CAPÍTULO 20: EL BESO ROBADO
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Valentina no podía dormir.
Otra vez.
Después de la llamada del detective Ramírez —después de saber que Ricardo Duarte había salido bajo fianza, que alguien con mucho dinero había pagado por su libertad—, Valentina se quedó sentada en la cama, con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho. Mirando la puerta. Esperando. Sin saber qué esperaba.
A su lado, Alex dormía. O fingía dormir. Era difícil saberlo. Tenía los ojos cerrados y la respiración pausada, pero su mano buscaba la de Valentina incluso en sueños. Como si supiera que la necesitaba.
Valentina miró el reloj. Las tres de la mañana.
Se levantó sin hacer ruido. Se puso la bata. Y bajó las escaleras.
La casa estaba en silencio. Un silencio espeso, cargado, como si el aire estuviera esperando algo. Valentina caminó hasta la cocina, encendió la luz y se sentó a la mesa. Se sirvió un vaso de agua. Y se quedó ahí, mirando la pared.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó los pasos.
—¿Valentina?
Alex apareció en la puerta de la cocina, con el pelo revuelto y los ojos somnolientos. Llevaba una camiseta arrugada y los pies descalzos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, sentándose a su lado.
—No podía dormir.
—¿Por la llamada?
—Por la llamada.
Alex le tomó la mano.
—Valentina, vamos a encontrar la forma de detenerlo.
—¿Cómo? Salió bajo fianza. Alguien pagó por él. Alguien con mucho dinero. Y no sabemos quién.
—Lo averiguaremos.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, estamos juntos. —Alex le apretó la mano—. Y no vamos a dejar que nos haga daño.
—Alex...
—Confía en mí.
Valentina lo miró. Y en sus ojos vio algo que le dio fuerzas. Algo que se parecía mucho al amor.
—Confío en ti.
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Esa mañana, los niños se despertaron temprano.
Lucas fue el primero en bajar. Encontró a su madre y a Alex en la cocina, tomando café. Los dos tenían ojeras. Los dos tenían esa expresión que Lucas conocía demasiado bien: la expresión de que algo malo había pasado.
—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose frente a ellos.
—Nada —dijo Valentina.
—Mientes.
—Lucas...
—Mamá, me prometiste que no me mentirías. Regla 18.
Valentina suspiró. Miró a Alex. Alex asintió.
—Ricardo Duarte salió bajo fianza —dijo Valentina—. Alguien pagó por él. No sabemos quién.
Lucas se quedó quieto.
—¿Salió?
—Sí.
—¿Y va a venir?
—No lo sabemos.
—Pero puede venir.
—Sí.
Lucas apretó los puños.
—Entonces tenemos que protegernos.
—Lucas...
—No, mamá. En serio. —Lucas la miró—. Si ese hombre puede venir, tenemos que estar preparados. Tenemos que tener un plan.
—Lucas, eres un niño.
—Y tú eres mi madre. Y estás embarazada. Y hay cinco niños más en esta casa. —Lucas se levantó—. No voy a dejar que les pase nada.
Valentina lo miró. Y en sus ojos vio la misma determinación que había visto en Alex. La misma ferocidad. La misma necesidad de proteger.
—Está bien —dijo—. ¿Qué plan tienes?
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El plan de Lucas era simple pero efectivo.
—Primero, vamos a asegurar la casa. —Lucas sacó su libreta—. Cerraduras nuevas en todas las puertas. Alarmas en las ventanas. Y una cámara en el porche.
—¿Y de dónde sacamos el dinero? —preguntó Valentina.
—Yo puedo ayudar. —Alex se adelantó—. Conozco a un cerrajero. Y a un técnico de alarmas. Puedo pagarlo.
—Alex...
—No es nada. De verdad.
—Pero...
—Valentina, es mi familia también. —Alex la miró—. Déjame hacer esto.
Valentina lo miró. Luego asintió.
—Está bien.
—Segundo —continuó Lucas—. Vamos a hacer turnos de vigilancia. Por la noche. Dos personas despiertas. Siempre.
—¿Quiénes? —preguntó Mateo, que acababa de bajar las escaleras.
—Tú y yo. Y Sofía. Y Alex. Y mamá cuando pueda. —Lucas miró a sus hermanos—. Los demás duermen. Pero si oyen algo, nos avisan.
—¿Y si oímos algo? —preguntó Valeria.
—Nos avisas. Sin gritar. Sin entrar en pánico. Solo nos avisas.
—¿Y si el hombre entra?
—No va a entrar. —Lucas sonrió—. Porque vamos a estar preparados.
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Esa tarde, Alex trajo al cerrajero y al técnico de alarmas.
Mientras trabajaban, los niños se sentaron en el patio, observando. Lucas tomaba notas. Sofía hacía preguntas. Mateo miraba con curiosidad. Valeria abrazaba su muñeca. Diego dibujaba. Y Emma... Emma jugaba con su cubo de plástico, ajena a todo.
—¿Crees que funcione? —preguntó Sofía, sentada junto a Lucas.
—¿Qué cosa?
—Todo esto. Las cerraduras. Las alarmas. La vigilancia.
—No lo sé. —Lucas cerró su libreta—. Pero es mejor que no hacer nada.
—¿Y si viene de todas formas?
—Entonces... —Lucas miró hacia la casa, donde su madre hablaba con Alex y el cerrajero—. Entonces tendremos que enfrentarlo.
—¿Cómo?
—No lo sé. —Lucas sonrió—. Pero se me ocurrirá algo.
Sofía lo miró. Y en sus ojos vio algo que le dio fuerzas. Algo que se parecía mucho a la esperanza.
—Eres un buen hermano mayor —dijo.
—Gracias.
—No se lo digas a nadie.
—No lo haré.
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Esa noche, después de acostar a los niños, Valentina y Alex se sentaron en el porche.
La casa estaba asegurada. Las cerraduras nuevas. Las alarmas instaladas. La cámara en el porche. Todo estaba listo. Pero Valentina no se sentía segura.
—¿Y si viene? —preguntó, mirando la calle.
—No va a venir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no es tonto. Sabe que lo estamos esperando. Sabe que la policía está vigilando. Sabe que, si da un paso en falso, volverá a la cárcel. —Alex le tomó la mano—. No va a arriesgarse.
—Pero la sonrisa...
—¿Qué sonrisa?
—La que me dedicó cuando lo detuvieron. —Valentina lo miró—. Decía: "Esto no ha terminado".
—Era una amenaza vacía.