Miró a Lucas, a ese niño de doce años que hablaba como un adulto cansado. —Lucas, ¿puedo decirte algo? —Puedes. —No voy a hacerle daño a tu madre. —Eso dijeron todos. —No soy todos. —Eso también dijeron todos. Alex sonrió. No una sonrisa de burla. Una sonrisa triste. —Tienes razón. No puedes confiar en mí. No todavía. Pero puedo prometerte algo. —¿Qué? —Que si algún día le hago daño a tu madre, te daré permiso para tirarme todos los cubos de agua que quieras. Sin quejarme. Lucas lo miró largo y tendido. —¿Todos los que quiera? —Todos los que quieras. Incluso con hielo. —¿Y si le haces daño a alguno de nosotros? —Entonces el castigo será peor. —¿Como cuál? —Como... —Alex pensó un momento—. Como dejarte subir a mi árbol todas las veces que quieras. Lucas abrió los ojos. —¿Eso sería un castigo? —Para mí sí. Tendría que aguantarte todas las tardes. Lucas soltó una risa. Una risa pequeña, casi invisible, pero una risa al fin y al cabo. —Está bien —dijo—. Pero voy a vigilarlo. —Me parece justo. —Y voy a hacer una lista de reglas. —¿Qué tipo de reglas? —Reglas para salir con mamá. —Lucas —intervino Valentina—, yo no voy a salir con nadie. —Eso dices ahora. —Lucas. —¿Qué? Es la verdad. Alex se levantó, conteniendo la risa. —Me gusta tu hijo, Valentina. —Te lo presto un fin de semana. Verás cómo cambias de opinión. —Estoy seguro de que no. Lucas miró a Alex, luego a su madre, y algo en su pecho se movió. No era confianza. Todavía no. Pero era... curiosidad. Y eso, para Lucas, era el primer paso. --- Esa noche, después de que Alex se fuera y los niños se durmieran, Valentina se sentó en el porche con una taza de té. La luna estaba alta. El vecindario, en silencio. Y en la casa de al lado, una luz se encendió. Valentina no se giró. No necesitaba hacerlo. Sabía que Alex estaba ahí, en su ventana, probablemente mirándola. Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola. --- FIN DEL CAPÍTULO
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