Me arrepiento un poco el no aprovechar a descansar. Insistieron con tanto ahínco, pero la adrenalina hizo que mi cuerpo se estremeciera. Y me motivó para aprovechar todo el tiempo que me quede en el pueblo. Sin embargo, cortar las zanahorias bajo el cálido sol de medio día hace que los ojos se me cierren a la fuerza. Oigo mis propios cortes contra la tabla de madera mientras que mi mente no puede pensar en nada más que dejarme llevar por el sueño y una cómoda almohada bajo mi cabeza..
¿Me están hablando?
—Gala, Gala, ¡Gala! —Pego un sobresalto—. No es necesario que nos ayudes, nosotras podemos.
Yrliana, tres chicas del pueblo y yo fuimos encargadas de cortar las verduras.
—Estoy bien —digo, retomando la tarea—, la gente tendrá hambre en un rato, no puedo holgazanear y no tomarme en serio mis tareas.
—Llevas cortando el aire hace cinco minutos —me reprocha una de las amigas de Ylriana.
Su nombre es Minerva, y hasta hace un momento siempre me trató como si no existiera. El relato de Ylriana la hizo cambiar de parecer: “¡Derrotó a un troll ella sola!”. No paró de repetirlo hasta que todos lo supieran. Fue vergonzoso al comienzo, pero no estuvo mal del todo.
—Solo descansaré un momento —sedo tras batallar—, las ayudaré en cuanto pueda recuperar las energías.
Minerva tiene razón, a pesar de que me cueste aceptarlo no estoy siendo útil.
Bajo la sombra de un árbol y junto a unos altos sacos de papas decido recostarme sobre el tronco. Dejo caer mis manos a mis lados y siento la hierba entre mis dedos, tan suave, relajante. El rumor del relato de mi heroico acto se reproduce una vez más. Es la voz de Ylriana, quien se lo cuenta a una mujer que vino a remplazarme. Ella exclama sorprendida e Ylriana exagera aun más lo que le conté. Pareciera que levanté una montaña de las mismísima nada en sus palabras. Provoca que estire la comisura de mis labios, aunque no quiera hacerlo.
Mi cabeza cae hacia delante, cuelga y los cabellos me cubren el rostro. Hacen que me piquen las mejillas y la nariz, pero estoy por caer dormida irremediablemente.
Antes de siquiera poder despegar los ojos un zarandeo brusco me hizo consiente.
Vislumbré entre mis pestañas y lagañas secas una figura femenina. Me duelen los parpados y los pómulos de solo tratar de mantener los ojos abiertos.
—¿Mazia? —balbuceé.
—El consejo —advierte en voz baja—, son los del consejo. Llegaron por ti, Gala.
Pude ponerme de pie arrastrando la espalda por el tronco del árbol, y con ayuda de Mazia quien me tomaba desde las axilas. En cuanto mi cabeza se acomodó a la realidad, una bola de nervios amagó subir por mi garganta. No puedo creer los nervios que me provoca la llegada de este día. El día que tanto esperé durante tantos largos años. Juré estar preparada. Este puede ser el primer paso camino a mis sueños o el fin de ellos.
Los sacos de papas ya no descansan a mi lado, las mesas, las ollas y el fuego no cuecen la carne. Me perdí de uno de los eventos sociales del pueblo que más suelo disfrutar. Sin embargo, lo que siento no es hambre, es una suerte de vacío en la boca del estómago.
—Mazia, ¿dónde se encuentran los hombres del consejo? —quiero saber.
Mazia junta las manos en su pecho, como aferrándose a algo invisible ante mis ojos.
—¿De verdad quieres hacerlo? —pregunta, como si no conociera la respuesta—. ¿Es necesario?
—¿Dudar? —replico arqueando una ceja y ladeando la cabeza, cual perro prestando atención—. ¿A estas alturas? Preferiría que me cortaran la cabeza y se las tiren de comer a los chanchos.
No puedo evitar poner mala cara. Intento corregir mi expresión, pero arrugo la nariz y aprieto los labios. Si hay algo que no quiero es enojarme con la mujer que me trató como a una hija propia, pero estoy demasiado ofendida por la pregunta.
Opto por darle la espalda.
Sus brazos me rodean el cuerpo.
Su llanto me afloja los hombros tensos.
—Recién reviví ese momento .—Trato de cierta manera de excusarme—. Cada vez que ocurre pienso en si la hubiera ayudado. Si no hubiera corrido de ese gnoll. Es ridículo pensar en que algo hubiera cambiado, lo sé. —Mazia me dice que no fue culpa mía, como siempre—. Lo sé, pero esa angustia no desaparece por más que intente grabármelo en la cabeza. Lo único que tengo grabado son esas palabras.
Guardamos silencio, y sin una señal o indicativo coordinamos al unisonó:
—Soy el rey de los Ettins...
Doy un paso. Otro. Otro. Los brazos de Mazia se deslizan por la tela de mi vestido.
—Al este del pueblo —responde—, cruzando el río. El capitán Firoze estableció un campamento. Varios de sus hombres fueron casa por casa, tal como mencionaste, preguntando por ti, Gala. ¿Cómo sabías que harían eso?
—Es lo que Acareon me dijo que ocurriría .—Volteo la mirada sin girar el cuerpo—. De ahora en más, todo será un misterio.
Todavía no era una despedida. Por eso es que pude alejarme sin soltar una sola lágrima. Recorrer el pueblo, sus casas y su gente es una sensación extraña. ¿No los volveré a ver? Es un pensamiento que, de alguna manera, hace que recuerde la muerte, con ciertos puntos que alivian el pensamiento. Definitivamente no es lo mismo, pero duele de todas maneras. Es inevitable, soy humana.