Señal

LA ACADEMIA GAITEN

1

La luz grisácea del amanecer se filtró con timidez a través de las rendijas de las cortinas tapiadas, cortando la penumbra de la sala de estar. No había trinos de pájaros ni el rumor habitual del tráfico matutino de los suburbios; solo persistía ese silencio denso, pesado y antinatural que se había adueñado del mundo desde la tarde anterior.

Ilya ya llevaba rato despierto. No había vuelto a pegar ojo desde la pesadilla de la figura de la sudadera carmesí. Tenía la espalda apoyada contra el sillón orejero, con la mirada fija en las sombras del techo mientras limpiaba metódicamente con una tira de tela la sangre seca de la barra de metal y revisaba la recámara de la Glock. La frecuencia taladrante de su sueño aún le dejaba un eco apagado, un zumbido fantasma en la nuca que se negaba a desaparecer.

Svetlana se levantó de su puesto de guardia junto a la ventana. Aunque tenía ojeras marcadas, sus movimientos eran enérgicos y precisos. Se sacudió el pantalón militar y guardó la linterna en el cinturón.

—Hora de levantarse —dijo Svetlana con voz baja pero cortante, tocando el hombro de Troy con la punta de la bota para despabilarlo—. Hay que ponerse en marcha antes de que el sol caliente y lo que sea que esté afuera empiece a moverse.

Troy dio un respingo, frotándose los ojos hinchados y desorientados por un segundo antes de que la cruda realidad cayera sobre él como un balde de agua helada. Rose ya estaba de pie, desperezándose en silencio con la escopeta apoyada contra la pared y el ceño fruncido.

—Voy arriba a revisar a Kip —añadió Svetlana dirigiéndose hacia las escaleras—. Necesitamos saber si puede moverse o si tendremos que cargarlo.

Subió los peldaños con paso elástico y silencioso. En el piso superior, Scott ya estaba sentado junto al colchón, sosteniendo un vaso de agua con una mano temblorosa mientras le secaba la frente a Kip con una toalla húmeda. Al ver entrar a Svetlana, Scott levantó la vista con ansiedad contenida.

—¿Cómo pasó la noche? —preguntó ella, arrodillándose junto a la pierna vendada.

—Tuvo algo de fiebre a medianoche, pero bajó hace unas horas —respondió Scott con un susurro exhausto—. Durmió bastante gracias a los analgésicos.

Svetlana retiró con cuidado una sección de las vendas para examinar la piel alrededor de las tablillas. El tejido seguía amoratado y tenso, pero el enrojecimiento agudo había cedido y no había supuración fétida ni indicios de gangrena incipiente. Con suavidad profesional, presionó la planta del pie de Kip.

—Kip, aprieta los dedos hacia abajo. Bien. Ahora intenta doblar levemente la rodilla sin forzar la espinilla —indicó Svetlana.

Kip apretó los dientes y dejó escapar un gruñido ahogado por el esfuerzo, pero logró flexionar la pierna un par de centímetros. Con la ayuda de Scott, se incorporó despacio hasta quedar sentado al borde de la cama y, apoyando las manos en los hombros de su marido, bajó con cautela el pie entablillado hacia el suelo alfombrado. Hizo una mueca de dolor, pero descargó parte del peso.

—Puedo... puedo apoyarla un poco —gorgoteó Kip, respirando con alivio mientras una sombra de sonrisa asomaba en su rostro pálido—. No para correr una maratón, pero si me apoyo en Scott y consigo un bastón o una muleta improvisada, puedo caminar hasta la camioneta.

—La férula resiste y el hueso se mantiene alineado —dictaminó Svetlana, satisfecha—. Te prepararé un soporte con el palo de una escoba para que no cargues todo el cuerpo sobre esa tibia. Empaquen lo indispensable. Nos vamos en diez minutos.

Mientras tanto, en la planta baja, Ilya y Rose se ocupaban del aprovisionamiento.

—Si vamos hacia el norte, atravesaremos zonas boscosas y carreteras rurales donde no habrá ni una tienda abierta —dijo Rose en voz baja, rebuscando con rapidez en la despensa de la cocina—. Comida enlatada, frutos secos, barritas energéticas... todo lo que tenga calorías y no requiera fuego para cocinarse.

Ilya asintió, vaciando un armario de conservas directo a una bolsa de lona resistente: frijoles, atún, melocotones en almíbar y varias botellas de agua mineral sin abrir. Luego se trasladó al garaje contiguo a la cocina, con Rose cubriéndole la espalda.

Allí encontraron dos bidones de gasolina de veinte litros, a medio llenar pero con combustible limpio, cinta aislante gruesa, un juego de llaves inglesas y una lona impermeable de camuflaje que serviría para cubrir la batea de la camioneta en caso de lluvia.

Rose descolgó además del tablero de herramientas una barra de uña de acero templado y se la tendió a Ilya con una mirada de aprobación.

—Por si tu tubo de hierro necesita un hermano mayor —dijo ella con una media sonrisa tensa.

Ilya sopesó el acero en su mano enguantada. Era pesado, macizo y perfecto para quebrar cerrojos o cráneos.

—Servirá —respondió el ruso escuetamente, asegurando la barra a la mochila de viaje—. Llevemos todo a la entrada. Cuando bajen Kip y Scott, cargamos la batea y salimos de Salem Street de inmediato.

Scott y Svetlana salieron primero por la puerta principal, sosteniendo a Kip entre los dos. Con el palo de escoba recortado como muleta improvisada bajo la axila derecha y el brazo de Scott rodeándole la cintura, Kip arrastraba la pierna vendada sobre el césped cubierto de escarcha blanca. Avanzaban despacio pero con firmeza, evitando apoyar todo el peso sobre la tibia recién alineada. Llegaron a la Ford, donde Svetlana abrió la puerta del copiloto y, con maniobras cuidadosas y contenidas para no descolocar la férula, acomodaron a Kip en el asiento delantero. Scott trepó inmediatamente a la cabina detrás de él para acomodarle la pierna estirada sobre el suelo del vehículo.

A escasos metros, Ilya y Rose cruzaban el porche cargando los bidones de combustible, las provisiones enlatadas y las mochilas de viaje, arrojándolo todo con rapidez en el fondo de la batea de la camioneta. La lona impermeable se desplegó sobre la carga con un chasquido sordo.



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En el texto hay: hollanov, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 10.10.2026

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