Señal

EL PULSO

1

El suceso que llegó a ser conocido como El Pulso dio comienzo a las tres y tres minutos de la tarde, hora de la Costa Este, del día 1 de octubre. Por supuesto, el término era inapropiado, pero diez horas después del suceso casi todos los científicos capaces de señalar el error habían muerto o bien perdido el juicio. En cualquier caso, el nombre apenas tenía importancia. Lo importante era el efecto.

A las tres en punto, un joven sin importancia especial alguna para la historia caminaba con paso elástico hacia el este por Main Street, en Boston. Se llamaba Ilya Rozanov, y en su rostro se pintaba una expresión de indudable satisfacción que casaba con la ligereza de su andar. En la mano izquierda sujetaba las asas de una carpeta de aquellas que al cerrarse con correas se convierten en bolsas de viaje. Entre los dedos de la mano derecha sostenía el cordel de una bolsa de plástico marrón sobre la que se veían impresas las palabras pequeños tesoros, para quien quisiera leerlas.

La bolsa contenía un pequeño objeto cuadrado que se balanceaba en su interior. Un regalo, podríamos aventurar, y estaríamos en lo cierto. También podríamos aventurar que el tal Ilya Rozanov quería celebrar algún pequeño (o no tan pequeño) triunfo con un pequeño tesoro, y de nuevo estaríamos en lo cierto. El objeto que contenía la bolsa era un teléfono bastante caro, de los mejores teléfonos que existían en la actualidad. Lo había comprado en el trayecto entre el hotel Copley Square y el mucho más modesto Atlantic Avenue Inn, donde se alojaba, asustado por la etiqueta pegada a la base de la bolsa, que marcaba mil dólares, y más asustado aún al recordar que ahora podía permitirse semejantes caprichos.

Entregar la tarjeta de crédito a la dependienta le había costado un esfuerzo casi físico. No creía que hubiera sido capaz de hacerlo si el teléfono hubiera sido para él; con toda probabilidad, habría mascullado alguna excusa entre dientes y huido despavorido de la tienda. Sin embargo, se trataba de un regalo para Shane. A Shane le gustaban esas cosas y todavía le gustaba él. «Pensaré en ti, cariño», le había dicho el día antes de que Ilya viajara a Boston. Teniendo en cuenta lo mal que se lo habían hecho pasar mutuamente durante el último año, aquellas palabras lo habían conmovido, y ahora quería conmoverlo a él, si es que todavía estaba a tiempo. El teléfono era una pequeñez (un pequeño tesoro), pero Ilya estaba convencido de que a Shane le encantaría el iPhone que se balanceaba dentro de la pequeña bolsa.

Ilya se detuvo cerca de la barandilla de hierro forjado que bordeaba Boston Common, resguardándose un poco de la corriente que subía desde el río. Miró la bolsa de Pequeños Tesoros con una mezcla de orgullo infantil y vértigo financiero, y luego deslizó la mano izquierda en el bolsillo de su vieja chaqueta deportiva.

De allí extrajo su propio teléfono. Un aparato tosco, rectangular, de plástico negro y teclado físico desgastado por el roce constante. Un modelo básico de prepago, de esos que la gente de negocios miraba con condescendencia en los vagones del metro: servía estrictamente para hacer llamadas de voz y enviar mensajes de texto limitados a ciento sesenta caracteres. Ni navegador, ni pantalla táctil, ni conexión a datos móviles. Había costado cuarenta dólares en una tienda de liquidación cerca de los muelles, exactamente el mismo modelo barato y gris que le había comprado a Shane tres semanas atrás en una estación de autobuses, cuando ambos hicieron el pacto silencioso de tener una línea que nadie —ni agentes, ni prensa, ni entrenadores— pudiera rastrear.

Ilya marcó el número de memoria. Los botones hicieron un chasquido seco y gomoso bajo su pulgar calloso.

Al tercer tono, la línea se abrió.

—Hollander al habla —contestó Shane. La voz le salía un poco entrecortada, con ese tono medido y pulcro que siempre adoptaba cuando intentaba sonar más maduro y profesional de lo que sus veinte años le permitían.

—Hola, cariño —dijo Ilya, y no pudo evitar que el acento ruso se le volviera más suave, arrastrado por una sonrisa que no cabía en su rostro—. ¿Estás solo?

—En un pasillo del Bell Centre. Huele a cera y a café rancio —respondió Shane, y el alivio en su tono fue instantáneo, deshaciéndose de la pose rígida—. Ilya... dime que tienes buenas noticias. No me hagas esperar.

—Tres años —soltó Ilya, y el pecho se le ensanchó tanto que el aire de Boston le supo a gloria pura—. Con los Boston Raiders. Contrato oficial de novato, garantizado, Shane. Se acabó.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio tan largo que Ilya pensó por un segundo que la señal se había cortado. Pero luego escuchó el sonido inconfundible de Shane soltando un resoplido tembloroso, casi un sollozo ahogado que rápidamente disfrazó con una risa clara.

—¡Maldita sea, Rozanov! —exclamó Shane, con la voz quebrada por una emoción genuina y desbordada—. Sabía que lo harían. Te vieron patinar en el campamento de novatos y no tenían otra opción, eres un monstruo en el hielo. Dios, me alegro tanto... de verdad, no sabes cuánto.

—Tu turno, Hollander —presionó Ilya, sintiendo el calor subirle por el cuello—. ¿Qué dijeron los francófonos?

—Firmé hace veinte minutos —dijo Shane, y había una reverencia casi sagrada en sus palabras—. Montreal Metros. Cuatro años. Es... es real, Ilya. Los dos estamos dentro.

—Rivales de división —murmuró Ilya, saboreando las palabras con una delicia casi feroz—. Voy a tener que aplastarte contra la barandilla unas seis veces por temporada.

—Intenta alcanzarme primero, ruso —bromeó Shane, aunque el temblor de ternura seguía ahí, vivo e íntimo, atravesando los cientos de kilómetros de cable de cobre que los unían—. Las cosas van a salir bien, ¿verdad? Por primera vez... parece que todo va a salir bien.

—Van a ser perfectas —aseguró Ilya, apretando la bolsita con el iPhone nuevo contra su costado, prometiéndose ver la cara de asombro de Shane en persona muy pronto—. Tengo que volver al hostal a empacar. Te veo pronto en Montreal, ¿de acuerdo?



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En el texto hay: hollanov, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 10.10.2026

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