Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 11

CAPÍTULO 11: LA MIRADA PROHIBIDA

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Lucas Morales no le dijo a nadie lo de la nota.

La encontró esa mañana, cuando abrió su mochila para sacar el libro de matemáticas. Estaba doblada en cuatro, metida entre las páginas del cuaderno. La letra era extraña, temblorosa, como si alguien hubiera escrito con prisa. O con rabia.

"Niño listo. Si quieres proteger a tu madre, ven solo al parque mañana a las 5. Tengo información que te interesa. Y no se lo digas a nadie. Ni a Alex. Ni a tu madre. O lo lamentarás."

Lucas leyó la nota tres veces.

Luego la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

No le dijo nada a Valentina. No le dijo nada a Alex. No le dijo nada a sus hermanos.

Pero esa noche, mientras todos dormían, Lucas se quedó despierto, mirando el techo, pensando.

¿Quién le había escrito esa nota?

¿Cómo había llegado a su mochila?

¿Y qué información tenía esa persona?

Lucas no era tonto. Sabía que era una trampa. Sabía que si iba al parque solo, algo malo podría pasar. Pero también sabía que, si no iba, nunca descubriría la verdad. Y la verdad, para Lucas, era más importante que su propio miedo.

Así que tomó una decisión.

Iba a ir al parque.

Iba a enfrentar a quien fuera que le hubiera escrito esa nota.

Y no le iba a decir a nadie.

Porque Lucas Morales, a sus doce años, había decidido que era él quien protegía a su familia.

Y nadie iba a quitarle ese papel.

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Esa misma noche, en la casa de al lado, Alex Duarte no podía dormir.

Después de la confesión de Valentina —después de saber que estaba embarazada, después de saber que su padre los estaba usando como peones en un juego macabro—, Alex se había quedado en el porche de los Morales hasta las tres de la mañana. Abrazado a Valentina. Sin decir palabra. Solo respirando. Solo estando.

Pero ahora, en la soledad de su estudio, la rabia volvía.

Su padre. Ricardo Duarte. El hombre que había arruinado a la familia de Valentina. El hombre que había arruinado a su propia familia. El hombre que ahora quería usar a unos niños como moneda de cambio.

Alex apretó los puños.

No iba a permitirlo.

Pero no sabía cómo detenerlo.

Había intentado razonar con él. Había intentado negociar. Había intentado todo. Pero Ricardo Duarte no era un hombre que razonara. Era un hombre que tomaba. Que destruía. Que no paraba hasta conseguir lo que quería.

Y lo que quería, ahora, era venganza.

Venganza contra Valentina. Contra su padre muerto. Contra todo lo que representaba.

Alex se pasó una mano por el pelo.

Tenía que encontrar una forma de protegerlos.

Tenía que encontrar una forma de detener a su padre.

Tenía que encontrar una forma de...

Su teléfono sonó.

Era Mariana.

—¿Alex? ¿Estás despierto?

—Sí. ¿Qué pasa?

—He estado investigando. —La voz de Mariana sonaba tensa—. Papá no está solo. Tiene ayuda. Alguien dentro de la ciudad. Alguien que conoce a Valentina. Alguien que le está dando información.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero hay algo más. —Mariana hizo una pausa—. Papá ha contratado a un abogado. Está preparando una demanda.

—¿Una demanda? ¿Contra quién?

—Contra Valentina. Dice que su padre le robó una empresa. Dice que tiene pruebas. Dice que va a dejarla en la ruina.

Alex sintió que se le helaba la sangre.

—Eso es mentira. El padre de Valentina nunca robó nada.

—Lo sé. Pero papá tiene documentos falsificados. Testigos falsos. Todo lo que necesita para ganar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo he visto. —Mariana bajó la voz—. Alex, papá tiene un archivo. En su habitación del hotel. Con todos los documentos. Si pudiéramos conseguirlo...

—Podríamos detenerlo.

—Exacto.

Alex respiró hondo.

—Voy a conseguirlo.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero lo voy a conseguir. —Alex se levantó—. Gracias, Mariana.

—Ten cuidado, Alex. Papá no es tonto. Sabe que vas a intentar algo.

—Lo sé.

—Y no va a quedarse de brazos cruzados.

—También lo sé.

—Alex...

—Tengo que hacerlo, Mariana. Por Valentina. Por los niños. Por el bebé.

—¿El bebé?

—Valentina está embarazada.

El silencio al otro lado de la línea fue largo.

—Dios mío —susurró Mariana—. Alex, esto es más grave de lo que pensaba.

—Lo sé.

—Papá lo va a usar.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—Protegerlos. —Alex cerró los ojos—. Cueste lo que cueste.

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Al día siguiente, Valentina notó que Alex estaba raro.

Había llegado a la casa a las nueve de la mañana, con una bolsa de pan recién hecho y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Había desayunado con los niños. Había ayudado a Mateo con un rompecabezas. Había dibujado con Diego. Había leído un cuento a Emma. Pero en todo momento, Valentina lo veía distraído. Como si estuviera pensando en otra cosa. Como si estuviera planeando algo.

—¿Alex? —preguntó, cuando los niños se fueron al patio—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Mientes.

—Valentina...

—No me mientas, Alex. Regla 18. —Valentina lo miró con seriedad—. ¿Qué estás planeando?

Alex suspiró. Se sentó en el sofá. Le tendió la mano.

—Ven.

Valentina se sentó a su lado.

—Mi hermana me llamó anoche. —Alex le apretó la mano—. Mi padre está preparando una demanda. Contra ti. Dice que tu padre le robó una empresa. Tiene documentos falsificados. Testigos falsos. Todo lo que necesita para ganar.

Valentina sintió que el aire le faltaba.

—¿Una demanda? ¿Contra mí?

—Sí.

—Pero... pero eso es mentira. Mi padre nunca robó nada. Tu padre fue el que...

—Lo sé. —Alex la miró a los ojos—. Por eso voy a detenerlo.

—¿Cómo?

—Mi hermana sabe dónde está el archivo. Los documentos falsificados. Si los conseguimos, podemos llevarlos a la policía. Podemos demostrar que son falsos. Podemos detenerlo.



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En el texto hay: amor romance humor

Editado: 23.10.2026

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