Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 19

CAPÍTULO 19: OPERACIÓN: ACERCAMIENTO

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Valentina no durmió.

Después de ver a Ricardo Duarte esposado, después de verlo meter en el coche patrulla, después de verlo sonreír, Valentina se quedó en la ventana hasta que el coche desapareció. Y luego se quedó un rato más. Por si acaso. Por si volvía. Por si era una trampa.

No volvió.

Pero la sonrisa sí. La sonrisa se quedó grabada en su mente como una mancha de tinta. Una sonrisa que decía: "Esto no ha terminado".

A las tres de la mañana, Alex la encontró todavía despierta, sentada en el sofá, con una taza de té frío entre las manos.

—¿No puedes dormir? —preguntó, sentándose a su lado.

—No.

—¿Por la sonrisa?

—Por la sonrisa.

Alex le quitó la taza de las manos y la dejó en la mesa. Luego le tomó las manos.

—Valentina, mi padre está en la cárcel. La policía tiene las pruebas. Los documentos falsificados. La grabación. Todo. No va a salir.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué tienes miedo?

—Porque es tu padre. —Valentina lo miró—. Y tu padre es un hombre vengativo. Un hombre que no olvida. Un hombre que no perdona. Y si sale... si encuentra la forma de salir...

—No va a salir.

—Alex...

—No va a salir. —Alex le apretó las manos—. Y si sale, yo me encargaré de él. Personalmente. Pero no va a salir. Te lo prometo.

Valentina lo miró. Y en sus ojos vio algo que le dio fuerzas. Algo que se parecía mucho al amor.

—Te quiero —dijo.

—Y yo a ti.

Se abrazaron en el sofá, bajo la luz tenue de la lámpara. Y por primera vez en días, Valentina sintió que podía respirar.

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A la mañana siguiente, los niños se despertaron temprano.

Lucas fue el primero en bajar. Encontró a su madre dormida en el sofá, con la cabeza en el hombro de Alex. Alex tenía un brazo alrededor de sus hombros y la mejilla apoyada en su pelo. Los dos respiraban despacio. Los dos parecían en paz.

Lucas sonrió. Luego se giró hacia las escaleras, donde sus hermanos lo observaban.

—Shhh —susurró—. Están durmiendo.

—¿Los dos? —preguntó Mateo, asomándose.

—Los dos.

—Qué tierno —dijo Sofía.

—Qué asco —dijo Mateo.

—Mateo.

—Es broma. Es tierno. Pero también un poco asqueroso.

Lucas los hizo callar y los llevó a la cocina. Allí, mientras preparaban el desayuno en silencio, Lucas les contó su plan.

—Tenemos que hacer algo —dijo, revolviendo los huevos—. Por mamá.

—¿Qué cosa? —preguntó Valeria.

—Algo que la haga feliz. Algo que la distraiga. Algo que le demuestre que estamos aquí. Que la queremos. Que no está sola.

—¿Como qué? —preguntó Diego.

—Como... —Lucas pensó—. Como una cena especial. Con velas. Con música. Con todo.

—¿Una cena romántica? —preguntó Sofía, con una sonrisa.

—No exactamente romántica. Es para mamá y Alex. Pero también para nosotros. —Lucas se encogió de hombros—. Es una cena familiar. Pero especial.

—Me gusta —dijo Valeria.

—A mí también —dijo Diego.

—¿Y quién cocina? —preguntó Mateo.

—Nosotros. —Lucas lo miró—. Tú y yo. Los demás ayudan.

—Pero yo no sé cocinar.

—Yo tampoco. Pero podemos aprender.

—¿De dónde?

—De internet. —Lucas sacó su teléfono—. Hay miles de recetas. Solo tenemos que elegir una que no sea muy difícil.

—¿Como qué?

—Como... pasta. —Lucas buscó en el teléfono—. Pasta con salsa de tomate. Es fácil.

—¿Y si la quemamos?

—No la vamos a quemar.

—¿Y si la quemamos?

—Mateo.

—Está bien, está bien.

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Esa tarde, los seis hermanos se pusieron manos a la obra.

Lucas y Mateo se encargaron de la pasta. Sofía y Valeria de la mesa: mantel, velas, flores. Diego de la música: una lista de canciones que había encontrado en el teléfono de su madre. Y Emma... Emma se encargó de hacer dibujos para decorar las paredes.

—¿Y mamá? —preguntó Valeria—. ¿Dónde está?

—Con Alex —dijo Lucas—. Fueron a hacer unos trámites. Volverán a las siete.

—¿Y si vuelven antes?

—No van a volver antes. —Lucas sonrió—. Les dije que teníamos una sorpresa. Y que no volvieran hasta las siete.

—¿Y si no nos hacen caso?

—Nos harán caso. —Lucas miró el reloj—. Tenemos cinco horas. Vamos a aprovecharlas.

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A las siete en punto, Valentina y Alex llegaron a casa.

La puerta estaba entreabierta. Las luces, apagadas. Y en el aire flotaba un olor a... ¿pasta?

—¿Niños? —llamó Valentina, entrando—. ¿Qué pasa?

Nadie respondió.

Caminaron hacia el salón. Y al abrir la puerta, se quedaron helados.

La mesa estaba puesta. Con mantel. Con velas. Con flores. Las paredes estaban decoradas con dibujos de Emma. Y en el centro de la mesa, había una nota:

"Bienvenidos a la cena sorpresa. Los queremos. Los niños Morales."

Valentina se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

—¿Qué es esto? —preguntó Alex, mirando alrededor.

—Es... es una cena. —Valentina se rió—. Mis hijos han preparado una cena.

En ese momento, las luces se encendieron. Y los seis hermanos salieron de detrás del sofá, gritando:

—¡SORPRESA!

Valentina se rió. Lloró. Y los abrazó a todos.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó, entre risas y lágrimas.

—Una cena —dijo Lucas—. Para ti. Y para Alex. Y para nosotros.

—Pero... ¿cómo?

—Internet. —Lucas se encogió de hombros—. Y mucha suerte.

—¿Y la comida?

—Pasta. —Mateo señaló la mesa—. Con salsa de tomate. La hicimos nosotros.

—¿Y está buena?

—No lo sé. No la hemos probado.

Valentina se rió. Una risa húmeda, temblorosa, pero una risa al fin y al cabo.

—Bueno, vamos a probarla.

Se sentaron a la mesa. Los ocho. Valentina, Alex, Lucas, Sofía, Mateo, Valeria, Diego y Emma. La pasta no era la mejor que habían comido. Estaba un poco pasada. La salsa era un poco ácida. Pero era la mejor cena que Valentina había tenido en años.



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En el texto hay: amor romance humor

Editado: 23.10.2026

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