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Booz permaneció junto a las puertas del ascensor hasta que estas se cerraron delante de Renata y Cloe. La pequeña alcanzó a despedirse con la mano una última vez, arrastrando a su lado aquella mochila azul que parecía demasiado pequeña para cargar con algo tan importante como el oxígeno que necesitaba para respirar.
El silencio regresó apenas desaparecieron, Booz metió las manos en los bolsillos y regresó hacia su oficina, intentando convencerse de que la sensación incómoda no tenía nada que ver con la ausencia de una niña que llevaba apenas unas horas conociendo.
Había conseguido lo que necesitaba: Renata aceptó el puesto y, desde el día siguiente, ambas permanecerían mucho más cerca.
—La pequeña, es adorable.
No lo es. —La respuesta de Auster llegó con tanta rapidez que Booz sonrió.
Su lobo llevaba toda la mañana especialmente desagradable, aunque eso tampoco representaba una diferencia demasiado notable con respecto a cualquier otro día.
—Sí lo es.
Es una pequeña habladora desagradable que hace demasiadas preguntas y bebe demasiado «juguito de manzana». —Auster imitó las palabras de Cloe con un tono infantil tan exagerado que Booz tuvo que contener una risa. —Y, para completar, no puede respirar correctamente.
Booz redujo el paso.
La lista había comenzado con el fastidio habitual de Auster, pero las últimas palabras sonaron diferentes, podía envolverlas en todos los gruñidos que quisiera; llevaban demasiados años compartiendo existencia como para que Booz no reconociera cuándo algo había logrado atravesar aquella capa permanente de irritación.
—La has estado observando.
Era imposible no hacerlo, hablaba sin detenerse. —Dijo su lobo con molestia.
—Y aun así sabes exactamente cuándo le cuesta respirar.
Auster guardó silencio durante unos segundos. —Su cuerpo falla en algo que debería hacer sin esfuerzo. Es demasiado frágil para una pequeña que habla tanto. —Por primera vez, la irritación de su lobo no parecía dirigida hacia Cloe.
Era como si su lobo considerara personalmente ofensivo que una niña tan pequeña tuviera que luchar cada vez que sus pulmones decidían no permitirle algo tan sencillo como tomar aire.
—Te preocupa.
El lobo movió sus orejas y golpeó dentro de su pecho. —Me molesta.
—No es lo mismo.
Para mí sí.
Booz soltó una risa baja y retomó el camino hacia el escritorio. —Ten cuidado, Auster. Un día de estos alguien podría descubrir que tienes corazón.
El gruñido retumbó inmediatamente dentro de su cabeza. —Y algún día alguien descubrirá que tú no tienes cerebro. —Respondió con su acostumbrada molestia.
—Mucho mejor. Ya comenzaba a preocuparme tu sensibilidad.
Auster respondió con otro gruñido y Booz decidió concederle unos minutos de paz. En realidad, tampoco quería reconocer cuánto lo inquietaba la niña, había sentido cientos de respiraciones alteradas antes, había presenciado heridas mucho peores y ninguna había conseguido mantener su atención después de desaparecer de su vista.
Con Cloe era diferente.
No porque fuera adorable, aunque lo era, sino porque su Aire reaccionaba ante ella de una manera que jamás había experimentado. Una corriente que debería permanecer activa durante horas había desaparecido en once minutos, y cada vez que él se acercaba la respiración de la pequeña parecía encontrar una calma que sus propios medicamentos no conseguían darle.
La puerta se abrió y su asistente entró con una segunda carpeta. —Espero que esta vez sí me hayas llamado de alguna manera normal —comentó mientras se acercaba.
Booz arqueó una ceja. —¿Dónde estaría la diversión?
El hombre dejó la carpeta frente a él y negó con la cabeza. Estaba demasiado acostumbrado a recibir instrucciones mediante pequeñas corrientes de Aire que golpeaban documentos, movían objetos o llevaban mensajes breves como para sorprenderse, aunque continuaba fingiendo que aquel método le resultaba profundamente irritante.
—Recursos Humanos ya recibió el contrato firmado. —Señaló los documentos. —Necesito confirmar cuándo empieza la nueva coordinadora de la Residencia Aeris.
—Mañana.
Su asistente levantó la mirada. —Eso es rápido incluso para ti.
—La vacante lleva tres meses abierta, considera que hemos sido extraordinariamente pacientes.
Booz revisó las primeras hojas hasta encontrar la información del seguro médico. Había una cláusula que establecía un período inicial antes de activar algunas coberturas y la tachó con una línea antes de firmar al margen.
—Activa el seguro familiar desde hoy.
—Normalmente comienza después del período de prueba.
—Hoy.
El hombre observó la corrección y después a él. —¿Por la niña?
Booz dejó el bolígrafo sobre el escritorio. —Contraté a una mujer que necesita ese seguro para el tratamiento de su hija. Sería bastante absurdo hacerla esperar semanas para utilizar precisamente una de las razones por las que aceptó el empleo.