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El ascenso hacia la cima del Monte Mansfield no se parecía a nada que hubiesen atravesado en las llanuras asfaltadas de Massachusetts. La pista de mantenimiento de telecomunicaciones era una herida de grava, barro negro y placas de hielo vivo que serpenteaba al borde de precipicios insondables, cortando la masa tupida de abetos y alerces que vestían las faldas de la montaña.
A medida que el autobús escolar ganaba altitud, el termómetro exterior continuaba su caída libre. El vaho de la respiración de los ocho ocupantes flotaba en el aire estancado del vehículo como una neblina densa, congelándose en diminutos cristales que cubrían la cara interior de los cristales laterales. El motor diésel bramaba en segunda marcha con un traqueteo asmático, esforzándose por empujar las diez toneladas de acero chasis arriba mientras las ruedas traseras patinaban de forma intermitente sobre la escarcha traicionera.
Scott Hunter conducía con los hombros encorvados y la mandíbula apretada. El hombro herido le palpitaba con un dolor sordo y lacerante que bajaba en latigazos hacia el codo, pero se negaba a pestañear siquiera. Cada golpe de la suspensión contra los baches profundos del camino hacía temblar la carrocería, obligando a Rose y a Fabian a sujetar los respaldos para no salir despedidos.
En el centro del pasillo, Svetlana desató las correas de una de las mochilas de lona que habían rescatado de la armería en Townshend. Entre los rollos de cordón detonante y los cartuchos de parafina, extrajo una caja de cartón duro que aún conservaba el precinto de fábrica. Al rasgar la cinta con la uña del pulgar, aparecieron cuatro equipos de radiocomunicación profesional de montaña: walkie-talkies Motorola de carcasa rugosa, negros, con antenas gruesas de banda VHF y clips metálicos para el cinturón.
—Equipos de guardabosques y brigadas de rescate alpino —dijo Svetlana en un susurro grave, extrayendo los aparatos con manos seguras—. Operan en frecuencias bajas y no dependen de repetidores celulares comerciales. Si nos separamos allá arriba en mitad de la niebla, esto es lo único que nos mantendrá enlazados.
Encendió el primer terminal. Un zumbido estático limpio y apagado brotó del altavoz minúsculo. Svetlana ajustó el dial al canal cuatro, verificó el indicador de batería de litio —completamente cargadas en sus bases de almacén— y se acercó a la cabina de mando.
—Scott —llamó con suavidad inusual.
El hombre no apartó la vista del haz amarillento de los faros, que apenas lograba perforar diez metros de la densa niebla blanca que caía sobre la calzada, pero asintió con una leve inclinación de cabeza. Svetlana deslizó la pinza de una de las radios en el bolsillo superior de la chaqueta de Scott, asegurando el auricular de cable espiralado cerca de su cuello.
—Si el motor tose o la tracción cede en alguna curva, no grites —le dijo Svetlana con una calma pausada, apoyando una mano firme sobre su hombro sano—. Usa el botón lateral. Un toque para emergencia, dos para alto.
Scott tragó saliva, sintiendo la calidez de esa mano enguantada que rara vez se posaba sobre alguien si no era para dar una orden marcial o empujar a un tirador hacia su posición.
—Gracias, Svetlana —murmuró Scott, con la voz desgastada por las horas de pánico—. Si hace doce horas me hubieran dicho que estaría subiendo a una montaña en un autobús escolar con dinamita en los asientos para volar una torre de radio... habría pensado que la fiebre de Kip me había contagiado el delirio.
Svetlana esbozó una sonrisa diminuta, casi imperceptible, que suavizó por un segundo las líneas duras y prematuras de su rostro. Sus ojos oscuros se desviaron hacia la primera fila de asientos, donde Kip dormía plácidamente bajo las mantas térmicas, con el goteo del suero salino marcando un compás constante sobre su brazo vendado. La respiración del joven profesor era serena; los antibióticos de la clínica comunitaria habían ganado la primera batalla contra la septicemia.
—La vida es un asunto extrañamente frágil, Scott —dijo ella, y en su tono no había nada del cinismo con el que solía cortar las discusiones en la academia—. Se rompe por un cable suelto, por un resbalón en el barro o por una frecuencia invisible que nadie vio venir. Pero mientras haya alguien al otro lado del volante dispuesto a romperse los huesos para mantenerte respirando... la fragilidad deja de importar. Cuídalo. Y déjanos el trabajo sucio a nosotros.
Scott asintió en silencio, conmovido por la sinceridad inesperada de la mujer que los había sacado del infierno de Boston a punta de disciplina ciega.
Svetlana se giró hacia el resto del habitáculo. Caminó hacia la tercera fila, donde Fabian permanecía sentado con las rodillas pegadas al pecho, temblando levemente por el frío a pesar del anorak grueso que Ryan le había acomodado sobre los hombros. El muchacho sostenía la caja de detonadores sobre el regazo con un cuidado casi reverencial. Svetlana se inclinó frente a él, extendiéndole la segunda radio.
—Esta es para ti, muchacho.
Fabian parpadeó, sorprendido.
—¿Para mí? Pensé que... que solo los tiradores las llevarían.
—Tú eres el único aquí que comprende la arquitectura de esa torre, Fabian —le explicó Svetlana, mirándolo directamente a los ojos con una calidez que el chico nunca había visto en ella—. Ryan tendrá la fuerza y el atletismo para abrir paso, Ilya y yo tendremos la puntería para responder al fuego, pero tú eres el cerebro de este equipo. Si la estructura tiene una falla que no vimos en los planos o si la carga principal necesita reconfigurarse en el sitio, tú serás quien nos guíe por este canal. No te subestimes nunca más. Saliste de esa academia vivo por tus propios méritos.
Fabian tomó el aparato con dedos temblorosos, pero al cerrar la mano sobre la carcasa rugosa, la rigidez del miedo pareció ceder un ápice. Asintió con un trago seco, colocándose la correa al cuello.
Editado: 10.10.2026