CAPÍTULO 10: EL SECRETO DE ALEX
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Alex Duarte no durmió esa noche.
Después de la llamada de Mariana, se quedó sentado en el sofá de su salón, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en la pared. Las palabras de su hermana resonaban en su cabeza como un eco interminable.
Papá está en la ciudad.
Lo vi ayer.
Estaba en un coche negro, estacionado frente a la casa de Valentina.
No está aquí para pedir perdón.
Alex conocía a su padre. Lo conocía demasiado bien. Ricardo Duarte no era un hombre que pidiera perdón. No era un hombre que reconociera sus errores. Era un hombre que tomaba lo que quería, cuando quería, sin importarle a quién destruía en el camino. Había arruinado a la familia de Valentina. Había arruinado a su propia familia. Había arruinado todo lo que tocaba.
Y ahora estaba en la ciudad.
Observando a Valentina.
Observando a los niños.
Alex sintió que la rabia le subía por la garganta como bilis. Apretó los puños. Respiró hondo. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Luego hasta cincuenta.
No sirvió de nada.
A las seis de la mañana, cuando el sol empezaba a asomarse por la ventana, Alex tomó una decisión. No iba a quedarse de brazos cruzados. No iba a esperar a que su padre actuara. Iba a enfrentarlo. Iba a proteger a Valentina y a los niños. Aunque eso significara enfrentarse al hombre que le había dado el apellido.
Se duchó. Se vistió. Salió de casa.
Y caminó hacia la casa de los Morales.
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Valentina estaba en la cocina cuando alguien tocó el timbre.
Eran las seis y media de la mañana. Los niños todavía dormían. La casa estaba en silencio. Un silencio raro, incómodo, como si el aire estuviera cargado de algo que no se podía ver.
Valentina se limpió las manos en el delantal y fue a abrir.
Alex estaba en el porche.
Con el pelo revuelto. Con los ojos rojos. Con una expresión que Valentina no le había visto nunca.
—¿Alex? ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Necesito hablar contigo.
—¿Estás bien? Te ves...
—No estoy bien. —Alex entró sin esperar invitación—. Necesito contarte algo. Algo que debí contarte hace días.
Valentina cerró la puerta y lo siguió hasta la cocina.
—¿Qué pasa?
—Mi padre está en la ciudad.
Valentina se quedó helada.
—¿Qué?
—Mi padre. Ricardo Duarte. El hombre que arruinó a tu familia. Está aquí. En la ciudad. —Alex se pasó una mano por el pelo—. Mi hermana lo vio ayer. Estaba en un coche negro, estacionado frente a tu casa. Observándote.
Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cómo... cómo lo sabes?
—Mariana me llamó anoche. Lo siguió. Quería asegurarse. —Alex la miró a los ojos—. No está aquí para pedir perdón, Valentina. No sé qué quiere. Pero no es nada bueno.
Valentina se sentó en una silla. De repente, las piernas no le sostenían.
—Dios mío —susurró—. Entonces era él. El coche negro. La sensación de que alguien me seguía. Era él.
—Sí.
—¿Y qué quiere? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tantos años?
—No lo sé. —Alex se agachó frente a ella—. Pero te prometo que no voy a dejar que te haga daño. Ni a ti. Ni a los niños.
—Alex, tu padre...
—Mi padre es un monstruo. Lo sé. Lo he sabido toda mi vida. —Alex apretó los puños—. Pero yo no soy él. Y no voy a permitir que destruya lo que estamos construyendo.
Valentina lo miró. Y en sus ojos vio algo que no había visto antes: determinación. Una determinación feroz, casi violenta, que le recordó a una leona protegiendo a sus cachorros.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
—Primero, vamos a averiguar qué quiere. —Alex se levantó—. Voy a llamar a Mariana. Ella sabe dónde está. Vamos a enfrentarlo. Tú y yo. Juntos.
—¿Y los niños?
—Los niños no pueden saberlo. Todavía no. —Alex la miró—. Pero tenemos que protegerlos. Si mi padre está observando la casa, tenemos que asegurarnos de que no se acerque a ellos.
—¿Y cómo?
—No lo sé. Pero lo averiguaremos. —Alex le tendió la mano—. Confía en mí.
Valentina miró su mano. Luego lo miró a él.
Y, contra todo pronóstico, contra todos sus instintos, contra todos los años de desconfianza y dolor... le tendió la suya.
—Confío en ti —dijo.
Alex le apretó la mano.
—No te defraudaré.
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Esa tarde, Alex se reunió con Mariana en una cafetería del centro. La misma cafetería donde Mateo los había espiado días atrás. La ironía no se le escapó.
Mariana era una mujer elegante, con el pelo rubio recogido en un moño y unos ojos grises idénticos a los de Alex. Se sentó frente a él con una taza de café y una expresión seria.
—Papá está en el hotel Imperial. Habitación 302.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo seguí. —Mariana sopló su café—. No confío en él. Nunca lo he hecho.
—¿Qué quiere?
—No lo sé. Pero no es nada bueno. —Mariana lo miró—. Alex, papá no ha venido a pedir perdón. No ha venido a reconciliarse. Ha venido a algo. Y tiene que ver con Valentina.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo escuché hablar por teléfono. Dijo algo sobre "cerrar el círculo". Y sobre "la deuda pendiente".
Alex sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué deuda?
—No lo sé. Pero papá nunca olvida una deuda. Y Valentina... Valentina es la hija del hombre que lo demandó. El hombre que lo llevó a la ruina. El hombre que lo hizo perder todo.
—Pero ese hombre era el padre de Valentina. Y murió.
—Sí. Pero papá no lo sabe. O no le importa. —Mariana se inclinó hacia adelante—. Alex, tienes que protegerla. A ella y a los niños. Papá no se detendrá ante nada.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer?
—Voy a enfrentarlo.
—¿Estás loco?
—Puede ser. —Alex se levantó—. Pero no voy a dejar que destruya la vida de Valentina. Ni la de los niños. Ni la mía.
—Alex...
—Gracias por avisarme, Mariana. —Alex le apretó el hombro—. Te debo una.