¿ Será Amor?

CAPÍTULO 12: MISTERIO

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a leer mentalmente el mensaje de Elliot.

«No estoy seguro, pero creo que fue alguien que tú conoces».

Alguien que yo conocía.

¿Quién podía querer hacerme daño de aquella manera? ¿Qué había hecho yo para que alguien se tomara tantas molestias en inventarse una historia sobre mi vida?

Lo peor no era que la gente hablara de mí. Por desgracia, ya estaba acostumbrada a eso.

Lo peor era pensar que quizá alguien en quien confiaba estaba detrás de todo.

Miré el reloj de la mesita de noche.

Las tres y diecisiete de la madrugada.

Suspiré y me tapé la cara con la almohada.

—Por favor, Ayla, deja de pensar —murmuré para mí misma.

Pero mi cabeza parecía tener otros planes.

Me levanté para beber agua y, al pasar junto a la ventana, observé cómo la lluvia caía sobre la calle.Todo parecía tranquilo, como si el mundo no tuviera ni idea del caos que yo llevaba dentro.

Ojalá pudiera ser como la lluvia.

Caer, desaparecer y empezar de nuevo sin tener que dar explicaciones a nadie.

Regresé a la cama y cogí el móvil una última vez.

Abrí la conversación con Elliot.

Estuve a punto de escribirle, pero recordé sus palabras: «Mañana tenemos que hablar».

No quería presionarlo.

Dejé el móvil boca abajo y cerré los ojos.

Esta vez intenté no pensar en nada.

No funcionó.

La alarma sonó a las seis de la mañana.

La apagué de inmediato y me quedé mirando el techo, preguntándome cómo era posible sentirse tan cansada sin haber hecho prácticamente nada.

Tenía la cabeza embotada y los ojos me pesaban.

—Fantástico. Otro día maravilloso —susurré con ironía.

Me incorporé lentamente y fui al baño. Después de lavarme la cara, me miré en el espejo.

Tenía unas ojeras horribles.

—Como alguien me pregunte si he dormido bien, le voy a mentir descaradamente.

Me vestí con ropa cómoda, me recogí el pelo y bajé a desayunar.

Mamá ya estaba en la cocina.

—Buenos días, cariño. ¿Has descansado?

La miré durante un segundo.

—Sí, más o menos.

—Tienes mala cara.

Gracias, mamá. Justo lo que necesitaba escuchar.

—He dormido un poco mal, nada más.

Se acercó y me acarició el pelo.

—No te preocupes tanto por las cosas, Ayla. A veces le damos demasiadas vueltas a todo.

Sonreí ligeramente.

Si supiera lo que estaba pasando, seguramente entendería por qué no podía dejar de pensar.

Desayuné sin demasiado apetito y, cuando terminé, volví a mi habitación para coger el móvil.

Tenía un mensaje de Elliot.

Elliot: Buenos días. ¿Has dormido algo?

Yo: Si dormir significa pasarme toda la noche pensando, entonces sí.

Elliot: Me lo imaginaba.

Yo: No me dejes con la intriga. ¿Qué has descubierto?

Tardó un poco en contestar.

Elliot: Prefiero explicártelo en persona. ¿Podemos vernos antes de que empiece tu día?

Yo: Sí. ¿Dónde?

Elliot: En el pequeño café que hay cerca de la universidad si te va bien. Podemos saltarnos una hora de clase para hablar tranquilos.

Yo: Allí estaré.

Me quedé mirando la conversación.

Al llegar sabría algo más.

O, al menos, eso esperaba.

Llegué al café unos minutos antes de la hora acordada.

Era un local pequeño y acogedor, con mesas de madera, ventanales amplios y el olor a café recién hecho rondaba en todo el local. Elegí una mesa junto a la ventana y dejé el bolso en la silla de al lado.

Intenté distraerme mirando a la gente que caminaba por la calle.

No sirvió de nada.

A las 8 en punto, Elliot entró.

Llevaba unos vaqueros oscuros, una camiseta sencilla y una chaqueta negra. Se pasó una mano por el pelo mientras buscaba mi mirada.

Cuando me vio, sonrió ligeramente.

Y, por un instante, olvidé por qué estábamos allí.

—Buenos días —dijo, sentándose frente a mí.

—Buenos días.

Me observó con atención.

—No has dormido nada, ¿verdad?

—¿Tanto se nota?

—Un poquito.

—Genial. Me encanta saber que tengo un aspecto estupendo.

Elliot soltó una pequeña carcajada.

—Sigues teniendo tu sentido del humor.

—Es lo único que me queda.

Su sonrisa se desvaneció lentamente.

—Ayla…

—Vale, perdona. Estoy nerviosa. ¿Me vas a contar ya qué está pasando?

Asintió y sacó el móvil.

—Anoche volví a hablar con el compañero que me contó lo de la fotografía. Le pedí que me enviara la publicación original, si todavía podía encontrarla.

Me incliné hacia delante.

—¿Y la encontró?

—Sí.

Giró el teléfono para que pudiera verlo.

En la pantalla aparecía una captura de una publicación dentro de un grupo privado de estudiantes. Reconocí inmediatamente la fotografía de Elliot y de mí.

Debajo había varios comentarios.

Sentí una punzada en el pecho al leerlos.

«¿Pero estos dos desde cuándo están juntos?»

«A ver cuánto duran».

«Yo no les doy ni dos semanas».

«¿Cuánto tardará él en cansarse de ella?»

Me quedé mirando aquella última frase.

No sabía qué me dolía más: que alguien hubiera escrito aquello o que otras personas hubieran decidido reírle la gracia.

—Qué asco de gente —murmuré.

Elliot no dijo nada.

Seguí leyendo.

Algunos comentarios eran simples burlas. Otros parecían escritos por personas que conocían detalles de nuestras vidas, aunque no conseguía entender de dónde los habían sacado.

—¿Quién publicó esto? —pregunté.

Elliot amplió la captura.

—Ese es el problema. La publicación original aparece con un nombre de usuario que ya no existe.

—¿La cuenta ha desaparecido?

—Eso parece. Mi compañero dice que el perfil dejó de estar disponible poco después de que la fotografía empezara a circular.




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