Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 5

CAPÍTULO 5: EL ESPÍA DE OCHO AÑOS

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Mateo Morales tenía un don.

No era un don mágico ni sobrenatural. No podía volverse invisible ni leer mentes ni volar. Pero tenía algo que sus hermanos no tenían: paciencia. Bueno, paciencia no era exactamente la palabra. Era más bien una capacidad innata para meterse en problemas sin ser visto, para escabullirse entre las sombras, para escuchar conversaciones que no le correspondían.

Lucas lo llamaba "el don del espía".

Valentina lo llamaba "el don del chismoso".

Mateo prefería el primero.

Esa mañana de sábado, Mateo se despertó con una misión. No era una misión que le hubieran encargado. Era una misión que él mismo se había impuesto, porque Mateo, a sus ocho años, había decidido que Alex Duarte necesitaba ser investigado.

No confiaba en él.

No del todo.

Sí, el hombre había desayunado en su casa. Sí, había aceptado la lista de reglas de Lucas. Sí, había prometido arreglar el techo. Pero Mateo había visto suficientes películas para saber que los villanos siempre parecen buenos al principio. Siempre sonríen. Siempre ayudan. Y luego, cuando menos te lo esperas, bam, te rompen el corazón.

Y Mateo no iba a permitir que le rompieran el corazón a su mamá.

Así que cuando Alex salió de su casa a las nueve de la mañana, con una chaqueta azul y una carpeta bajo el brazo, Mateo ya estaba listo.

—Voy a la tienda —le dijo a Valentina, que estaba en la cocina preparando el desayuno.

—¿A la tienda? ¿A esta hora? —Valentina miró el reloj—. Mateo, son las nueve.

—Es que... se me antojó un chocolate.

—Puedes comer chocolate después del desayuno.

—Pero es que... —Mateo buscó una excusa—. Es un chocolate especial. De los que solo venden en la tienda de la esquina. Y se acaban rápido.

Valentina lo miró con sospecha.

—¿Y desde cuándo te gusta el chocolate de la tienda de la esquina?

—Desde ayer.

—Mateo...

—¡Vuelvo en diez minutos! —Mateo ya estaba en la puerta—. ¡Te quiero!

—¡Mateo Alejandro Morales, ven acá ahora mismo!

Pero Mateo ya había cerrado la puerta.

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Alex caminaba por la acera con paso firme, mirando el teléfono de vez en cuando. Mateo lo seguía a unos diez metros de distancia, escondiéndose detrás de los arbustos, los buzones y, en un momento de desesperación, detrás de una señora que paseaba un perro enorme.

El perro lo miró con curiosidad. Mateo le puso un dedo en los labios.

—Shhh. Estoy en una misión.

El perro ladró.

—¡Cállate! ¡Me vas a delatar!

La señora se giró.

—¿Estás bien, niño?

—¡Sí! ¡Solo... estoy jugando a las escondidas! ¡Con mi hermano! ¡Es muy bueno escondiéndose!

La señora sonrió y siguió caminando. Mateo suspiró aliviado y volvió a seguir a Alex.

Alex entró a una cafetería del centro. Era un lugar elegante, con mesas de mármol y lámparas colgantes, el tipo de lugar donde Mateo no habría entrado ni aunque le pagaran. Se quedó afuera, mirando por la ventana, con la nariz pegada al cristal.

Y entonces lo vio.

Alex no estaba solo.

En la mesa, frente a él, había una mujer. Era guapa. Muy guapa. Tenía el pelo rubio, largo y ondulado, y una sonrisa que parecía sacada de un anuncio de pasta de dientes. Llevaba un vestido rojo ajustado y unos tacones que hacían juego con el bolso. Se inclinó hacia Alex y le dio un beso en la mejilla.

Mateo abrió la boca.

—No puede ser —susurró.

La mujer le dijo algo a Alex, y Alex se rió. Se rió. El hombre que apenas sonreía en casa de los Morales, el hombre que fruncía el ceño cuando Emma le pintaba la cara con mermelada, el hombre que había aceptado diecisiete reglas sin chistar... se estaba riendo con otra mujer.

Mateo sintió que la sangre le hervía.

—Traidor —siseó—. Mentiroso. Farsante.

La mujer le puso una mano en el brazo a Alex. Alex no la apartó.

Mateo ya había visto suficiente.

Se dio la vuelta y corrió de vuelta a casa.

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Llegó sin aliento, con las mejillas rojas y el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho.

—¡Lucas! ¡Lucas! —gritó, entrando a la casa como un huracán.

—¿Qué? —Lucas salió de su habitación con un libro en la mano—. ¿Qué pasa?

—¡Alex! ¡Alex tiene otra!

—¿Otra qué?

—¡Otra mujer! ¡Lo vi! ¡Estaba en una cafetería con una rubia! ¡Guapa! ¡Muy guapa! ¡Le dio un beso!

Lucas se quedó helado.

—¿Estás seguro?

—¡Lo vi con mis propios ojos! —Mateo estaba casi llorando—. ¡Le puso la mano en el brazo y él no la apartó! ¡Se rió con ella, Lucas! ¡Se rió!

Lucas apretó los puños.

—Ese... ese...

—¡Traidor! —completó Mateo.

—¡Eso! ¡Traidor!

—¿Qué hacemos?

Lucas pensó. Su cerebro de doce años, acostumbrado a resolver problemas que no le correspondían, empezó a maquinar.

—Primero, se lo decimos a mamá.

—¿A mamá? ¿Estás loco? ¡Se va a poner triste!

—No se va a poner triste. Se va a poner furiosa. Y cuando mamá se pone furiosa, toma decisiones. Y las decisiones de mamá furiosa son buenas.

—¿Como cuándo?

—Como cuando demandó al casero. O cuando le gritó al director de la escuela. O cuando...

—¡Lucas! ¡Mateo! —La voz de Valentina resonó desde la cocina—. ¡El desayuno está listo!

Los dos hermanos se miraron.

—¿Se lo decimos ahora? —preguntó Mateo.

—Después del desayuno. Con el estómago lleno, las noticias malas se digieren mejor.

—Eso no tiene sentido.

—Cállate y ven a desayunar.

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El desayuno transcurrió en un silencio tenso.

Mateo no paraba de mirar a su madre, y cada vez que ella sonreía, él sentía un nudo en el estómago. Lucas comía con la vista fija en el plato, sin decir palabra. Sofía, que siempre lo notaba todo, los miró con curiosidad.

—¿Qué les pasa? —preguntó—. Parecen dos zombis.

—Nada —dijeron los dos al unísono.



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En el texto hay: amor romance humor

Editado: 23.10.2026

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