CAPÍTULO 7: LA CENA DE DISCULPAS
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Valentina Morales tenía un problema.
Bueno, tenía varios. Siempre tenía varios. Era madre de seis hijos, vivía en una casa con goteras y acababa de descubrir que el hombre que le gustaba era el hijo del hombre que había arruinado a su familia. Eso, por sí solo, ya era un problema lo suficientemente grande como para llenar una agenda entera.
Pero el problema de hoy era más inmediato. Más urgente. Más... peligroso.
Sus hijos iban a cenar con Alex Duarte.
Y no cualquier cena. Una cena de disculpas.
Todo había sido idea de Lucas, lo cual era sorprendente porque Lucas era el que más se había opuesto a Alex desde el principio. Pero después de que Alex arreglara el techo, después de que confesara que la rubia era su hermana, después de que aceptara la regla 18 sin chistar... Lucas había decidido que era momento de hacer las paces.
—Si vamos a vivir al lado de este hombre —había dicho, con esa seriedad de adulto que a veces daba miedo—, al menos deberíamos disculparnos por lo del cubo de agua. Y por lo de los flamencos. Y por lo de la araña falsa en su buzón.
—¿Araña falsa? —había preguntado Valentina.
—Fue idea de Mateo.
—¡Oye! —había protestado Mateo.
—Bueno, sí fue idea tuya.
Valentina había respirado hondo y había aceptado. Porque, en el fondo, sabía que era lo correcto. Sus hijos habían hecho travesuras. Alex había sido más paciente de lo que cualquier hombre en su sano juicio habría sido. Y una cena de disculpas era lo mínimo que podían ofrecer.
Pero ahora, parada en la cocina con un delantal manchado de salsa y el pelo recogido en un moño desordenado, se preguntaba si había cometido un error.
—Mamá —dijo Sofía, entrando a la cocina con una expresión de drama—. Mateo está poniendo sal en el postre.
—¿Qué? —Valentina salió corriendo—. ¡MATEO ALEJANDRO MORALES!
Mateo estaba de pie junto a la mesa, con un salero en la mano y una sonrisa de culpabilidad.
—¡Es una broma! ¡Es una broma!
—¡La cena es para disculparnos, no para envenenar al invitado!
—Pero es que el flan se veía aburrido.
—¡Mateo!
—Está bien, está bien. —Mateo dejó el salero—. No le puse sal. Solo quería ver si reaccionabas.
—¡Mateo!
—¡Voy a lavarme las manos!
Mateo salió corriendo antes de que Valentina pudiera atraparlo.
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A las siete en punto, alguien tocó el timbre.
Valentina se miró en el espejo del recibidor. Se había puesto una blusa que no estaba manchada, se había soltado el pelo y se había puesto un poco de brillo labial. No era para Alex, se dijo. Era para ella. Para sentirse bien. Para recordarse que seguía siendo una mujer, no solo una madre.
Abrió la puerta.
Alex estaba en el porche, con una botella de vino en una mano y un ramo de flores en la otra. Llevaba una camisa azul oscuro, arremangada hasta los codos, y el pelo ligeramente peinado hacia atrás. Olía a madera y a algo cítrico.
Valentina sintió que se le secaba la boca.
—Hola —dijo él.
—Hola —dijo ella.
—Te traje flores. —Alex le tendió el ramo—. No huelen demasiado. Me acordé de la regla 4.
Valentina miró las flores. Eran margaritas blancas, sencillas, hermosas. Nada exagerado. Nada que le diera alergia.
—Gracias —dijo, y sintió que se sonrojaba—. Pasa.
Alex entró y se quedó de pie en el recibidor, mirando alrededor como si nunca hubiera estado ahí. Lo cual era ridículo, porque había estado ahí varias veces. Pero esta vez era diferente. Esta vez era una cena. Una cena formal. Una cena de disculpas.
—Los niños están en el salón —dijo Valentina—. Se están... preparando.
—¿Preparando?
—Lucas les dio instrucciones.
—¿Instrucciones?
—Sí. No preguntes.
Alex no preguntó.
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En el salón, los seis niños estaban sentados en fila en el sofá, con las manos en el regazo y expresiones que iban desde la solemnidad hasta el aburrimiento.
—Bien —dijo Lucas, de pie frente a ellos como un general—. Repitamos el plan.
—Lucas, ya lo repasamos tres veces —protestó Sofía.
—Cuatro. Y lo vamos a repasar una más. Mateo, ¿qué vas a decir?
—Lo siento por la araña falsa.
—¿Y?
—Y por la sal en el flan.
—¿Y?
—Y por los flamencos.
—Bien. Sofía, ¿tú?
—Lo siento por espiarte desde la ventana y por decirle a Mateo que tenías cara de malo.
—¿Y?
—Y por la nota que te dejé en el buzón diciendo que olías raro.
—Bien. Valeria, ¿tú?
—Lo siento por llorar cuando me miraste.
—Eso no fue tu culpa.
—Pero lloré.
—Está bien. Diego, ¿tú?
—Lo siento por no decir nada cuando todos hacían travesuras.
—Eso no es una disculpa.
—Es lo que siento.
—Está bien. Emma, ¿tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué vas a decirle al señor príncipe?
—Que lo quiero mucho.
—No, Emma. Tienes que disculparte.
—¿Por qué?
—Porque... —Lucas suspiró—. Porque le pintaste la cara con mermelada.
—Ah. Sí. Lo siento, señor príncipe.
—Bien. Y yo... —Lucas se señaló el pecho—. Yo voy a disculparme por el cubo de agua. Y por la lista de reglas. Y por ser... por ser desconfiado.
—Eso no es una disculpa —dijo Sofía.
—Es lo que siento.
—Eso lo dijo Diego.
—Bueno, es contagioso.
La puerta del salón se abrió y Valentina asomó la cabeza.
—Niños, ya llegó Alex. Vengan a saludar.
Los seis se levantaron al unísono.
Alex estaba en el pasillo, con las flores en la mano, esperando. Cuando vio a los niños aparecer en fila, uno detrás del otro, como una pequeña procesión, no pudo evitar sonreír.
—Hola —dijo.
—Hola —dijeron los seis.
Lucas dio un paso adelante.
—Señor Duarte.
—Lucas.
—Queremos disculparnos por... por todo.
—¿Todo?
—Por el cubo de agua. Por los flamencos. Por la araña falsa. Por la sal en el flan. Por espiarlo. Por la nota del buzón. Por... —Lucas miró a Emma—. Por la mermelada.