Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 18

CAPÍTULO 18: LOS SEIS CONTRA EL MUNDO

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La comisaría del distrito olía a café recalentado y a papel viejo.

Lucas Morales empujó la puerta de cristal con una mano y sostuvo la carpeta con la otra. Detrás de él, en fila, marchaban sus cinco hermanos. Sofía llevaba la grabadora. Mateo, el dibujo del coche negro. Valeria, su muñeca. Diego, su libreta. Y Emma, un cubo de plástico rosa que se negaba a soltar.

El policía de la entrada, un hombre de bigote canoso y mirada cansada, levantó la vista de su periódico.

—¿Se puede saber qué es esto? ¿Una excursión escolar?

—Venimos a denunciar a Ricardo Duarte —dijo Lucas, con la voz más firme que pudo.

El policía parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Ricardo Duarte. Está en el hotel Imperial, habitación 302. Es un estafador. Tiene documentos falsificados. Y quiere hacerle daño a nuestra madre.

El policía miró la carpeta. Luego miró a los seis niños. Luego volvió a mirar la carpeta.

—¿Y ustedes quiénes son?

—Somos la familia Morales —dijo Lucas—. Y tenemos pruebas.

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El oficial Gutiérrez los hizo pasar a una sala de reuniones pequeña, con una mesa redonda y sillas de plástico. Los seis hermanos se sentaron en fila. Lucas puso la carpeta sobre la mesa.

—Bien —dijo Gutiérrez, sentándose frente a ellos con un bolígrafo y una libreta—. Cuéntenme.

Lucas abrió la carpeta. Sacó los documentos que Mariana les había dado. Los puso sobre la mesa, uno por uno.

—Estos son los documentos falsificados que Ricardo Duarte planea usar para demandar a nuestra madre. Están firmados por él. Y por un notario que ya ha sido condenado por falsificación.

Gutiérrez los miró. Luego miró a Lucas.

—¿Cómo consiguieron esto?

—Nos los dio Mariana Duarte. La hija de Ricardo. Está de nuestro lado.

—¿Y ella por qué no vino?

—Porque tiene miedo. —Sofía intervino—. Su padre es peligroso. La ha amenazado. Pero nosotros no tenemos miedo.

Gutiérrez los estudió un momento. Luego señaló la grabadora.

—¿Y eso?

—Es una grabación de mi conversación con Mariana —dijo Sofía—. En ella explica cómo su padre planea destruir a nuestra madre. Y cómo él fue el responsable de la muerte de nuestra abuela.

Gutiérrez apretó los labios.

—Eso es una acusación muy grave.

—Lo sabemos. —Sofía sacó la grabadora y la puso sobre la mesa—. Pero es la verdad. Y tenemos pruebas.

Mateo se adelantó y puso su dibujo sobre la mesa.

—Este es el coche negro de Ricardo Duarte. Lo vi estacionado frente a nuestra casa. Y lo seguí ayer. Fue a un edificio de oficinas en la calle Mayor. No sé qué hace allí, pero no es nada bueno.

Gutiérrez miró el dibujo. Era detallado, con el coche, la matrícula y hasta el número de la habitación del hotel escrito en un lateral.

—¿Tú lo seguiste?

—Soy el espía de la familia —dijo Mateo, orgulloso.

Valeria levantó su muñeca.

—Y yo distraje a mamá para que no se diera cuenta de que estábamos investigando.

—Y yo dibujé todo —dijo Diego, mostrando su libreta—. El hotel. El coche. La mujer rubia. El hombre del traje.

Gutiérrez pasó las páginas de la libreta. Había docenas de dibujos. Todos detallados. Todos precisos.

—Esto es... impresionante —murmuró.

—Y yo soy el arma secreta —dijo Emma, levantando su cubo—. Nadie sospecha de mí.

Gutiérrez los miró a todos. Y por primera vez, su expresión de cansancio se suavizó.

—¿Saben? —dijo—. Llevo veinte años en este trabajo. He visto de todo. Pero nunca había visto a seis niños presentarse en una comisaría con pruebas de un caso así.

—¿Nos van a ayudar? —preguntó Lucas.

Gutiérrez cerró la libreta.

—Voy a hacer algo mejor. Voy a llamar a un detective. Él se encargará de esto. Y ustedes... ustedes van a contarle todo lo que saben. Otra vez. Pero esta vez, con un abogado presente.

—¿Un abogado? —preguntó Sofía.

—Sí. Porque si lo que dicen es verdad, van a necesitar uno.

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El detective Ramírez llegó en menos de una hora.

Era un hombre joven, de unos treinta y cinco años, con el pelo despeinado y una libreta en la mano. Se sentó frente a los seis hermanos y sonrió.

—Bueno, me han dicho que tienen pruebas de un caso de fraude y chantaje. ¿Es así?

—Sí —dijo Lucas.

—Bien. —Ramírez abrió su libreta—. Cuéntenme todo. Desde el principio.

Y los seis hermanos hablaron. Durante dos horas. Le contaron todo: la llegada de Alex, el padre malo, el sobre, las fotos, los documentos, el plan. Le mostraron los dibujos de Diego, la grabación de Sofía, la carpeta de Lucas. Le hablaron del coche negro, del hotel, del edificio de oficinas. Le dijeron todo lo que sabían.

Cuando terminaron, Ramírez se recostó en su silla.

—Esto es más grande de lo que pensaba.

—¿Van a detener a Ricardo Duarte? —preguntó Lucas.

—Vamos a investigarlo. —Ramírez cerró su libreta—. Con estas pruebas, tenemos motivos suficientes para abrir un caso. Pero necesito que me prometan algo.

—¿Qué? —preguntaron los seis.

—Que no van a hacer nada por su cuenta. Nada de espiar. Nada de seguir a nadie. Nada de ponerse en peligro. ¿Entendido?

Lucas dudó.

—Lucas —insistió Ramírez—. Son niños. No tienen que hacer esto solos. Para eso estamos nosotros.

—Pero es nuestra madre —dijo Lucas—. Y nuestro bebé.

—Lo sé. Y por eso quiero ayudarlos. Pero necesito que confíen en mí. ¿Pueden hacerlo?

Lucas miró a sus hermanos. Ellos lo miraron a él. Y uno por uno, asintieron.

—Está bien —dijo Lucas—. Confiamos en usted.

—Gracias. —Ramírez se levantó—. Ahora, váyanse a casa. Y dejen que nosotros hagamos nuestro trabajo.

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Los seis hermanos salieron de la comisaría con una sensación extraña.

Habían hecho lo correcto. Habían presentado las pruebas. Habían hablado con la policía. Pero no se sentían victoriosos. Se sentían... vacíos.



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Editado: 23.10.2026

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