CAPÍTULO 8: SALSA EN LA CAMISA
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Emma Morales tenía un plan.
No era un plan malvado. No era un plan de esos que traman los villanos en las películas. Era un plan de amor. Un plan de esos que solo se le ocurren a una niña de cuatro años que quiere ver a su mamá sonreír.
Porque Emma había notado algo.
Desde que el señor príncipe había empezado a venir a la casa, su mamá sonreía más. Cantaba mientras cocinaba. Bailaba con la escoba. Le daba abrazos más largos y besos más fuertes. Y aunque Emma no entendía muchas cosas —no entendía por qué Lucas estaba siempre serio, no entendía por qué Mateo hacía tantas travesuras, no entendía por qué Valeria lloraba por todo—, sí entendía una cosa: su mamá era feliz cuando el señor príncipe estaba cerca.
Y Emma quería que su mamá siguiera siendo feliz.
Así que decidió hacer algo especial.
Algo que demostrara al señor príncipe que ellos lo querían. Que querían que se quedara. Que querían que fuera parte de la familia.
Y ese algo especial era... una cena sorpresa.
No cualquier cena. Una cena con la salsa favorita de su mamá. La salsa de tomate que Valentina preparaba con una receta secreta que había heredado de su abuela. La salsa que tardaba tres horas en hacerse y que llenaba la casa de un olor que hacía que todos los vecinos se asomaran por las ventanas.
Emma sabía dónde estaba la salsa. Estaba en el refrigerador, en un frasco de vidrio, en el estante de abajo. Su mamá la había preparado el día anterior para la cena del domingo.
Pero el domingo era pasado mañana.
Y Emma no quería esperar.
Quería que el señor príncipe probara la salsa ahora.
Así que, aprovechando que su mamá estaba en el baño y que Lucas estaba en su habitación y que Mateo estaba distraído viendo televisión, Emma se escabulló hacia la cocina.
Abrió el refrigerador. Sacó el frasco. Lo miró con orgullo.
—Voy a hacer una sorpresa —susurró.
Y entonces, se le ocurrió una idea aún mejor.
Si el señor príncipe iba a probar la salsa, tenía que probarla de la mejor manera posible. No en un plato. No en una cuchara. No.
Tenía que probarla en su camisa.
Porque Emma había visto a su mamá decirle a Mateo que no se limpiara las manos en la ropa. Y había visto a su mamá decirle a Valeria que no tocara las paredes con los dedos sucios. Y había visto a su mamá decirle a Diego que no pintara con la comida.
Pero el señor príncipe no era un niño.
El señor príncipe era un adulto.
Y los adultos podían hacer lo que quisieran.
Así que Emma abrió el frasco, metió los dedos y sacó un puñado de salsa.
Y luego, con la precisión de una artista y la inocencia de una niña de cuatro años, caminó hacia la puerta de la casa justo cuando Alex Duarte llegaba.
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Alex había tenido un día largo.
Había tenido una reunión con un cliente insoportable, había revisado planos durante cuatro horas y había pasado la mañana entera pensando en Valentina. En sus ojos. En su risa. En la forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa.
Así que cuando llegó a la casa de los Morales, con una bolsa de pan recién hecho y una excusa ridícula sobre "pasar a saludar", lo último que esperaba era encontrar a Emma en la puerta con las manos cubiertas de salsa de tomate.
—¡Señor príncipe! —gritó la niña, abriendo los brazos.
Alex sonrió. Se agachó para abrazarla.
Y entonces, Emma le puso las manos en la camisa.
En la camisa blanca.
En la camisa blanca de lino italiano que costaba más que el alquiler de la casa de Valentina.
Alex se quedó helado.
—Emma —dijo, con una calma que no sentía—. ¿Qué... qué tienes en las manos?
—Salsa —dijo Emma, orgullosa—. La salsa de mamá. Es la mejor del mundo. Quería que la probaras.
Alex miró su camisa. Había dos manchas rojas, perfectamente delineadas por deditos pequeños, justo en el centro del pecho. Parecían dos corazones. Dos corazones de salsa de tomate.
—Emma —repitió Alex—. Esta camisa...
—¿Te gusta? —preguntó la niña, con una sonrisa radiante—. Yo la pinté para ti.
—Emma, esta camisa no es para pintar.
—¿Por qué no?
—Porque... —Alex respiró hondo—. Porque es una camisa cara.
—¿Qué es cara?
—Que cuesta mucho dinero.
—¿Y qué es dinero?
Alex abrió la boca. La cerró.
—Emma, ¿dónde está tu mamá?
—En el baño. Pero no le digas que usé la salsa. Es una sorpresa.
—Emma, esto no es una sorpresa. Esto es...
—¡MAMÁ! —gritó Emma, ignorando a Alex por completo—. ¡EL SEÑOR PRÍNCIPE YA LLEGÓ!
Valentina salió del baño con el pelo mojado y una toalla en la cabeza. Bajó las escaleras sonriendo, con esa sonrisa que Alex adoraba.
Y entonces vio la camisa.
La sonrisa se le borró de la cara.
—¿Qué... qué pasó aquí?
—Emma me pintó la camisa —dijo Alex, con una voz que pretendía ser neutra pero que sonaba más bien como un gruñido.
—¡Es una sorpresa! —dijo Emma, saltando—. ¡Le puse salsa de mamá! ¡La mejor del mundo!
Valentina miró la camisa. Miró a Emma. Miró a Alex.
—Dios mío —susurró—. Emma, ¿por qué hiciste eso?
—Porque quería que el señor príncipe probara tu salsa. Y porque quería que supiera que lo queremos.
—Emma...
—¿Hice algo malo?
Valentina se agachó y tomó las manos de su hija. Las manos todavía estaban manchadas de salsa.
—No, mi amor. No hiciste nada malo. Solo... solo que la camisa del señor Duarte es muy especial.
—¿Como mi manta?
—No exactamente. Pero es importante. Y no se debe pintar.
—Ah. —Emma miró a Alex—. ¿Lo siento?
Alex miró la camisa. Miró a Emma. Miró a Valentina.
Y sintió que algo se le rompía por dentro. No la camisa. Eso ya estaba roto. Algo más. Algo que tenía que ver con su paciencia. Con su control. Con esa necesidad absurda de que todo estuviera siempre en orden.
—No pasa nada —dijo, y le sorprendió descubrir que lo decía en serio.