Me quedé mirando el mensaje de Elliot durante varios segundos.
No sabía qué responderle. Tenía tantas cosas en la cabeza que ni siquiera era capaz de ordenar mis pensamientos.
Una parte de mí quería llamarlo, contarle todo lo que estaba sintiendo y pedirle que me dijera que nada había cambiado entre nosotros.
Pero otra parte tenía miedo.
Miedo de que todo aquello fuera demasiado para él. Miedo de que, al final, decidiera que conocerme no merecía tantos problemas.
Suspiré y empecé a escribir.
Yo: Estoy bien, solo necesito estar un rato sola.
No habían pasado ni treinta segundos cuando apareció su respuesta.
Elliot: Ayla, sé que no estás bien. Déjame verte, por favor.
Me mordí el labio.
Yo: No quiero preocuparte más de lo que ya lo estás.
Elliot: No eres una preocupación para mí. Solo quiero saber cómo estás de verdad.
Cerré los ojos.
¿Por qué tenía que ser así conmigo?
¿Por qué se preocupaba tanto?
No estaba acostumbrada a que alguien insistiera en verme cuando yo sentía que no tenía nada bueno que ofrecer. Estaba acostumbrada a solucionar mis problemas sola, a encerrarme en mi habitación y a fingir que nada me afectaba.
Pero Elliot parecía empeñado en demostrarme que no tenía que hacerlo todo sola.
Finalmente, le envié mi ubicación.
Me senté en un pequeño banco de una calle tranquila y me abracé a mí misma. El aire estaba fresco y el cielo amenazaba con llover. Me gustaba aquel tiempo, pero ese día ni siquiera la lluvia habría conseguido despejar mi cabeza.
A los pocos minutos, escuché unos pasos.
—Ayla.
Levanté la mirada.
Elliot estaba delante de mí, algo agitado, como si hubiera venido deprisa.
—Hola —murmuré.
Se sentó a mi lado y me observó durante unos segundos.
—¿Cómo te encuentras?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Estoy cansada de todo.
—¿De todo o de lo que está pasando?
Solté una pequeña risa sin humor.
—De las dos cosas.
Elliot bajó la mirada y después volvió a mirarme.
—Ojalá pudiera hacer algo para que dejaras de sentirte así.
—No tienes que arreglar mis problemas.
—Ya lo sé. Pero eso no significa que no quiera estar a tu lado mientras intentas solucionarlos.
Aquellas palabras me hicieron sentir un nudo en la garganta.
—No quiero que todo esto te afecte a ti también.
—Ayla, ya hablamos de la fotografía. Sabes que no me importa que la gente nos vea juntos.
—Pero no es solo eso, Elliot. Es lo que puedan decir, lo que puedan inventarse… Estoy cansada de que la gente hable de mí como si me conociera.
Él permaneció en silencio, escuchándome.
—A veces siento que, haga lo que haga, siempre hay alguien dispuesto a encontrar algo malo en mí —continué—. Y cuando por fin empiezo a sentirme bien, pasa algo que me recuerda por qué debería haberme quedado sola.
Elliot se giró hacia mí.
—No quiero que vuelvas a encerrarte en ti misma por culpa de otras personas.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—Lo sé. No voy a pedirte que dejes de tener miedo de un día para otro. Pero tampoco quiero que pienses que tienes que alejarte de mí para protegerme.
Lo miré.
—¿Y si todo esto termina siendo un problema para ti?
Su expresión se suavizó.
—Entonces ya veremos cómo lo solucionamos. Pero no quiero dejar de conocerte por algo que ni siquiera hemos hecho nosotros.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Tengo miedo.
Fue lo único que conseguí decir.
Elliot no respondió inmediatamente.
—¿De mí? —preguntó con suavidad.
Negué con la cabeza.
—De lo que pueda pasar. De confiar en alguien y que después me haga daño. De pensar que, por una vez, las cosas pueden salir bien y que al final todo vuelva a ser como antes.
Me sorprendió haber dicho aquello en voz alta.
Nunca me había resultado fácil hablar de mis sentimientos. Ni siquiera con personas a las que conocía desde hacía años.
Pero con Elliot era diferente.
Quizá porque no me miraba como si estuviera exagerando. Quizá porque no intentaba interrumpirme ni decirme que dejara de pensar tanto.
Simplemente me escuchaba.
—No puedo prometerte que nunca te haré daño, Ayla —dijo después de un momento—. Sería mentira. No soy perfecto y seguramente habrá cosas que tendremos que aprender el uno del otro. Pero sí puedo decirte que no quiero jugar contigo ni hacerte sentir que tienes que ser alguien diferente para que quiera estar a tu lado.
Lo miré.
Sus ojos transmitían una sinceridad que me resultaba difícil de ignorar.
—Quiero conocerte tal como eres —añadió—. Incluso las partes de ti que intentas esconder.
Sentí que una lágrima me resbalaba por la mejilla.
Me la limpié rápidamente, avergonzada.
—Lo siento. Últimamente lloro por todo.
Elliot sonrió ligeramente.
—No tienes que disculparte por llorar.
Y entonces, sin saber muy bien de dónde saqué el valor, apoyé la cabeza en su hombro.
Él se quedó quieto durante un instante, sorprendido, antes de apoyar suavemente su cabeza sobre la mía.
No necesitaba decir nada más.
Por primera vez en todo el día, me sentí tranquila.
No sé cuánto tiempo estuvimos sentados allí, pero el cielo comenzó a oscurecerse y unas pequeñas gotas de lluvia empezaron a caer.
—Deberíamos irnos —dijo Elliot—. No quiero que vuelvas a ponerte mala.
Me reí suavemente.
—Tampoco estoy tan enferma.
—Claro, claro. Y yo soy médico.
Lo miré con una sonrisa.
—Todavía no, Elliot.
—Bueno, entonces tendrás que enseñarme tú cuando termines la carrera.
—¿Y quién te ha dicho que voy a enseñarte nada?
—Nadie. Pero puedo buscar una buena excusa para volver a verte.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
Aparté la mirada, intentando disimular mi sonrisa.