CAPÍTULO 4: LA LISTA DE REGLAS
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Lucas Morales no dormía.
Eran las once y media de la noche, y en lugar de estar soñando con dragones o videojuegos, estaba sentado en su cama con una libreta nueva, un lápiz afilado y una misión que le quemaba por dentro.
La lista.
La había estado pensando desde que Alex Duarte se fue de la casa, con esa sonrisa tranquila y esa promesa ridícula de que no le haría daño a su madre. Lucas no creía en las promesas. Las promesas eran palabras, y las palabras se las llevaba el viento. Pero las reglas... las reglas eran diferentes. Las reglas eran escritas. Las reglas se podían romper, y cuando se rompían, había consecuencias.
Así que Lucas escribió.
Y escribió.
Y escribió hasta que le dolieron los dedos.
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A la mañana siguiente, Alex Duarte encontró un sobre clavado en su puerta con un cuchillo de plástico.
No era un cuchillo de verdad. Era de esos que venían en los sets de cocina para niños, de color azul brillante y punta redondeada. Pero el mensaje era claro: esto es serio.
Alex despegó el sobre con cuidado, lo abrió y sacó una hoja de papel cuadriculado, doblada en cuatro. La letra era pequeña, ordenada, con esa caligrafía de niño de doce años que todavía está aprendiendo a controlar el trazo.
LISTA DE REGLAS PARA SALIR CON MI MAMÁ
Por Lucas Morales (hijo mayor, protector y vigilante oficial)
Regla 1: No puedes venir a cenar más de dos veces por semana.
Regla 2: No puedes quedarte después de las 10 de la noche. Ni siquiera si mi mamá dice que sí.
Regla 3: No puedes hacerle cumplidos a mi mamá antes de las 8 de la mañana. No está despierta y no sabe lo que dice.
Regla 4: No puedes regalarle flores que huelan demasiado. Le dan alergia. (O eso dice ella, pero yo creo que solo no le gustan).
Regla 5: Si mi mamá llora, tienes que preguntarle por qué. No puedes ignorarla. No puedes decir "ya se te pasará". Tienes que quedarte.
Regla 6: No puedes hablar mal de mi papá delante de mis hermanos. Nosotros podemos hacerlo. Tú no.
Regla 7: No puedes venir a la casa si no te has bañado. Mateo dice que hueles bien, pero yo no confío en su olfato. Se comió un gusano.
Regla 8: Si Emma te abraza, tienes que abrazarla de vuelta. No vale quedarte quieto como una estatua. Ella se pone triste.
Regla 9: No puedes usar el baño de arriba. Es el nuestro. Usa el de abajo.
Regla 10: Si Diego te habla, tienes que escucharlo. No puedes decir "ahora no, estoy ocupado". Diego no habla mucho. Si habla, es importante.
Regla 11: No puedes venir a la casa si tienes gripe. Emma se enferma rápido.
Regla 12: No puedes decir "no es mi problema" cuando haya un problema. Si estás aquí, es tu problema.
Regla 13: No puedes hacerle promesas a mis hermanos que no puedas cumplir. Mateo todavía llora por la promesa del parque de diversiones.
Regla 14: Si mi mamá está cansada, tienes que decirle que descanse. Aunque ella diga que no. Aunque ella diga que puede sola. Tienes que insistir.
Regla 15: No puedes besar a mi mamá delante de nosotros. (Esto es negociable. Pero solo un poco).
Regla 16: Si le rompes el corazón, te rompo las piernas.
Regla 17: Si algún día quieres pedirle matrimonio, tienes que pedirme permiso a mí primero. Y a Diego. Diego es el que mejor mide a las personas.
Firmado: Lucas Alejandro Morales
P.D.: Esta lista es vinculante. No es una sugerencia. Es un contrato.
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Alex leyó la lista dos veces.
La primera vez, sintió una punzada de irritación. ¿Quién se creía ese niño de doce años para dictarle reglas? Él era un adulto, un arquitecto exitoso, un hombre que había diseñado edificios enteros. No necesitaba permiso de un preadolescente para nada.
La segunda vez, sintió algo diferente.
Sintió respeto.
Porque esas diecisiete reglas no eran caprichos. No eran berrinches de niño celoso. Eran la forma que tenía Lucas de decir: mi mamá ha sufrido. Mi familia ha sufrido. Y no voy a dejar que vuelva a pasar.
Alex dobló la lista con cuidado y la guardó en el bolsillo de su camisa.
Luego fue a la casa de al lado.
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Valentina abrió la puerta con el pelo mojado y una toalla en la cabeza. Olía a champú de fresa y a café recién hecho.
—¿Alex? ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Recibí esto. —Alex sacó la lista del bolsillo.
Valentina la miró. Luego miró a Alex. Luego volvió a mirar la lista.
—Dios mío. —Se llevó una mano a la boca—. ¿Lucas te dio esto?
—Lo clavó en mi puerta con un cuchillo de plástico.
—Lo siento muchísimo. Te juro que no le pedí que...
—No lo sientas. —Alex sonrió—. La acepto.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—La lista. La acepto. Todas las reglas.
—Alex, son diecisiete reglas. Algunas son ridículas.
—La 9 no es ridícula. Entiendo perfectamente lo del baño.
—¡La 15 es negociable! —gritó Lucas desde dentro de la casa—. ¡Pero la 16 no!
Valentina se giró.
—¡LUCAS ALEJANDRO MORALES! ¡¿ESTABAS ESCUCHANDO?!
—¡No! ¡Solo pasaba por aquí!
—¡Ven acá ahora mismo!
Lucas apareció en el marco de la puerta con una expresión de fingida inocencia. Tenía los brazos cruzados y la barbilla levantada, como un general que se enfrenta al enemigo en el campo de batalla.
—Buenos días, señor Duarte.
—Buenos días, Lucas.
—¿Leyó mi lista?
—La leí. Y la acepto.
Lucas parpadeó. Claramente no esperaba esa respuesta.
—¿Toda?
—Toda.
—¿Incluso la 16?
—Especialmente la 16. —Alex se agachó para quedar a la altura de Lucas—. Si le rompo el corazón a tu madre, te daré permiso para romperme las piernas. Y si no lo hago yo, estoy seguro de que ella lo hará.
Lucas no sonrió. Pero algo en su expresión se suavizó.
—¿Y la 17?
—La 17 también. Si algún día le pido matrimonio a tu madre, te pediré permiso a ti primero. Y a Diego. Lo prometo.