CAPÍTULO 16: LA CONFESIÓN DE SOFÍA
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Valentina no fue sola.
A pesar de la advertencia de Mariana —"ven sola"—, no pudo hacerlo. No después de todo lo que había pasado. No después de la foto. No después de la nota. No después de saber que Ricardo Duarte había conocido a su madre.
Así que cuando salió de la casa al día siguiente, con la foto en el bolso y el corazón en un puño, Alex iba con ella.
—No tienes que hacer esto —dijo él, conduciendo hacia el centro.
—Sí tengo.
—Puedo esperar en el coche.
—No. —Valentina lo miró—. Mariana dijo que viniera sola. Pero no confío en nadie. Ni siquiera en ella.
—Es mi hermana.
—Lo sé. Pero también es hija de Ricardo Duarte. Y no sé cuánto de él hay en ella.
Alex no respondió. Porque, en el fondo, él también se lo había preguntado.
Llegaron a la cafetería. La misma donde Mateo había espiado a Alex semanas atrás. La ironía no se le escapó a Valentina. Se sentaron en una mesa del fondo, junto a la ventana. Y esperaron.
Mariana llegó diez minutos después.
Iba vestida con un traje de chaqueta gris y el pelo recogido en un moño apretado. Su cara era un reflejo de la de Alex: los mismos ojos grises, la misma nariz recta, la misma mandíbula cuadrada. Pero había algo diferente en ella. Algo más duro. Más frío.
—Viniste con compañía —dijo, mirando a Alex.
—No iba a venir sola.
—Lo imaginé. —Mariana se sentó frente a ellos—. Está bien. Supongo que él también debería saberlo.
—¿Saber qué? —preguntó Alex.
Mariana sacó un sobre de su bolso. Era idéntico al que Ricardo Duarte había dejado en casa de Valentina. Mismo papel. Misma letra.
—Abrí el archivo de papá. El que tiene en el hotel. —Mariana deslizó el sobre por la mesa—. Encontré esto. No es lo que esperaba.
Valentina abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro había más fotos.
Su madre. Joven. Sonriendo. En diferentes lugares. En un parque. En una playa. En una fiesta. Siempre con el mismo hombre. Siempre con Ricardo Duarte.
Y en el fondo del sobre, un documento.
Un contrato de matrimonio.
—¿Qué es esto? —susurró Valentina.
—Es un contrato de matrimonio entre tu madre y mi padre. —Mariana la miró—. Se casaron. En secreto. Antes de que ella conociera al hombre que tú crees que es tu padre.
Valentina sintió que el mundo se detenía.
—No... no puede ser.
—Lo es. —Mariana señaló el documento—. Ahí está la firma de tu madre. Y la de mi padre. Y la fecha. Treinta y cinco años atrás.
—Pero... pero mi madre siempre dijo que se había casado con mi padre. Con Ricardo... con el otro Ricardo.
—Mintió. O te ocultó la verdad. —Mariana se inclinó hacia adelante—. Valentina, mi padre no solo arruinó a tu familia. Mi padre fue tu familia. Durante un tiempo.
Valentina no podía respirar.
—¿Y mi padre? El que me crió...
—No lo sé. Quizás fue un acuerdo. Quizás ella huyó de mi padre y se casó con otro para protegerse. —Mariana se encogió de hombros—. Pero lo que sí sé es que mi padre nunca la olvidó. Nunca la superó. Y cuando la encontró... cuando descubrió que se había casado con otro, que había tenido hijos con otro... algo se rompió dentro de él.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Alex, con la voz tensa.
—Quiero decir que mi padre no arruinó a la familia de Valentina por negocios. Lo hizo por venganza. Porque ella lo dejó. Porque lo traicionó. —Mariana miró a Valentina—. Y ahora quiere vengarse de ti. Porque eres el recordatorio vivo de lo que él perdió.
Valentina sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¿Y la nota? La que decía que mi madre murió por su culpa...
—No lo sé. Pero puedo imaginarlo. —Mariana bajó la voz—. Mi padre es un hombre vengativo. Si tu madre lo dejó, si se casó con otro, si tuvo hijos con otro... él no lo soportó. Y cuando ella murió...
—¿Él la mató? —preguntó Valentina, con un hilo de voz.
—No lo sé. Pero no me sorprendería.
El silencio en la mesa fue absoluto.
—Necesito aire —dijo Valentina, levantándose.
—Valentina...
—Necesito aire.
Salió de la cafetería. Alex la siguió.
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Valentina caminó hasta la plaza, a dos calles de distancia. Se sentó en un banco, con la cabeza entre las manos y el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que iba a estallar.
Alex se sentó a su lado.
—Respira —dijo—. Solo respira.
—No puedo.
—Sí puedes. Despacio. Conmigo.
Valentina respiró. Una vez. Dos. Tres.
—Mi madre me mintió —dijo, con voz ronca—. Toda mi vida. Me dijo que mi padre era un hombre bueno. Que nos quería. Que se fue porque no podía con la responsabilidad. Pero nunca me dijo que había estado casada con otro. Nunca me dijo que Ricardo Duarte era su... su...
—Su primer marido.
—Sí.
—Valentina, tu madre te protegió. Como pudo. Como supo. —Alex le tomó la mano—. No la juzgues.
—No la juzgo. La... la entiendo. Pero me duele. Me duele que no me lo contara. Me duele que me dejara creer que todo era blanco o negro. Me duele...
—Lo sé.
—Y ahora Ricardo Duarte quiere vengarse de mí. Por algo que hizo mi madre. Por algo que yo no puedo controlar. —Valentina lo miró—. Alex, ¿qué voy a hacer?
—Vamos a enfrentarlo.
—¿Cómo?
—Con la verdad. Con estas fotos. Con este documento. —Alex apretó su mano—. Vamos a demostrar que mi padre es un mentiroso, un estafador y un vengativo. Y vamos a hacerlo público. Si la gente sabe lo que hizo, no podrá chantajearnos.
—¿Y si no funciona?
—Funcionará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no vamos a estar solos. —Alex la miró—. Mariana está de nuestro lado. Lucas está de nuestro lado. Los niños están de nuestro lado. Y tú... tú eres la mujer más fuerte que conozco. Si alguien puede con esto, eres tú.
Valentina lo miró. Y en sus ojos vio algo que le dio fuerzas. Algo que se parecía mucho al amor.