Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 13

CAPÍTULO 13: LA NIÑERA IMPROVISADA

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Valentina Morales se despertó con el sol en la cara y una sensación extraña en el pecho.

No era miedo. No era ansiedad. Era algo más suave. Más cálido. Algo que tardó unos segundos en identificar.

Era felicidad.

La playa. El sol. Las risas de los niños. El beso de Alex. El "te quiero" susurrado al atardecer. Todo eso había pasado el día anterior. Y todavía, al recordarlo, sentía un cosquilleo en el estómago.

Se giró en la cama y miró el reloj. Las ocho y media. Los niños todavía dormían. Milagro.

Se levantó, se puso una bata y caminó descalza hacia la cocina. Necesitaba café. Mucho café. Y necesitaba pensar. Porque hoy era el día en que Alex iba a enfrentar a su padre. Hoy era el día en que todo podía cambiar.

Mientras preparaba la cafetera, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Alex.

"Buenos días. ¿Cómo amaneciste?"

Valentina sonrió. Escribió:

"Bien. ¿Tú?"

La respuesta tardó un minuto.

"Mejor ahora. ¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo antes de ir al hotel."

"Claro. Te espero."

Veinte minutos después, alguien tocó el timbre.

Valentina abrió. Alex estaba en el porche, con una camisa azul clara y el pelo todavía húmedo de la ducha. Olía a madera y a algo cítrico. Y la miró de una forma que le hizo olvidar todo lo que iba a decir.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días —dijo ella.

—¿Puedo pasar?

—Ya estás aquí.

Alex entró. Cerró la puerta. Y antes de que Valentina pudiera decir nada más, la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí.

—Te extrañé —murmuró, con los labios rozándole la frente.

—Nos vimos ayer.

—Demasiado tiempo.

Valentina se rió. Una risa suave, que le vibró en el pecho. Y luego, sin pensarlo, alzó la cara y lo besó.

Fue un beso diferente a los anteriores. No era tierno. No era suave. Era un beso con hambre. Con necesidad. Con todo lo que no se habían dicho en semanas de miradas, de roces, de silencios cargados. Alex respondió de inmediato, con una mano en su cintura y la otra enredada en su pelo. La besó como si el mundo fuera a acabarse. Y Valentina se aferró a su camisa, tirando de él hacia sí, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela.

—Alex —susurró, cuando por fin se separaron—. Los niños...

—Están dormidos.

—Por ahora.

—Entonces aprovechemos.

La besó otra vez. La besó contra la pared de la cocina, con las manos recorriéndole la espalda, la cintura, las caderas. Valentina sintió que se derretía. Hacía años que no se sentía así. Hacía años que no deseaba a alguien con esa intensidad. Y Alex, con su boca cálida y sus manos firmes, estaba despertando algo que creía muerto.

—Alex... —jadeó, apartándolo un poco—. En serio. Los niños.

—Lo sé. —Alex apoyó la frente en la suya, respirando agitado—. Lo siento. Es que... no puedo controlarme cuando estás cerca.

—Eso es un problema.

—Lo sé.

—Un problema muy grande.

—Lo sé.

—Y muy... —Valentina se mordió el labio—. Muy agradable.

Alex soltó una risa ronca.

—Eres peligrosa.

—Y tú también.

Se quedaron ahí, abrazados, recuperando el aliento.

—Tengo que irme —dijo Alex, finalmente—. Tengo que enfrentar a mi padre.

—Lo sé.

—¿Vas a estar bien?

—Voy a estar bien. —Valentina le acarició la mejilla—. Pero tienes que prometerme algo.

—Lo que sea.

—Que vas a tener cuidado. Que no vas a hacer ninguna estupidez. Que vas a volver.

—Te lo prometo.

—Y que, cuando vuelvas... —Valentina se puso de puntillas y le susurró al oído—. Cuando vuelvas, vamos a terminar lo que empezamos.

Alex sintió que se le secaba la boca.

—Eso es... una promesa peligrosa.

—Lo sé.

—Me gustan las promesas peligrosas.

Valentina sonrió.

—Ve. Y vuelve.

—Vuelvo.

La besó una última vez. Rápido. Intenso. Y luego salió por la puerta, dejando a Valentina apoyada contra la pared de la cocina, con el corazón latiéndole fuerte y una sonrisa que no podía borrar.

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Pero Alex no llegó a enfrentar a su padre.

Porque a las once de la mañana, Valentina recibió una llamada.

Era del colegio de Emma.

—Señora Morales, su hija tiene fiebre. Necesitamos que venga a recogerla.

Valentina colgó el teléfono y suspiró. No podía dejar a los otros cinco solos. Y no podía llevarlos a todos al colegio. Necesitaba ayuda.

Marcó el número de Alex.

—¿Valentina? ¿Qué pasa?

—Emma tiene fiebre. Tengo que ir a buscarla al colegio. Pero no puedo dejar a los otros solos.

—Voy para allá.

—¿Y tu padre?

—Mi padre puede esperar. Esto es más importante.

—Alex...

—En serio. Voy para allá. Llego en diez minutos.

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Alex llegó en ocho.

Valentina lo recibió en la puerta, con Emma en brazos. La niña estaba pálida, con los ojos brillantes y la nariz roja. Al ver a Alex, sonrió débilmente.

—Señor príncipe.

—Hola, Emma. —Alex le tocó la frente—. Estás ardiendo.

—Tengo fiebre.

—Lo sé. Pero te vas a poner bien.

—¿Me vas a cuidar?

—Te va a cuidar mamá.

—Pero tú también.

—Yo también.

Valentina le entregó a Emma.

—Tengo que ir al colegio. Vuelvo en media hora.

—Tranquila. Yo me quedo con los demás.

—¿Estás seguro?

—He sobrevivido a cubos de agua, flamencos rosados y cenas con seis niños. Creo que puedo con esto.

Valentina sonrió. Lo besó en la mejilla. Y salió corriendo.

Alex se quedó solo con cinco niños.

Lucas estaba en el salón, leyendo. Sofía estaba en su habitación, dibujando. Mateo estaba en el patio, jugando con un balón. Valeria estaba en el sofá, viendo la televisión. Y Diego estaba en la mesa de la cocina, con su libreta.

Todo bajo control.

O eso creía.

—¿Alex? —dijo Mateo, apareciendo en la puerta—. ¿Puedo jugar contigo?



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En el texto hay: amor romance humor

Editado: 23.10.2026

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