Semilla de sangre

Capitulo 1 | Kyrian ✔

Kyrian

El peso de la corona de Sicarias jamás había se sentido tan helado como la mañana en que me informaron que tendría que compartirla con una absoluta extraña.

Me encontraba de pie junto a los ventanales de arco del gran salón, observando el patio de armas. Mis dedos tamborileaban contra la empuñadura de mi espada, un hábito involuntario cada vez que el aburrimiento o la frustración amenazaban con hacerme perder el control. Abajo, los guardias entrenaban bajo el sol inclemente, sus aceros chocando en una danza impredecible. Preferiría estar allí abajo, sudando y sangrando, antes que atrapado en esta sala con los consejeros del reino.

— Es una necesidad estratégica, Lord Kyrian —repetía por tercera vez Lord Vane, el anciano diplomático de barba con canas, ajustándose la pesada túnica de terciopelo—. Las fronteras del norte se vuelven cada día más inestables. Unir nuestro linaje con el reino de la princesa Elena no solo consolidará los territorios, sino que silenciará a los rebeldes que cuestionan su ascenso.

— Mi ascenso no necesita la aprobación de una familia de un reino que apenas saben sostener un tenedor de plata, Vane. —respondí sin volverme, marcando cada palabra con un desprecio helado—. He liderado a las tropas de Sicarias en tres campañas exitosas. He protegido esta tierra con sangre, no con contratos ni firmas en pergaminos, no necesito a ninguna princesa.

— Y, aun así, la sangre no compra la lealtad de la alta nobleza, muchacho —intervino una voz femenina y seca desde el otro lado de la mesa. Era mi consejera, Mirai, la única persona en ese consejo cuyos comentarios no me daban las ganas de decapitarla al instante—. Elena no es una campesina asustada a la que puedas intimidar con tu porte de guerrero. Su linaje posee una influencia diplomática de la que Sicarias carece por completo. La necesitas. O, mejor dicho, Sicarias la necesita.

Apreté los dientes. Odiaba cuando tenían razón. Odiaba todavía más que la política de palacio me obligara a arrodillarme ante acuerdos ridículos y pactos que nada tenían que ver con la gloria de la batalla.

— ¿Cuándo llega? —pregunté, girando finalmente para encararlos.

— En cualquier momento —contestó Vane, ahogando un suspiro de alivio al ver que no había ordenado su ejecución—. La comitiva fue vista cruzando las puertas del valle al amanecer.

No tuve tiempo de procesar la noticia. El sonido seco de tres golpes contra las pesadas puertas de roble del salón interrumpió la conversación. El heraldo real dio un paso al frente, aclarándose la garganta antes de enunciar con voz engolada:

— Anunciando a la princesa Elena del reino de las Altas Cumbres y a su séquito.

Las puertas se abrieron de par en par.

Esperaba a una mujer sumisa, con la mirada clavada en el suelo de mármol, temblando ante la idea de ser entregada como trofeo a un rey cuya reputación de implacable precedía a cada uno de sus pasos. Esperaba la típica noble educada para sonreír, asentir y ser una figura decorativa en las fiestas de la corte.

Lo que cruzó el umbral hizo que mi cuerpo se tensara al instante.

Elena caminaba con la cabeza en alto, las espaldas erguidas y una compostura que rozaba la arrogancia. Su traje, de un azul tan profundo como la noche antes de una tormenta, carecía de los adornos exagerados que solían usar las damas de la capital. Era sobrio, elegante y práctico. Llevaba pantalones y un corse que la hacía ver ridículamente bien, Pero no fue su vestimenta lo que me detuvo el aliento por un segundo imperceptible; fueron sus ojos.

Cuando sus pupilas chocaron con las mías, no ví rastro de miedo. Ví fuego. Un fuego frío, calculado y desafiante, eran de color verde, pero era como si un bosque entero estuviese quemándose y de ser así no caerse ningún árbol, sus ojos demostraban que ella no era solo la princesa que sicarias necesitaba, era la mujer que con tan solo verle la mirada me había generado la extraña necesidad de yo también necesitarla.

Se detuvo a pocos metros de donde yo estaba. Detrás de ella, dos guardias de su propio reino se mantenían alerta, con las manos sospechosamente cerca de sus espadas.

— Rey Kyrian —dijo ella. Su voz no era agudo ni temblorosa; era firme, aterciopelada y cargada de una distancia helada que cortaba el aire.

— Princesa Elena —respondí, dando un paso lento hacia adelante, evaluándola como un general evalúa a un ejército rival antes de la embestida—. Bienvenida a Sicarias. Confío en que el viaje no haya sido demasiado agotador para alguien acostumbrado al confort y a la envidiable tranquilidad de sus tierras.

Un destello de sarcasmo cruzó por sus facciones.

— El viaje fue perfecto, mi rey. Aunque debo admitir que el paisaje de Sicarias es tan seco y aburrido como la bienvenida que acaba de recibir, sus tierras no tendrían nada que envidiar si no fuera por usted, majestad.

Los consejeros ahogaron una exclamación ahogada. Vane pareció ponerse pálido, temiendo que yo sacara mi daga allí mismo. Yo, en cambio, sentí una extraña y peligrosa chispa encenderse en la parte trasera de mi cabeza.

— Sicarias no es un lugar para los turistas, Elena —dije, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro. Era lo suficientemente alto como para obligarla a inclinar la cabeza hacia arriba para mirarme, pero ella no dio un solo paso atrás—. Si esperabas jardines de rosas y sirvientes cantando, te has equivocado de reino, es mejor que vayas algun musical.




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