No estaba tan segura de quién podía ser.
—Ayla —dijo Elliot con suavidad—, ¿quién es?
Tragué saliva.
—Es alguien de mi pasado.
—¿Alguien con quien te llevabas bien?
Solté una pequeña risa amarga.
—Al principio, sí.
Elliot no insistió.Esperó a que estuviera preparada para hablar.
No sabía por dónde empezar. Había cosas que prefería olvidar, recuerdos que había guardado tan profundamente que a veces conseguía convencerme de que ya no me importaban.
Pero aquella fotografía acababa de abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
—En el instituto había personas que parecían tenerlo todo —comencé—. Eran populares, todo el mundo quería estar con ellas y siempre conseguían que los demás las miraran. Yo nunca he sido así.
—Eso no tiene nada de malo.
—Ya lo sé. Ahora lo sé. Pero antes me costaba mucho aceptarlo.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Hubo una época en la que intenté encajar. Pensaba que, si conseguía caerles bien, quizá dejarían de tratarme como si fuera inferior a ellas.
Elliot frunció ligeramente el ceño.
—¿Y qué pasó?
—Que aprendí que hay personas que no quieren conocerte. Quieren que seas como ellas esperan que seas. Y, cuando no lo consiguen, te hacen sentir que el problema eres tú.
Se quedó callado.
Agradecí que no intentara interrumpirme con frases vacías. No necesitaba que me dijera que todo iba a salir bien. Necesitaba que entendiera por qué aquello me estaba afectando tanto.
—¿Crees que esa persona ha publicado la fotografía? —preguntó finalmente.
—No lo sé. Pero si realmente es quien creo, no me sorprendería que quisiera hacerme daño.
—¿Por qué?
La pregunta me hizo levantar la cabeza.
Podría haberle contado muchas cosas. Podría haberle explicado las veces que me había sentido humillada, las miradas que había soportado y los comentarios que todavía recordaba aunque hubieran pasado años.
Pero no estaba preparada para contárselo todo.
—Porque nuestra relación terminó bastante mal.
Elliot asintió despacio.
—Está bien. No tienes que contarme nada que no quieras.
Lo miré, sorprendida.
Estaba acostumbrada a que la gente exigiera explicaciones, a que me preguntaran por qué era tan reservada o por qué me costaba confiar en los demás.
Elliot, en cambio, parecía entender que algunas heridas necesitaban tiempo.
—Gracias —murmuré.
—¿Por qué?
—Por no obligarme a hablar.
Sonrió ligeramente.
—Cuando quieras contármelo, te escucharé.
Sentí un calor agradable en el pecho.
Y, por un momento, deseé poder confiar en él sin miedo.
Antes de despedirnos, Elliot me pidió que no contactara todavía con aquella persona.
—Necesitamos confirmar que el perfil es suyo —me recordó—. No quiero que la acusemos y que después resulte que estamos equivocados.
—Lo sé.
—Y, si descubrimos que ha sido ella, tampoco quiero que te enfrentes a esto sola.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Por qué haces todo esto por mí?
Elliot pareció sorprendido por la pregunta.
—¿A qué te refieres?
—A investigar la fotografía, a preocuparte por cómo estoy… Podrías ignorar todo esto y seguir con tu vida.
Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Podría hacerlo. Pero no quiero.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Eso no responde a mi pregunta.
Él sonrió.
—Quizá porque me importas más de lo que pensaba.
Me quedé completamente quieta.
Durante unos segundos, fui incapaz de encontrar una respuesta.
Elliot también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, porque apartó la mirada y se pasó una mano por el pelo.
—Bueno… creo que debería irme antes de que diga alguna otra tontería.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Sí, será lo mejor.
—¿Te estás riendo de mí?
—Un poquito.
—Qué cruel eres, Ayla.
—Y aun así, aquí estás.
Se echó a reír.
La misma frase que él me había dicho el día anterior.
Y, por primera vez desde que había empezado todo aquel problema, sentí que algo dentro de mí volvía a estar en su sitio.
Antes de marcharse, Elliot se acercó y me dio un abrazo.
Fue breve, pero me quedé pensando en él durante mucho más tiempo del que habría querido admitir.
Cuando se alejó, me miró una última vez.
Lo vi marcharse y me quedé unos segundos en la acera, observando cómo se alejaba.
No sabía qué estaba empezando entre nosotros.
Pero sí sabía que no quería que terminara antes de tener la oportunidad de descubrirlo.
Cuando llegué a casa, subí directamente a mi habitación.
Dejé el bolso sobre la silla y me senté en la cama, todavía pensando en la conversación con Elliot.
Saqué el móvil y abrí la galería.
Busqué entre las fotografías antiguas hasta encontrar una imagen del instituto.
Allí estaba yo, mucho más joven, con una sonrisa que parecía completamente despreocupada.
A mi lado aparecía aquella persona.
Pasé el dedo por la pantalla.
¿Cuándo había cambiado todo?
¿Cuándo habíamos pasado de compartir momentos a convertirnos en dos personas que apenas podían mirarse sin recordar lo ocurrido?
Bloqueé el móvil.
No quería volver a pensar en aquello.
Pero entonces recibí un mensaje de Maya.
Maya: ¿Dónde estás? Hace horas que no sé nada de ti.
Yo: En casa. Perdona, he tenido una mañana un poco complicada.
Maya: ¿Tiene que ver con Elliot?
Sonreí ligeramente.
Maya siempre parecía saber cuándo había algo que yo no estaba contando.
Yo: En parte.
Maya: ¿EN PARTE? Ayla, necesito todos los detalles.
Solté una carcajada.
Yo: No hay tantos detalles como te gustaría.
Maya: Eso ya lo veremos. Esta tarde voy a tu casa y me lo cuentas todo.