¿ Será Amor?

CAPÍTULO 15: SER TÚ MISMO

Me desperté con una sonrisa.

No recordaba la última vez que me había levantado de la cama sintiéndome así. Durante unos segundos, me quedé mirando el techo, intentando recordar qué había ocurrido la noche anterior.

Entonces lo recordé.

Elliot.

Su sonrisa.

Sus manos entrelazadas con las mías.

Y aquel beso que todavía conseguía hacer que mi corazón latiera más deprisa.

Me tapé la cara con la almohada y solté una pequeña risa.

—Ayla, por favor. Compórtate como una persona normal.

Pero ¿cómo se suponía que debía comportarme después de que el chico que me gustaba me hubiera dicho que quería algo serio conmigo?

Cogí el móvil de la mesita de noche.

Tenía un mensaje suyo.

Elliot: Buenos días, preciosa.

Me quedé inmóvil.

¿Preciosa?

Lo leí otra vez, por si acaso mi cerebro se lo estaba inventando.

Yo: Buenos días. ¿Desde cuándo me llamas preciosa?

Elliot: Desde que ayer descubrí que puedo hacerlo.

Yo: ¿Y si no me gusta?

Elliot: Entonces tendré que encontrar otra manera de hacerte sonreír.

Yo: Qué seguro estás de ti mismo.

Elliot: Contigo, no tanto.

Sonreí.

Yo: ¿Ah, no?

Elliot: No. Todavía estoy intentando averiguar cómo alguien puede ponerse tan nervioso por dar un beso.

Me quedé mirando la pantalla.

Así que no había sido la única.

Yo: Pues yo creo que te ha salido bastante bien.

Elliot: ¿Crees que debería repetirlo para asegurarme?

Me mordí el labio, intentando contener una sonrisa.

Yo: Quizá.

Elliot: Perfecto. Paso a buscarte a las once.

Me incorporé de golpe.

Yo: ¡¿A las once?! ¿Y por qué me lo dices ahora?

Elliot: Porque son las nueve y media.

Miré el reloj.

Tenía razón.

Dejé el móvil y salí disparada hacia el armario.

No sabía adónde íbamos a ir,hoy no teníamos clases, qué íbamos a hacer ni cómo debía vestirme para una cita con Elliot. Quería estar guapa, pero tampoco quería ponerme algo que no me representara.

Después de probarme varias prendas, terminé eligiendo unos vaqueros, una blusa sencilla y unas zapatillas blancas. Me dejé el pelo suelto y me maquillé ligeramente.

Me miré al espejo.

Por una vez, no busqué defectos.

Simplemente sonreí.

Y eso ya era mucho.

A las once en punto, sonó el timbre.

No me sorprendió para nada su puntualidad.

Bajé las escaleras intentando caminar con normalidad, aunque sentía que tenía mariposas por todo el estómago.

Abrí la puerta.

Elliot estaba allí, con una camiseta blanca, una chaqueta oscura y aquella sonrisa que empezaba a convertirse en mi debilidad.

—Hola.

—Hola —respondí.

Nos quedamos mirándonos.

Él bajó la vista hacia mis labios y después volvió a mirarme a los ojos.

—¿Puedo darte los buenos días como quería hacerlo?

No pude evitar reírme.

—Depende. ¿Cómo querías hacerlo?

—Así.

Se acercó y me besó suavemente.

Cuando se apartó, sentí que las mejillas me ardían.

—Buenos días —susurró.

—Buenos días, Elliot.

Cerré la puerta y salí con él.

—Por cierto, estás preciosa.

Bajé la mirada.

—Gracias.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Ayla.

Lo miré.

—No estoy acostumbrada a que me digan esas cosas.

Su expresión se volvió más dulce.

—Pues tendrás que acostumbrarte a que te las diga yo.

No supe qué responder, así que simplemente le cogí la mano.

Y caminamos juntos.

Elliot me llevó a un pequeño pueblo costero cerca de Astoria. Paseamos junto al mar, escuchamos el sonido de las olas y nos detuvimos en una cafetería con vistas al agua.

No era un lugar lujoso ni especialmente elegante.

Pero me encantó.

Me gustaban los lugares tranquilos, aquellos donde no necesitabas hablar más alto que nadie ni preocuparte por quién podía estar observándote.

Nos sentamos junto a una ventana y pedimos algo para comer.

—¿Te gusta? —preguntó Elliot.

Miré a mi alrededor.

—Muchísimo.

—Sabía que te gustaría.

—¿Cómo?

Se encogió de hombros.

—Porque cuando hablamos de lo que te gusta, siempre mencionas lugares así. Tranquilos, con naturaleza y lejos de todo el ruido.

Me sorprendió que se hubiera fijado.

—¿Te acuerdas de eso?

—Me acuerdo de muchas cosas que me cuentas.

Bajé la mirada hacia mi taza.

A veces, las cosas más pequeñas eran las que más me emocionaban.

Después de comer, salimos a caminar por la playa. El viento me revolvía el pelo y tuve que sujetarme la chaqueta para que no se me abriera.

Elliot se rio.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Elliot.

—Es que tienes el pelo por toda la cara.

Le di un empujón.

—¡Pues ayúdame en vez de reírte!

Se acercó y me apartó un mechón de la mejilla.

Sus dedos rozaron mi piel y, durante unos segundos, ninguno de los dos dijimos nada.

—¿Qué? —pregunté, nerviosa.

—Nada. Me gusta mirarte.

Sentí que el corazón me latía rápido.

—No digas esas cosas.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué responder.

Sonrió.

—No tienes que responder nada.

Me acerqué a él y apoyé la cabeza en su hombro.

Seguimos caminando así durante un rato, sin necesidad de llenar el silencio.

Por primera vez, estar con alguien no me hacía sentir que debía esforzarme para resultar interesante.

Podía ser yo.

Y parecía suficiente.

Cuando regresamos al coche, Elliot se quedó mirándome antes de arrancar.

—Quiero preguntarte algo.

—Dime.

—¿Cómo te sientes con todo esto?

Su pregunta me pilló desprevenida.




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