Durante las semanas siguientes, mi vida empezó a cambiar de una manera que nunca habría imaginado.
No se volvió perfecta.
Seguía teniendo exámenes, días malos y momentos en los que me costaba creer en mí misma. Todavía había ocasiones en las que un comentario ajeno conseguía hacerme dudar de todo.
Pero ahora estaba aprendiendo algo importante.
No tenía que resolverlo todo en un solo día.
Y tampoco tenía que hacerlo sola.
Elliot y yo seguíamos quedando para estudiar. A veces nos concentrábamos tanto que apenas hablábamos durante horas; otras, terminábamos riéndonos por cualquier tontería y teníamos que cambiar de mesa para no molestar a los demás.
Se había convertido en una parte importante de mi rutina.
Y, aunque me daba un poco de vergüenza reconocerlo, empezaba a imaginar cómo sería tenerlo a mi lado durante mucho tiempo.
Aquella idea me hacía feliz.
Pero también me asustaba.
Una tarde, mientras repasábamos unos apuntes en la biblioteca, Elliot recibió una llamada. Se levantó y salió para contestar.
Yo intenté seguir estudiando, pero al cabo de unos minutos me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando la misma página.
Cuando volvió, tenía una expresión seria.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí. Era un asunto familiar.
Asentí, pero algo dentro de mí empezó a inquietarse.
Quizá estaba cansado.
Quizá tenía otras preocupaciones.
Quizá simplemente necesitaba espacio.
El problema era que mi cabeza siempre encontraba una razón para pensar que algo iba mal.
Continuamos estudiando, aunque yo apenas conseguí concentrarme.
Cuando terminamos, Elliot me acompañó hasta la salida.
—¿Te pasa algo? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
—No.
Me observó durante unos segundos.
—Ayla, te conozco lo suficiente para saber que cuando dices que no te pasa nada, normalmente sí te pasa algo.
Solté una pequeña risa.
—Parece que ya me tienes estudiada.
—Estoy haciendo un buen trabajo.
Bajé la mirada.
No quería empezar una discusión por algo que probablemente solo existía en mi cabeza.
Pero tampoco quería volver a esconder lo que sentía.
—Antes, cuando has salido a contestar la llamada… —empecé.
Elliot esperó.
—Me he puesto a pensar que quizá te estabas cansando de mí.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Ya sé que es una tontería. No tienes que decir nada.
—Ayla, mírame.
Levanté la cabeza.
—No es una tontería si te está haciendo sentir mal. Pero quiero que me preguntes cuando tengas dudas, en lugar de quedarte sola imaginando cosas.
Tragué saliva.
—Tengo miedo de que un día te des cuenta de que soy demasiado complicada.
Elliot se acercó un poco.
—Todos tenemos cosas que nos cuestan. Yo también. Pero no quiero que pienses que tienes que ser perfecta para estar conmigo.
Me quedé callada.
—La llamada era por un asunto de mi familia —continuó—. No tenía nada que ver contigo. Y si algún día necesito tiempo para resolver algo, te lo diré. No voy a desaparecer sin explicarte nada.
Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—No quiero ser una persona que necesite que le recuerden constantemente que la quieren.
Elliot me tomó suavemente de la mano.
—No necesitas que te lo recuerde cada cinco minutos para merecer que te quieran. Pero tampoco tienes que avergonzarte de necesitar tranquilidad de vez en cuando. Lo importante es que podamos hablarlo.
Lo miré.
Aquellas palabras me hicieron comprender que todavía tenía mucho que aprender sobre mí misma.
Elliot podía acompañarme, escucharme y apoyarme.
Pero no podía curar por mí todas las heridas que otras personas habían dejado.
Esa parte también me correspondía a mí.
—Voy a intentarlo —susurré.
—Yo también.
Sonreí ligeramente.
—¿Tú también qué?
—Voy a intentar ser el novio que necesitas, sin fingir que siempre sé qué hacer.
Me quedé inmóvil.
Había utilizado aquella palabra.
Novio.
Lo miré con los ojos muy abiertos.
Elliot pareció darse cuenta y se rio nerviosamente.
—Bueno, si tú quieres que lo sea.
Sentí que el corazón me latía con fuerza.
—¿Me estás preguntando si quiero que seas mi novio?
—Sí. Aunque, después de este discurso tan bonito, esperaba que me lo pusieras un poquito más fácil.
Solté una carcajada entre lágrimas.
—¡Elliot!
Él sonrió.
—Entonces, ¿qué dices?
Lo miré a los ojos.
—Sí. Quiero que seas mi novio.
Su sonrisa se hizo enorme.
—¿De verdad?
—No me hagas repetirlo.
—Creo que voy a necesitar escucharlo unas cuantas veces más.
Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.
Y, cuando nos separamos, seguía sonriendo.
—Ahora sí que voy a poder decir que tengo la novia más bonita de la universidad.
Le di un pequeño golpe en el pecho.
—No empieces.
—Ya he empezado.
Me reí y apoyé la cabeza en su hombro.
No sabía cuánto duraría nuestra relación.
Nadie podía saberlo.
Pero por primera vez no necesitaba una garantía para permitirme ser feliz.
Solo necesitaba saber que los dos queríamos intentarlo.
Mi relación con Elliot también empezó a enseñarme a disfrutar de las cosas pequeñas.
Una tarde me llevó a una librería porque recordaba que había mencionado un libro que llevaba tiempo queriendo leer.
Otra vez apareció con mi bebida favorita después de un examen especialmente difícil.
Fuimos a montar caballos, ya que me gusta mucho.
Yo empecé a dejarle notas entre los apuntes.
No te olvides de comer.
Respira. Lo vas a hacer bien.
Si suspendes, te prohíbo que vuelvas a llamarme.
doctora.
La última nota provocó que me enviara una fotografía de un dibujo horrible de un estetoscopio acompañado de un corazón.