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El descenso desde la cima del Monte Mansfield fue un descenso a ciegas por las entrañas de una pesadilla helada.
La camioneta de mantenimiento de vialidad —una vieja Ford F-350 de tracción total con pala quitanieves delantera que Ilya y Scott habían forzado en los cobertizos traseros— rugía en primera marcha mientras se abría paso entre los escombros de la antena derruida. Los neumáticos con clavos masticaban placas de hielo, cascotes de hormigón y restos de vigas galvanizadas que aún humeaban bajo la cellisca nocturna.
En la cabina trasera, la atmósfera era sofocante, cargada del olor metálico y caliente de la sangre que no dejaba de brotar.
Ilya sostenía a Svetlana entre sus brazos como si la líder fuera de cristal. El cuerpo de la mujer, habitualmente rígido y en tensión marcial, pesaba de una forma blanda, inerte, vencido por el choque neurogénico. Con ambas manos enguantadas cubiertas por una gasa gruesa que ya rebosaba un fluido denso y oscuro, el ruso intentaba ejercer presión constante sobre la base de la nuca, justo donde el impacto del ladrillo de hormigón había fracturado el hueso occipital y desgarrado el tejido blando.
—¡Sigue presionando ahí, Ilya! ¡No aflojes! —le gritaba la doctora Galina Molchalina por encima del traqueteo del motor, arrodillada en el suelo estrecho entre los asientos—. Si permites que la sangre forme un hematoma compresivo masivo antes de que lavemos la herida, las amígdalas cerebelosas se herniarán por el foramen magno.
Svetlana abrió los ojos apenas un milímetro. La pupila derecha estaba dilatada como un pozo sin fondo, fija y refractaria a la penumbra, mientras la izquierda apenas respondía con un temblor espasmódico. De su boca entreabierta escapó un quejido sordo, una vocal ahogada que se quebró en un estertor húmedo:
—I... lya...
—Aquí estoy, capitana —respondió Ilya en un murmullo ronco, inclinando la cabeza sobre la de ella mientras las lágrimas le ardían en los ojos sin derramarse—. No te muevas. Ya salimos de la cumbre. La antena cayó. Ryan se llevó a esa cosa al infierno. Estamos bajando.
Svetlana intentó alzar una mano, pero los dedos enguantados solo lograron raspar la tela del abrigo de Ilya antes de caer sin fuerza sobre su propio regazo. La líder respiraba con una cadencia atáxica, irregular: dos inhalaciones superficiales y rápidas seguidas de una pausa prolongada que hacía que a todos en la cabina se les detuviera el corazón.
Al volante, Scott conducía con los dientes apretados y el hombro ardiendo en punzadas, bajando la pendiente con la pala delantera despejando ramas rotas y piedras sueltas. A su lado, en el asiento del copiloto, Rose sostenía el mapa de carreteras de Vermont temblando de pies a cabeza, mientras Fabian permanecía encogido en el rincón trasero junto a Kip, abrazando la radio apagada contra su pecho con la mirada perdida en el vacío, incapaz de asimilar la pérdida de Ryan.
—¡Llegamos a la base del camino de grava! —gritó Scott, virando con violencia para evitar el terraplén donde la pista forestal se unía a la carretera comarcal—. ¿Hacia dónde, Rose?
—Hacia el centro de Townshend —respondió Rose con la voz rota—. La pista principal está cortada por el camión cisterna, pero el desvío secundario nos saca directo a la plaza donde estaba la estación de bomberos voluntarios y el centro de salud.
La F-350 devoró los últimos tres kilómetros de asfalto secundario con la suspensión chirriando bajo el castigo de los baches congelados. Al entrar en las calles desiertas del pueblo, los faros de la camioneta iluminaron un panorama desolador: fachadas de madera con postigos cerrados, coches abandonados sobre las aceras con las puertas abiertas y una capa de nieve sucia que lo cubría todo como una sábana mortuoria.
Y fue entonces cuando Rose señaló hacia la izquierda con un grito ahogado:
—¡Allí! ¡A la derecha de la clínica!
Frente a la pequeña dársena de hormigón de la estación municipal de rescate, estacionada en diagonal pero milagrosamente intacta, descansaba una unidad móvil de soporte vital avanzado: una ambulancia Ford E-450 de carrocería cuadrada, blanca con franjas anaranjadas y la Estrella de la Vida pintada en los laterales. El motor estaba apagado, las puertas de la cabina estaban cerradas y los neumáticos traseros gemelos conservaban toda la presión de aire.
—Frena, Scott —ordenó Ilya, sintiendo cómo el pulso de Svetlana en la carótida se volvía cada vez más filiforme y rápido.
Scott clavó los frenos. La camioneta derrapó sobre la gravilla helada y se detuvo a tres metros de la zaga de la ambulancia.
Ilya no esperó a que el vehículo se asentara. Pasó a Svetlana con un cuidado infinito a los brazos de Galina y saltó a la nieve, empuñando la palanca de taller que llevaba en el cinto. Corrió hacia las puertas traseras de la ambulancia y tiró de la manija de acero. Estaba cerrada por dentro. Sin dudarlo un segundo, encajó la uña de la palanca entre la junta de goma y el marco de aluminio, cargó todo el peso de sus cien kilos de músculo y empujó hacia abajo.
El pestillo cedió con un estallido metálico que quebró el silencio del pueblo. Las dos hojas batientes se abrieron de par en par.
El interior del vehículo de emergencias era un santuario de orden clínico intacto. No había señales de lucha, ni manchas de sangre en el suelo de vinilo antideslizante, ni cristales rotos. En las paredes laterales, las vitrinas de policarbonato transparente exhibían un arsenal médico completo: cajas de apósitos estériles, férulas de inmovilización, bolsas de fluidoterapia intravenosa, frascos de manitol, ampollas de dexametasona, cánulas orofaríngeas y cilindros de oxígeno comprimido con manómetros en verde.
Y en el centro del habitáculo, ancladas a guías de acero paralelas en el suelo, descansaban dos camillas rodantes de rescate con cinturones de sujeción acolchados y respaldos regulables.
Editado: 10.10.2026