CAPÍTULO 9: EL SECRETO DE VALENTINA
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Valentina Morales tenía un cajón secreto.
No era un cajón con dinero ni joyas ni nada por el estilo. Era un cajón viejo, de madera astillada, que había pertenecido a su madre. Un cajón que había viajado con ella de casa en casa, de ciudad en ciudad, de vida en vida. Un cajón que nunca abría delante de nadie. Ni de sus hijos. Ni de sus amigas. Ni de nadie.
Ese cajón guardaba su pasado.
Y su pasado era algo que Valentina prefería mantener cerrado.
Pero esa noche, después de que Alex se fuera y de que los niños se durmieran, Valentina se sentó en su cama con el cajón sobre las rodillas. No sabía por qué lo había sacado. No sabía por qué, después de tantos años, sentía la necesidad de abrirlo. Quizás porque Alex le había contado la verdad sobre su padre. Quizás porque el pasado, ese que ella creía enterrado, estaba empezando a removerse. Quizás porque, en el fondo, sabía que no podía esconderlo para siempre.
Abrió el cajón.
Dentro había fotografías. Cartas. Recortes de periódico. Y un sobre cerrado, con el borde desgastado, que decía: "Para papá".
Valentina lo sacó con manos temblorosas.
Lo abrió.
Y leyó.
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Querido papá:
Sé lo que hiciste.
Sé que estafaste a la empresa. Sé que culpaste a mamá. Sé que la dejaste sola cuando más te necesitaba. Sé que te fuiste sin mirar atrás.
Mamá murió de tristeza. Los médicos dijeron que fue un infarto. Pero yo sé la verdad. Murió porque tú le rompiste el corazón.
Yo tenía dieciséis años cuando ella se fue. Dieciséis. Y tuve que criar a mis hermanos. Tuve que dejar la escuela. Tuve que trabajar en tres sitios para pagar el alquiler. Tuve que hacer todo lo que tú debiste hacer y no hiciste.
Y ahora, años después, sigo pagando las consecuencias.
Mis hijos no tienen padre. Mi casa tiene goteras. Mi vida es un caos. Todo por culpa tuya.
Pero algún día, te voy a encontrar.
Y cuando lo haga, vas a tener que mirarme a los ojos y decirme por qué.
Por qué nos dejaste.
Por qué la dejaste morir.
Por qué nunca volviste.
Firmado:
Tu hija, Valentina.
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Valentina dejó la carta sobre la cama.
Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no las limpió. No podía. No quería. Había escrito esa carta hacía quince años, cuando todavía era una adolescente llena de rabia y dolor. Nunca la había enviado. No sabía dónde estaba su padre. No sabía si seguía vivo. Pero la carta era real. El dolor era real. La rabia seguía ahí, latiendo bajo la piel, como una herida que nunca había terminado de cerrar.
Y ahora, Alex Duarte, el hijo del hombre que había arruinado a su familia, estaba en su vida.
El destino tenía un sentido del humor muy cruel.
Valentina guardó la carta en el cajón y cerró los ojos.
Recordó.
Recordó el día en que su madre murió. Recordó el hospital. Recordó el olor a desinfectante. Recordó la mano fría de su madre entre las suyas. Recordó las palabras que le dijo antes de irse.
"Cuida de tus hermanos, Valentina. Cuida de ellos. Y no dejes que el rencor te consuma. Porque el rencor es un veneno que te tomas tú, esperando que el otro muera."
Valentina no había seguido ese consejo.
Había dejado que el rencor la consumiera.
Durante años.
Había odiado a su padre con todas sus fuerzas. Había deseado encontrarlo y hacerle daño. Había imaginado mil formas de vengarse. Pero nunca lo había hecho. Porque no sabía dónde estaba. Porque no tenía dinero. Porque tenía que criar a sus hermanos. Porque la vida se le había ido en sobrevivir, no en vengarse.
Y ahora, cuando por fin empezaba a reconstruir su vida, cuando por fin empezaba a ser feliz, el pasado volvía.
En forma de Alex Duarte.
En forma de carta.
En forma de coche negro estacionado frente a su casa.
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Al día siguiente, Valentina estaba en la cocina preparando el desayuno cuando alguien tocó el timbre.
Los niños estaban en la mesa, comiendo panqueques y discutiendo sobre quién había ganado el juego de la noche anterior. Lucas leía un libro. Sofía dibujaba. Mateo le escondía el pan a Valeria. Diego miraba por la ventana. Emma jugaba con un cubo de plástico.
Valentina se limpió las manos en el delantal y fue a abrir.
En la puerta estaba Alex.
Con una bolsa de papel en la mano.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —dijo Valentina, sorprendida—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Te traje algo. —Alex le tendió la bolsa—. Para compensar lo de la camisa.
Valentina abrió la bolsa. Dentro había una camisa blanca. De lino. Italiana. Igual que la que Emma había arruinado.
—Alex, no debiste...
—Quería hacerlo. —Alex se encogió de hombros—. Además, la camisa que me prestaste era un poco ajustada.
—Te quedaba bien.
—¿Te quedaba bien?
—Quiero decir... —Valentina se sonrojó—. Te quedaba... aceptable.
Alex sonrió. Esa sonrisa lenta, cálida, que le iluminaba la cara.
—¿Puedo pasar?
—Estoy en medio del desayuno.
—No me quedaré mucho. Solo quería... —Alex dudó—. Quería verte.
Valentina lo miró. Y sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Pasa —dijo.
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Alex entró en la cocina y fue recibido por el caos habitual.
—¡Señor príncipe! —gritó Emma, levantando los brazos.
—Buenos días, Emma.
—¡Mamá! ¡El señor príncipe vino a desayunar!
—Ya veo —dijo Valentina, sirviendo un plato extra—. Siéntate.
Alex se sentó en la silla del extremo, la que Lucas le había asignado. Lucas lo miró con curiosidad, pero no dijo nada. Mateo le sonrió. Sofía lo estudió. Valeria le pidió que le cortara el panqueque. Diego lo miró con esos ojos oscuros y serios. Y Emma, como siempre, se sentó en su regazo.
—¿Te gustan los panqueques? —preguntó Emma.
—Sí.
—¿Con mermelada?
—Sí.
—¿Con la mermelada que te puse en la cara?