CAPÍTULO 17: EL PACTO DE LOS SEIS
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Lucas Morales convocó la reunión en el patio, junto al árbol.
Era sábado por la mañana. El sol brillaba. Los pájaros cantaban. Y en cualquier otra circunstancia, habría sido un día perfecto para jugar. Pero no era un día perfecto. Era un día de guerra.
—Bien —dijo Lucas, de pie frente a sus hermanos, con los brazos cruzados y la expresión seria—. Gracias por venir.
—Lucas, vivimos aquí —dijo Sofía, sentada en el césped—. No es como que tuviéramos elección.
—Es una reunión formal. Se agradece la asistencia.
—Lucas, ¿qué pasa? —preguntó Mateo, sentado sobre una pelota—. ¿Es sobre el padre de Alex?
—Sí. —Lucas miró a cada uno de sus hermanos—. El padre de Alex es malo. Quiere hacerle daño a mamá. Quiere hacerle daño al bebé. Y nosotros no vamos a permitirlo.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Sofía—. Somos niños.
—Los niños también pueden luchar. —Lucas sonrió—. Y tengo un plan.
—¿Qué plan? —preguntó Valeria, abrazando su muñeca.
Lucas sacó su libreta. La abrió. Y mostró un dibujo que había hecho la noche anterior. Era un mapa. Un mapa de la ciudad. Con líneas, flechas y puntos marcados en rojo.
—El padre de Alex está en el hotel Imperial. Habitación 302. —Lucas señaló el punto en el mapa—. Va a quedarse ahí hasta que haga su movimiento. Pero nosotros vamos a hacer el nuestro primero.
—¿Cómo? —preguntó Mateo, interesado.
—Vamos a espiarlo. —Lucas miró a Mateo—. Tú eres el mejor espía de la familia. Vas a seguirlo. Vas a averiguar todo lo que puedas. Y luego me lo cuentas a mí.
—¿Y si me descubre?
—No te va a descubrir. Eres un niño. Nadie sospecha de un niño.
—Eso es cierto —dijo Mateo, orgulloso.
—Sofía. —Lucas se giró hacia ella—. Tú vas a hablar con Mariana. La hermana de Alex. Ella sabe cosas. Vas a hacerle preguntas. Vas a sacarle información.
—¿Por qué yo?
—Porque eres la más lista. Y porque sabes cómo hacer que la gente hable.
—Eso es cierto —dijo Sofía, sonriendo.
—Valeria. —Lucas miró a su hermana pequeña—. Tú vas a distraer a mamá. Cada vez que Alex y ella estén hablando de algo importante, tú vas a llorar o a pedir algo. Para que no se den cuenta de que estamos investigando.
—¿Y si no quiero llorar?
—Finge. Eres buena fingiendo.
—Eso es cierto —dijo Valeria, con una sonrisa pícara.
—Diego. —Lucas se giró hacia su hermano—. Tú vas a dibujar todo. Cada detalle. Cada movimiento. Cada persona que veamos. Eres nuestro archivo.
—¿Mi archivo?
—Sí. Todo lo que dibujes nos ayudará a recordar. A entender. A planear.
Diego asintió en silencio. Luego levantó su libreta.
—Ya tengo algunos dibujos.
—¿De qué?
—Del hombre del coche negro. Y de la mujer del pelo rubio. Y de la cafetería.
Lucas lo miró. Y sonrió.
—Perfecto.
—¿Y yo? —preguntó Emma, sentada en el césped con un cubo de plástico—. ¿Qué hago yo?
—Tú... —Lucas se agachó frente a ella—. Tú eres nuestra arma secreta.
—¿Arma secreta?
—Sí. Eres la más pequeña. La más inocente. Nadie sospecha de ti. —Lucas le revolvió el pelo—. Si alguien pregunta qué estamos haciendo, tú dices que estamos jugando. Y todos te creerán.
—¡Me gusta ser el arma secreta!
—Bien. —Lucas se levantó—. Entonces, ¿todos de acuerdo?
—Sí —dijeron los cinco.
—Bien. —Lucas cerró la libreta—. Esta es nuestra misión. Proteger a mamá. Proteger al bebé. Proteger a Alex. Y detener al padre de Alex. Cueste lo que cueste.
—Cueste lo que cueste —repitieron los cinco.
Y en ese momento, en el patio de la casa de los Morales, se formó el pacto más importante de sus vidas.
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Esa tarde, Mateo puso su plan en marcha.
Se vistió con ropa oscura. Se puso una gorra. Y se escabulló por la parte de atrás de la casa, sin que nadie lo viera. Lucas lo cubrió desde la ventana de su habitación.
—Ve con cuidado —susurró.
Mateo asintió. Y salió corriendo.
El hotel Imperial estaba a quince minutos andando. Mateo los recorrió en diez, escondiéndose detrás de los coches aparcados y los setos. Cuando llegó, se quedó en la acera de enfrente, mirando la fachada del edificio.
Era un hotel elegante. Con portero. Con cámaras. Con gente de traje entrando y saliendo.
Mateo no podía entrar. Era demasiado obvio. Pero podía esperar.
Así que esperó.
Pasó una hora. Dos. Tres.
Y entonces, lo vio.
Ricardo Duarte salió del hotel. Iba vestido con un traje oscuro y hablaba por teléfono. Caminó hasta un coche negro. Se subió. Y arrancó.
Mateo lo siguió.
Corrió por las calles, escondiéndose detrás de los arbustos, de los contenedores, de todo lo que encontraba a su paso. El coche de Ricardo Duarte avanzó por la ciudad, hasta detenerse frente a un edificio de oficinas.
Mateo se escondió detrás de un coche aparcado.
Ricardo Duarte bajó del coche. Y caminó hacia el edificio. Pero antes de entrar, se detuvo. Se giró. Y miró directamente hacia donde estaba Mateo.
Mateo contuvo la respiración.
Pero Ricardo Duarte no lo vio. O no le importó. Se giró de nuevo y entró al edificio.
Mateo suspiró aliviado. Luego sacó su teléfono y escribió un mensaje a Lucas:
"Está en el edificio de oficinas de la calle Mayor. No sé qué hace aquí. Pero voy a averiguarlo."
La respuesta de Lucas fue inmediata:
"No te acerques demasiado. Solo observa. Y vuelve a casa antes de que anochezca."
Mateo guardó el teléfono. Y esperó.
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Mientras tanto, Sofía fue a ver a Mariana.
La encontró en la cafetería, sentada en la misma mesa del fondo. Mariana la miró con curiosidad.
—Tú eres Sofía. La hija de Valentina.
—Sí. —Sofía se sentó frente a ella—. Necesito hablar con usted.
—¿Sobre qué?
—Sobre su padre. Y sobre mi abuela. —Sofía la miró con seriedad—. Mi madre no sabe que estoy aquí. Pero necesito saber la verdad.