El sonido de mi alarma volvió a despertarme a las seis de la mañana.
Por un momento, deseé poder quedarme en la cama, taparme hasta la cabeza y olvidarme de todo lo que estaba pasando. Todavía me sentía un poco mal, aunque ya no tanto como el día anterior.
Me incorporé lentamente y miré el móvil.
Lo primero que hice fue abrir la conversación con Elliot.
Volví a leer su mensaje de anoche y sonreí como una tonta.
¿En qué momento había empezado a importarme tanto lo que me decía?
Dejé el móvil sobre la cama y me levanté. Tenía que prepararme para ir a la universidad, aunque lo último que me apetecía era encontrarme con Katia.
Me duché, me vestí y bajé a desayunar.
—Buenos días, hija —dijo mamá mientras preparaba su café.
—Buenos días.
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Mejor, aunque todavía estoy un poco cansada.
Mamá me miró con preocupación.
—Si te encuentras mal, puedes quedarte en casa.
—No, mamá. Estoy mejor. Además, no quiero perderme las clases.
Me senté a desayunar mientras ella me observaba con una pequeña sonrisa.
—¿Has hablado con Elliot?
Casi me atraganté con el zumo.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por nada, hija. Simplemente tengo curiosidad.
—Sí, hablamos anoche, pero no significa nada.
—Claro que no —respondió, intentando contener una sonrisa.
Puse los ojos en blanco.
—Mamá…
—Está bien, está bien. No digo nada.
Terminé de desayunar, cogí mis cosas y me despedí de ella.
Mientras caminaba hacia la universidad, intenté convencerme de que sería un día normal. Entraría en clase, escucharía a los profesores y volvería a casa. No tenía por qué pasar nada malo.
Pero, en el fondo, sabía que las cosas no eran tan sencillas.
Cuando llegué, vi a varios grupos de estudiantes hablando cerca de la entrada. Algunos se reían, otros miraban sus móviles y unos cuantos caminaban deprisa para llegar a clase.
Todo parecía normal hasta que pasé junto a un grupo de chicas.
—Es ella —escuché decir a una de ellas.
Continué caminando, fingiendo que no había oído nada.
—La que está detrás de Elliot.
Sentí un nudo en el estómago.
No quería mirar. No quería saber quién había dicho aquello ni qué estaban pensando de mí. Sin embargo, las palabras siguieron persiguiéndome mientras avanzaba por el pasillo.
¿De verdad Katia había conseguido que todo el mundo hablara de mí?
Apreté las correas de mi mochila y aceleré el paso.
—¡Ayla!
Me giré y vi a Maya acercándose a mí.
—¡Por fin te encuentro! —dijo, abrazándome.
—¿Qué pasa?
Me miró con una expresión que no me gustó nada.
—¿Has escuchado lo que están diciendo?
Bajé la mirada.
—Sí.
—Ayla, no les hagas caso. Katia está intentando llamar la atención y quiere que te sientas mal. No puedes dejar que gane.
—Es fácil decirlo, Maya. Tú no eres la que tiene que escuchar cómo hablan de ella a sus espaldas.
Mi amiga guardó silencio durante unos segundos.
—Tienes razón. Perdona. Pero no estás sola, ¿vale? Estoy contigo.
Sonreí ligeramente.
—Gracias.
También se molestó un poco Maya por no haber ido con ella a la universidad.
Entramos juntas en el edificio y nos dirigimos a clase.
Durante las primeras horas intenté concentrarme en las explicaciones, pero me resultaba imposible. Cada vez que escuchaba una risa detrás de mí, pensaba que se estaban burlando. Cada vez que alguien me miraba, me preguntaba si sabía algo sobre Elliot y yo.
Estaba agotada de sentirme así.
Al terminar la clase, Maya tuvo que ir a buscar unos apuntes que había olvidado y me pidió que la esperara junto a las escaleras.
Saqué el móvil para distraerme un poco.
Entonces escuché una voz a mi espalda.
—Vaya, vaya… Así que tú eres la chica de la que todo el mundo habla.
Cerré los ojos durante un instante antes de girarme.
Katia.
Estaba delante de mí, con los brazos cruzados y una sonrisa que me hizo sentir incómoda.
—¿Qué quieres, Katia?
—Tranquila, Ayla. Solo quería conocerte un poco mejor.
—No tenemos nada de qué hablar.
Intenté marcharme, pero ella se movió para colocarse delante de mí.
—¿Sabes? Me parece curioso que alguien como tú crea que puede acercarse a Elliot.
Sentí que se me encogía el corazón, aunque intenté no demostrarlo.
—No sé qué problema tienes conmigo,sé que fuiste quién le contó a todos sobre mí y Elliot, es más, yo no te he hecho nada.
—Ese es precisamente el problema. No has hecho nada y, aun así, él parece interesado en ti.
Su sonrisa desapareció durante un instante.
—¿Sabes cuántas chicas querrían estar con él?
—Eso no es asunto mío.
—Claro que lo es cuando eres tú quien se interpone.
La miré, intentando encontrar alguna explicación por su comportamiento.
—Katia, yo no me interpongo en nada. Elliot puede hablar con quien quiera.
—Ya veremos cuánto tiempo sigue queriendo hablar contigo.
Sus palabras me hicieron daño, aunque no quería darle esa satisfacción.
—¿Has terminado?
Me aparté de ella y comencé a caminar.
—¡Niñita! —gritó a mis espaldas—. No digas que no te lo advertí.
No me giré.
Seguí andando hasta encontrar a Maya, que me esperaba junto a la puerta del aula.
—¿Qué ha pasado? Tienes mala cara.Te busqué en las escaleras y no estabas, imaginé que vendrías para el aula.
—Katia.
No hizo falta decir nada más.
Maya apretó los labios, enfadada.
—No puedo creer que siga haciendo esto.
—No quiero hablar de ella. Por favor.
Mi amiga asintió y me pasó un brazo por los hombros.
—Está bien. Vamos a tomar algo.
Nos dirigimos a la cafetería de la universidad. Mientras esperábamos nuestro pedido, intenté pensar en otra cosa, pero la conversación con Katia seguía repitiéndose en mi cabeza.