Señor Alfa, ¿quiere ser mi papá?

Capítulo 3: El presidente

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Renata tardó unos segundos en comprender por qué la llegada de Booz había cambiado por completo el ambiente de la sala. La encargada de Recursos Humanos enderezó la espalda, uno de los entrevistadores acomodó rápidamente sus documentos y hasta el hombre que apenas había participado parecía mucho más atento.

Sintió las mejillas calentarse, aunque la vergüenza pronto quedó desplazada por una creciente incomodidad. Cloe había sido atendida y examinada apenas salieron del ascensor, y pocos minutos después le aseguraron que estaba perfectamente estable.

No tenía lógica.

Su hija acababa de sufrir una crisis que había llevado su saturación hasta niveles peligrosos y, aun así, permanecía sentada a su lado con energía, las mejillas nuevamente rosadas y como si conseguir aire nunca hubiera sido un problema.

Renata apretó suavemente su rodilla, intentando ignorar las expresiones sorprendidas alrededor de la mesa mientras asimilaba otra cosa que tampoco había esperado aquella mañana.

El desconocido del ascensor, que había terminado tomado de la mano de su hija, era también el presidente de la empresa donde intentaba conseguir trabajo.

Necesitaba aquel empleo demasiado como para permitir que el inusual comienzo de la mañana arruinara una oportunidad que llevaba semanas esperando.

—Podemos continuar —dijo mientras se acomodaba en la silla justo frente a ellas.

La entrevista retomó su curso. Renata respondió sobre su experiencia administrativa, manejo de proveedores y organización de agendas, procurando concentrarse en preguntas que había practicado durante días y no en la presencia inesperada del presidente sentado a pocos lugares de distancia.

Booz apenas intervino hasta que uno de los entrevistadores revisó su historial laboral y se detuvo en una fecha. —Veo varios periodos de ausencia durante su último año de trabajo. ¿Podría explicarlos?

Renata había esperado esa pregunta.

—Mi hija estuvo hospitalizada varias veces. —Sintió que Cloe buscaba su mano debajo de la mesa y entrelazó los dedos con los suyos. —Intenté reorganizar mis horarios siempre que fue posible, pero hubo momentos en los que necesitaba estar con ella.

El hombre anotó algo antes de continuar. —Este puesto requiere bastante disponibilidad. Si su hija vuelve a tener una crisis, ¿podría garantizar que eso no interferirá con sus responsabilidades?

Renata sostuvo su expresión sin sentirse obligada a inventar una respuesta perfecta. Había perdido oportunidades antes por decir la verdad y también había aprendido que ninguna empresa merecía una promesa que implicara abandonar a Cloe cuando la necesitara.

—Si mi hija tiene una emergencia, estaré con ella. —Mordió sus mejillas internas. —Eso no significa que sea incapaz de cumplir bien con mi trabajo.

El entrevistador parecía dispuesto a responder cuando Booz intervino. —Me parece bastante razonable. —Su tono había perdido parte de la ligereza con la que había entrado. —Tiene una hija, no una actividad que pueda cancelar cuando la agenda se complique.

Renata no esperaba que interviniera, tampoco esperaba la naturalidad con la que lo hizo. No había lástima en sus palabras ni esa incomodidad que tantas personas mostraban cuando descubrían que Cloe estaba enferma.

—Me cae bien —susurró la niña.

Renata apretó sus dedos. —Cloe.

—Lo dije bajito.

Booz inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa. La entrevista continuó algunos minutos más hasta que la encargada cerró finalmente la carpeta. Renata agradeció el tiempo y comenzó a guardar sus documentos, sin saber si sus respuestas habían sido suficientes para conseguir el empleo, pero satisfecha de no haber ocultado que Cloe siempre sería su prioridad.

Su hija parecía haber recuperado por completo el buen humor. Llevaba varios minutos respirando sin dificultad y el color había regresado a sus mejillas desde que Booz había entrado en la sala, un detalle que Renata había notado, aunque todavía se resistía a relacionar ambas cosas.

—¿Ya terminamos? —Cloe acomodó el asa de su mochila junto a sus piernas.

—Ya terminamos, cariño. Podemos irnos.

La pequeña se levantó, pero antes de dar un paso buscó a Booz entre los adultos. Él continuaba junto a la mesa revisando uno de los documentos cuando Cloe consiguió llamar nuevamente su atención.

—Señor miedoso, ¿quiere tomarse un juguito conmigo? —preguntó con absoluta naturalidad. —Mi mamá paga.

Renata sintió que el calor le alcanzaba las mejillas. —Cloe…

Esperaba que el presidente rechazará la invitación con educación. Era el CEO de la compañía, seguramente tenía una agenda llena y acababa de aparecer en una entrevista donde ni siquiera estaba previsto que participara.

—Es una oferta bastante tentadora.

Cloe sonrió. —Puede escoger el sabor.

—Eso mejora mucho las condiciones de la invitación.

Renata sujetó su bolso antes de que aquella conversación continuara tomando decisiones por ella. —Señor Booz, de verdad no tiene que aceptar. Cloe suele invitar personas sin comprobar primero si tienen tiempo.




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